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Jueves 26 de Enero de 2012

Un "poquito" de diabetes

El chofer del taxi hablaba del calor, del tránsito en Rosario y del largo enero de los trabajadores. Después comentó que tenía que ir a buscar unos estudios que se había hecho su mujer y que no sabía en qué momento los iba a poder retirar “con tanto laburo”.

El chofer del taxi hablaba del calor, del tránsito en Rosario y del largo enero de los trabajadores. Después comentó que tenía que ir a buscar unos estudios que se había hecho su mujer y que no sabía en qué momento los iba a poder retirar “con tanto laburo”. El taxi, que suele servir como un confesionario donde se intercambioan los roles de pecador y redentor, se convirtió repentinamente en el espacio apropiado para que el hombre, de unos 50 y tantos años admitiera que él también tenía que ir al médico. “Sabe lo que pasa, es que con esto de mi esposa yo aproveché y me hice unos análisis, por mi cuenta, y me salió que tengo eso del azúcar... un poquito de diabetes”.

Me apuré en aclarar que no soy médica pero que me interesan los temas relacionados con la salud, y le sugerí: “¿Por qué no le muestra los resultados a un profesional? Creo que le conviene saber qué le está pasando, por ahí no es para preocuparse, pero ...”. Hice un largo silencio. Intenté no asustarlo y menos que me viera como una consejera al paso. ¿Tenía que decirle que nadie tiene un “poquito” de diabetes? ¿Qué es lo mismo que decir que una mujer está un “poquito” embarazada? ¿Cómo ocultar mi asombro ante la negación evidente de ese hombre aún joven, dispuesto a la charla y sin dudas —aunque él no lo supiera— angustiado por la situación?

¿Era el momento de comentarle que en la Argentina hay dos millones de diabéticos tipo 2 (los que han adquirido la enfermedad por hábitos inadecuados) y que un número similar está en riesgo? ¿Qué la diabetes es una enfermedad crónica y que si no se ocupa puede tener serios problemas? ¿Qué después de confirmado el diagnóstico tenía que empezar un tratamiento de por vida con controles médicos, medicación y una rigurosa dieta? En absoluto, no era mi responsabilidad. Ni mi obligación. Es más, no tenía ningún derecho. Pero debo reconocer que me angustié lo suficiente como para preguntarme una vez más: ¿Fallan los médicos a la hora de infromar a la población cuáles son los factores de riesgo de las enfermedades crónicas no transmisibles como la diabetes o las cardiovasculares, que son las que más mortalidad producen? ¿Por qué hay tanto desconocimiento? ¿Cómo y cuánto tenemos que contribuir los comunicadores a educar a la gente en estos temas? ¿Por dónde empezamos?

El señor siguió con su monólogo: “Que no puedo caminar ni dos cuadras por día, que me alimento a choripán en el puestito del Parque Independencia, que llego a mi casa y mi mujer, que también está excedida de peso y tiene un poquito de diabetes, no se levanta de la cama”. A esa altura yo estaba enfrascada en mis pensamientos, convencida de que en el 2012, Estado, médicos y comunicadores, tenemos mucho, pero mucho por hacer.

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