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Domingo 29 de Noviembre de 2015

Un paseo por el laberinto de Carlota

La historiadora rosarina Marcela Ternavasio sigue las pistas de un personaje clave como la infanta Carlota Joaquina de Borbón, que generó múltiples operaciones para reinar en la península y los territorios americanos.

Viajó a través de fronteras y océanos para descubrir un dato clave, revisó archivos, buscó huellas en cientos de cartas y documentos, devoró libros y manifiestos, cruzó datos, recreó escenarios, revisó el accionar de políticos y diplomáticos, reconstruyó las idas y venidas de personajes no siempre presentes en los relatos oficiales. Así, durante diez años, Marcela Ternavasio siguió las pistas que la historia dejó sobre Carlota Joaquina de Borbón (Aranjuez, abril de 1775 - Lisboa, enero de 1830) y las volcó en una puntillosa investigación que se transformó en Candidata a la corona, la infanta Carlota Joaquina en el laberinto de las revoluciones hispanoamericanas, un libro que, publicado por Siglo XXI, se centra en el personaje pero también en un momento crítico para las potencias en danza (España, Portugal, Gran Bretaña, Francia) y sus territorios en América. Seguir los pasos de Carlota es destejer y volver a urdir una trama de intrigas y operaciones, donde el territorio del río de la Plata no estuvo ajeno y menos aún hombres clave de la historia por estos lares como Belgrano, Castelli o Vieytes.
  Marcela Ternavasio egresó de la licenciatura en historia en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario y se doctoró en historia en la Universidad de Buenos Aires. Es investigadora de la UNR y del Conicet y su interés académico se centra en la historia política argentina e iberoamericana del siglo XIX.
  Eligió a Carlota Joaquina como eje de su investigación para ver desde un lugar diferente las revoluciones hispanoamericanas. Hizo foco en ella para ver el papel que ocupó el linaje dinástico en las disputas de poder después de la crisis monárquica de 1808, con la aparición de Napoleón Bonaparte en España. La figura de Carlota, hija de Carlos IV, hermana de Fernando VII, casada a los diez años con quien luego sería el príncipe regente de Portugal, funciona como un caleidoscopio de lo que ocurría en Europa pero también en América, luego del traslado de la corte portuguesa a Brasil, huyendo de la invasión napoleónica. Será desde Río de Janeiro que Carlota reclamará la corona de España y también querrá extender su influencia sobre los territorios coloniales, incluido el Virreinato del Río de la Plata.
  Su vida, cargada de intrigas y secretos, la tornó un personaje más que atrayente no sólo para los estudios históricos sino también para protagonizar novelas, películas y otros productos de la industria cultural.
  Cuando Ternavasio dialoga con Más se nota su pasión por su métier. Le gusta relatar, contar, como si los hechos a los que refiere los hubiese presenciado o se hubiera enterado de ellos porque alguien se los contó de primera mano. Se entusiasma ante cada pregunta y escucha con interés ante la posibilidad de un nuevo punto de vista. Su visión, aunque absolutamente documentada, no es ascética. Habla desde el lugar de alguien familiarizado con un tema.

  —¿Por qué en el libro aclarás que hacés historia política, existe una historia por fuera de la dimensión política?
  —Esa aclaración es más que nada para mis colegas. Es decir, digo que no estoy mirando esos documentos desde el plano de la historia de las ideas, de proyectos que se presentaron y no tuvieron ninguna incidencia en las disputas de poder. Estoy diciendo, esos proyectos acá se traducen en una historia política porque a través de ellos yo voy a ver la incidencia que tuvieron en las disputas de poder.

  —¿Cómo y cuándo empezó tu interés por Carlota?
  —Te diría que hace unos diez años que mi interés por Carlota comenzó a tomar forma y ahí a la vez comienza a tomar forma la idea de que desde ella yo podía mirar las revoluciones hispanoamericanas desde otro lugar, desde el papel que ocupó el linaje dinástico en las disputas de poder después de la crisis monárquica de 1808. Y ese objeto de investigación tenía distintos escenarios. Yo quería ver a Carlota desplegando sus planes ya no sólo en el río de la Plata sino básicamente en Río de Janeiro y cómo incidía en la corte, en España, en Portugal y en las disputas interimperiales, básicamente con los gabinetes británicos y en el resto de América.

