Cámara de Diputados
Domingo 06 de Noviembre de 2016

Un presupuesto para buscar gobernabilidad

Un toma y daca de deuda y obras entre jefes territoriales y aparatos partidarios, guiado por la mano visible de la gobernabilidad que exige la actual politica de distribución regresiva del ingreso.

El primer presupuesto de la era Macri pasó el filtro de la Cámara de Diputados con el ritmo de la actual etapa política. Un toma y daca de deuda y obras entre jefes territoriales y aparatos partidarios, guiado por la mano visible de la gobernabilidad que exige la actual politica de distribución regresiva del ingreso.

Que las partidas para ciencia y tecnología estuvieran en la línea de disputa por los recortes, no es casual. Menos todavía el tijeretazo a los fondos para las dependencias relacionadas con la política de derechos humanos. El presupuesto del "diálogo y el consenso" se construyó, al igual que las leyes de reendeudamiento y blanqueo, sobre la base de un corte drástico con el modelo de la posconvertibilidad.

En términos macro, la apuesta por un desarrollo científico autónomo es un lujo equivalente al de los asalariados que compran plasmas, podría decir Javier González Fraga.

Los subsidios, que más allá de las lógicas críticas por su implementación, tenían efecto en el salario, también ceden paso. Su contracara es la devolución de recursos a los gobernadores.

Si durante la administración kirchnerista los subsidios y las transferencias no automáticas se convirtieron en una coparticipación paralela, el nuevo mapa político animó a los jefes territoriales provinciales a volver por sus fueros. Lograron "automatizar" las transferencias federales, aumentarlas y ganar protagonismo en el reparto de obras públicas.

La paritaria territorial se comió en 2016 a la paritaria salarial. La caída de la actividad económica, el salto en el desempleo, el aumento de la pobreza, el cierre de fábricas y comercios, la pérdida de poder adquisitivo, el aumento tarifario, el deterioro en la distribución del ingreso, son datos fácilmente comprobables. Pero esta regresión distributiva conspira contra el mercado interno y agrava la recesión. Para moderar su efecto, el gobierno nacional ensaya una suerte de keynesianismo después de la gripe, que mezcla el ofertismo para el capital y la astringencia salarial con algo de obra pública, dólar atrasado y, ahora, con la probable extensión de programas heredados del kirchnerismo, como el Ahora 12. El combustible de este modelo, como lo fue en Estados Unidos entre la crisis de las puntocom y la de la subprime, es la deuda.

El cambio de ingreso popular por endeudamiento es un sendero arriesgado que, sin un liderazgo hegemónico, empuja una constante negociación entre corporaciones políticas que trocan pujas ideológicas por un mercado de favores. Un liderazgo más opaco será el encargado, a cambio de fondos, de administrar esa transformación y amortiguar sus efectos sociales negativos en los territorios. La criminalización de la protesta y la desinhibición represiva de las fuerzas de seguridad en materia de control social, patente por estos días en Rosario, es parte de la estrategia. Desde la política parroquial, otro tipo de CEO, menos glamoroso, sale en defensa de los Newman's Boys. Y eso cuesta. Por eso, la superparitaria legislativa batió los récords de negociaciones salariales, en un año en el que la doxa política económica prescribió que los salarios, los subsidios que lo apuntalaban, el empleo estatal e industrial, así como el mercado interno, eran parte de la enfermedad. La apuesta por socializar la voracidad, midiendo sus dietas contra las paritarias de ejecutivos de las multis, jueces y otros poderes de esta nueva república, expone otro precio en alza: el de dar gobernabilidad al ajuste.

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