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Domingo 21 de Agosto de 2016

Un policial de pura cepa rosarina

En Agosto sangriento el narrador local Ernesto Ciunne desarrolla una trama que mezcla siniestros fraguados, una esposa infiel y una cantante de jazz

El próximo viernes 26, en la Biblioteca Argentina, se presentará en sociedad Agosto sangriento, del narrador rosarino Ernesto Ciunne.

Ciunne, que nació en 1948, además de escritor es conservador de museos e investigador de la historia de los ferrocarriles argentinos, así como habitual conferencista sobre la temática ferroviaria.

Varias publicaciones, además de diversos folletos y artículos sobre temas históricos, testimonian su proficua labor de investigador.

En Agosto sangriento, el también columnista radial se sumerge en una historia violenta, narrada con el lenguaje seco y directo que caracteriza al policial negro o hard boiled, el género que surgió en el siglo veinte en los Estados Unidos y tuvo como principales exponentes a los recordados Dashiell Hammett y Raymond Chandler.

A continuación, un capítulo de la novela.


III


Domingo 27, 23 horas.


En El Dalia Azul, un cabaret del Bajo.


El Dalia Azul, lindo lugar para ir a meterse un domingo de enero. Si ustedquiere saber cómo es estar dentro de la sala de máquinas de un barco, vaya al Dalia Azul, allí podrá experimentarlo, incluso encontrará marineros que le informarán en detalle.

Cuando el portero abrió la puerta de la caldera sentí en la cara el golpe del olor a cigarrillos, bebidas y mujeres.

El lugar no era demasiado grande, ni demasiado iluminado. Había unas pocas mesas, algunas con chicas solas, aburridas, y la ficha debajo del vaso. Una pareja se besaba en una mesa apartada y en el pequeño escenario un tipo tocaba el piano.

Me arrimé a la barra. El barman, un tipo alto, huesudo y con cara cansada de tratar con borrachos frotaba un vaso como si fuera la lámpara de Aladino.

—¿Qué va a pedir? —me preguntó. —Una cerveza —dije.

Trajo la cerveza y el vaso, los apoyó con fuerza sobre el mostrador, pasó un trapo y se fue a la punta de la barra a charlar con un gorila que no disimulaba ser el encargado de poner orden si la cosa se pasaba de la raya. Tenía brazos lo suficientemente grandes y gruesos como para arrojar a un parroquiano a la vereda de enfrente, si fuera necesario.

Cuando se cansó de tirar "manises" al primate, volvió. Yo estaba apoyado con la espalda contra la barra mirando a una mujer alta y morena, que comenzaba a cantar un blues, envuelta en un largo vestido negro.

—Es la primera vez que lo veo —dijo el barman a mis espaldas. Giré la cabeza y lo miré por sobre el hombro derecho. —Quiero hacerle unas preguntas sobre un habitué de la casa —dije deslizando por sobre el mostrador, un papelito con el nombre Genaro Di Santo.

El tipo lo leyó y señaló con la cabeza hacia el escenario. —Debería hablar con ella...

La mujer terminó la canción, sonrió al pianista, descendió del escenario y avanzó hacia la barra.

Primero llegó un alarmante Chanel número cinco, después ella. Se acodó en la barra a mi lado y pidió algo.

—Dinah, el señor quiere hablar con vos.

—¿El señor es policía? —preguntó, mirando al barman.

El barman se encogió de hombros, mezcló whisky y cola en un vaso y se lo acercó.

—Soy investigador privado, trabajo para la Compañía de Seguros Continental.

—Se equivocó, lindo, yo no provoqué ningún incendio —res-pondió la mujer llamada Dinah.

—No, pero puede provocarlo en cualquier momento —dije. La larga cabellera negra se agitó, me miró con un par de ojos rasgados capaces de producir no solo un incendio, sino el derrumbe de un edificio de veinte pisos.

—¿Qué está buscando? —preguntó.

—El viernes a las doce de la noche encontraron a un tal Genaro Di Santo en el parque Independencia —conté.

—¿Ah, sí? ¿Qué hacía, les daba de comer a los patitos? —respondió con ironía.

—No tuvo tiempo. Lo mataron antes —dije.

—El comisario Enrique Mendoza me pidió que colabore en la investigación. Sabemos que el señor Di Santo era asiduo concu-rrente a este lugar.

—¿Quién?, no sé de qué me habla —protestó.

Miró al barman de soslayo. Los ojos de lagarto del tipo se clavaron en su cara y las garras mugrientas, en el borde del mostrador. El escenario estaba tan vacío como yo de ganas de seguir estando en ese lugar. Saqué una tarjeta del bolsillo superior del saco y se la coloqué debajo del vaso.

—Allí esta mi dirección, si quiere colaborar, la espero —dije. Me puse el sombrero y fui hacia la puerta, antes de salir me detuve.

Comenzaba a cantar: It Could Happen to You (podría pasarte a ti). Salí. Miré en la puerta un cartel que decía:


Hoy - Gran actuación - Hoy

Dinah Durham

Cantante de jazz

Dos funciones


Estaba lloviendo.

Eran las cuatro de la mañana, no me gusta acostarme después del amanecer, busqué el auto y volví a casa.

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