  —¿Carlota es un personaje caleidoscópico? A través de ella puede observarse la época que la cobija o la rechaza, la forma de hacer política.
  —Sí, en primer lugar porque ella atraviesa acontecimientos extraordinarios. Para empezar, su vida está atravesada por las revoluciones atlánticas, al año de nacer se da la revolución norteamericana; cuando ella tiene su primer hijo se da la Revolución Francesa, cuando ella ya está en Portugal; luego, cuando está en Río de Janeiro, surgen las revoluciones hispanoamericanas y por último las revoluciones liberales cuando regresa a Lisboa en los años 20. Entonces, digo, su vida está atravesada por este ciclo de revoluciones.

  —Más la irrupción de Napoleón...
  —Exactamente, más la aparición de Napoleón que es lo que marca todos sus planes, no tanto la invasión napoleónica sino la caída de Napoleón. Por otro lado, está inmersa en acontecimientos extraordinarios como la vacancia Real en España y el traslado de la corte de Braganza a Brasil, teniendo en cuenta que es la primera vez que la realeza europea pisa tierras americanas. Pero además hay que tener en cuenta el carácter impetuoso, audaz, decidido de Carlota, con una extrema vocación de poder que era la que ella portaba en un contexto también de profundo cambio del rol de las mujeres dentro de las cortes y de la monarquía. Y se agrega a todo eso que ella tiene que disputar en España para que puedan abolir la ley Sálica, que excluía a las mujeres del derecho de sucesión al trono. Todo eso le da a Carlota un sentido particular.

  —O sea que su madre no se equivocó cuando la casó a los 10 años.
  —Eso era común a los 10 años. Los contratos matrimoniales eran parte de la política diplomática de las grandes potencias europeas, lo que sí comienza a percibirse en este período es un siglo XVII signado por los contratos matrimoniales entre las distintas cortes europeas para diseñar las políticas internacionales basadas en las casas soberanas y en los lazos de linaje y de sangre... lo que el siglo XVIII viene a mostrar, ya después de la guerra de sucesión española, es que ese principio de linaje debe convivir y coexistir, y siempre en tensión, con el nuevo principio de equilibrio entre potencias. Entonces, un matrimonio dinástico podía implicar potencialmente la unión de dos coronas que podía romper el equilibrio europeo. Y esto es lo que va a ocurrir con Carlota Joaquina y su casamiento con un Braganza en el marco de la crisis de 1808.

  —¿Y cómo fue esa huida hacia Brasil?
  —El traslado fue, visto hoy, cinematográfico. Fue un viaje no improvisado pero sí decidido a último momento. No improvisado porque el proyecto de que la corte portuguesa se trasladara a Brasil como lugar más seguro existía desde el siglo XVII, pero va a ser el gabinete inglés el que convenza a ese traslado ante el avance de las fuerzas napoleónicas. Por lo tanto, se hace prácticamente de un día para el otro, esperando los buenos vientos, con las fuezas de Junot en las puertas de Lisboa. Los testimonios dan cuenta de un traslado de entre 10 mil y 15 mil personas, toda la corte, el funcionariado, la primera nobleza, sus sirvientes y familias, las bibliotecas, papeles y archivos. Personas hacinadas en los barcos, con las ropas características de la época, para llegar al verano carioca en pleno febrero o marzo. A la vez, por un lado el estupor de los lisboetas que veían partir a toda esta comitiva y por el otro, el de los cariocas de ver llegar por primera vez a sus reyes y a toda esa comitiva y tener que alojar a toda esa cantidad de gente en lugares adecuados, cediendo los palacios de los más poderosos habitantes de Río para dar lugar a toda esta corte. Fue algo impresionante, una materia por demás atractiva para todos los que hacen historia urbana en Brasil.

