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Lunes 01 de Abril de 2013

Un político forjado con símbolos inocentes

Daniel Scioli fue armando su carrera política por el andarivel de afuera, aquel que en la visión panorámica muestra al corredor como rezagado, perspectiva que se modifica a medida que se acerca a la meta.

Daniel Scioli fue armando su carrera política por el andarivel de afuera, aquel que en la visión panorámica muestra al corredor como rezagado, perspectiva que se modifica a medida que se acerca a la meta. El kirchnerismo de Cristina esta vez no está dispuesto a que cruce la raya.

Scioli tiene la capacidad de generar hechos políticos desde su nadería intelectual; no en vano sobrevivió a la decadencia de Menem y al ocaso político de Duhalde, dos de los ex popes del peronismo que estrellaron el partido a favor de la Alianza a fines de los 90, y que hoy se volvieron a abrazar gracias al viento beatífico de Pancho.

Hombre de gestos módicos, sin épica para la trinchera, la única vez que levantó la voz y pronunció algo que se asemeje a la guaranguería fue cuando exclamó: "¡Con la comida no se jode!". Fue en medio del conflicto por la 125 y al ver una imagen por televisión de un camión derramando leche en la banquina como forma de protesta contra el gobierno.

Scioli produce gestos que parecen inocentes, pero que decididamente no lo son. Convirtió su chacra de Villa La Ñata, en el municipio de Tigre, en una usina de acontecimientos políticos camuflados en eventos deportivos. El kirchnerismo siempre interpretó que los picados de fútbol con Macri o con Moyano no tenían un efecto inocuo, sino que se armaron en perfecto desafío al poder de la jefa para explorar los límites de su tolerancia, que, se sabe, no se caracteriza por su amplitud.

En ese doble juego, Scioli se reunió con el ex vicepresidente Julio Cobos a fines de diciembre de 2012, pero recién trascendió en febrero de este año. Un encuentro que no debería asombrar a nadie, salvo por un detalle no menor: el mendocino fue el hombre que posibilitó la derrota más sonora del kirchnerismo. Pedirles a los sobrevivientes de aquella batalla que aplaudan ese gesto de institucionalidad es mojarles la oreja doblemente.

Pican los kirchneristas, se vuelven locos con los mensajes de amor y paz de Scioli. "No queremos echar a Scioli, sólo alinearlo", dijo, sincera, Diana Conti. No fue la voz brutal de una dirigente marginal al proyecto. Conti le dijo directamente al gobernador bonaerense lo que Randazzo y De Vido le insinuaron en la entrelínea.

Están en un verdadero problema los kirchneristas, porque la intensidad del ataque a Scioli es directamente proporcional con su ascenso en las encuestas. No suma para el gobierno la actitud discrecional de autorizar emitir deuda a Chaco o a Mendoza, y negárselo a Buenos Aires. ¿Cuál es el criterio? Aún no lo pueden explicar.

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