  —¿Hasta dónde Carlota fue la protagonista de la múltiples operaciones que se hicieron en su nombre?
  —A una como historiadora siempre le queda la duda respecto de la autonomía o libertad de acción individual que ella tuvo. Todos los documentos indican que, si bien nunca estuvo sola, siempre tuvo agentes que la acompañaban, sus operadores, ella se mostraba muy diligente, autónoma y atenta a que los cursos de acción que invocaban su nombre estuvieran efectivamente liderados por su voluntad. Esta voluntad la llevó a estar en permanente conflicto con la corte de Braganza, con su marido, de quien de hecho vivía separada, con los diplomáticos ingleses que estaban en Río y con los diplomáticos españoles que, luego de la restauración, envía su hermano. Ella muestra permanentemente que ocupa un lugar de poder que le quieren retacear dentro de su propia corte. Las relaciones de Carlota con el mundo que la rodeaba eran siempre relaciones conflictivas.
  —¿Ella misma es quien pide la regencia para América?
  —Ahí la exploración que hago en torno a cómo se arman esos manifiestos muestra que hay una fuerte dosis de intervención del ministro de estado portugués Sousa Coutinho y del jefe de la escuadra inglesa Sidney Smith, con la anuencia de Carlota. Pero, a partir de esos manifiestos, ella empieza a cobrar cada vez mayor liderazgo en los cursos de acción que desatan esas proclamas. Esos manifiestos son realizados de manera bastante apresurada y cuentan con su anuencia pero al poco tiempo advierte que allí hay una disputa con otros de los infantes parientes que estaban en Río de Janeiro, que era su primo, y con el cual va a disputar justamente la regencia. Y allí es cuando ella se impone para ser la legítima heredera y reclamante de esa regencia.
  —¿Qué es el carlotismo ? Por momentos, todos eran carlotistas, y luego nadie lo era.
  —Es difícil determinar cuáles fueron los límites del así llamado Partido Carlotista. Yo diría que hay distintas capas, los que están más comprometidos hasta los que podían simpatizar con la alternativa carlotista pero no tienen, digamos, un liderazgo en llevar adelante la propuesta. Y de hecho el Partido Carlotista de Buenos Aires está liderado por el grupo más representativo de la ilustración que va a convertirse después de 1810 en el Partido Revolucionario. A saber, Manuel Belgrano, Castelli, los hermanos Rodríguez Peña, los Vieytes. Este grupo es el que inmediatamente reacciona en adhesión al carlotismo. Lo que vamos a ver después es que los apoyos al carlotismo van a ir variando según la coyuntura y va a convertirse por momentos de la peor enemiga a una aliada posible, considerada el mal menor; y va a depender de las correlaciones de fuerza de los distintos momentos que van variando muy rápidamente a lo largo de esos seis años que trabajo en el libro.

  —Ella es como una hija de la crisis y de la oportunidad. Todo condensado en seis años.
  —Exacto, esto ocurre desde el momento de la vacancia real, o sea desde que los reyes borbones abdican de la corona en favor de Napoleón y su hermano hasta la restauración de Fernando VII en 1814. O sea, son seis agitadísimos años.

  —En los que cambia ese mundo.
  —Tal cual, y por lo tanto cambian los escenarios y las estrategias en las cuales Carlota Joaquina va desplegando sus planes. Entonces, si primero era Buenos Aires la alternativa de coronarse como regente de América pronto va a ser la penísula el escenario en el que ella quiera negociar una regencia para todo el imperio, a la vez que va a ser también la península el escenario en donde quiera hacer valer sus derechos para suceder a la corona en las cortes de Cádiz.

  —Es como que estaba atenta a todo.
  —Así es, sin perder nunca de vista el escenario americano, en donde la revolución la coloca a ella como una defensora de los derechos dinásticos en América, trasladando su futura sede para ejercer la regencia ya no en Buenos Aires sino en Montevideo por su carácter realista. Ahí va variando sus escenarios de manera que se adapta a las distintas circunstancias.
  —El período en que suceden los acontecimientos es poco tiempo pero a la vez se necesitaba entonces mucho tiempo para tejer lo que fuera.
  —Claro, los tiempos se miden también de acuerdo a cómo circulan las noticias o los rumores. Una carta tardaba en llegar entre 45 días y dos meses desde el Viejo Mundo, era clave quién era el portador o el vehículo de esa noticia para estimar la credibilidad que esa noticia podía tener. Todo eso va configurando un ambiente no sólo cargado de incertidumbre sino además plagado de teorías conspirativas, intrigas.

  —Era hacer política entre dos continentes y entre cuatro grandes potencias.
  —Sí, entre Portugal, España, Francia y Gran Bretaña, más lo que significaba cada una de las regiones americanas en sus distintos virreinatos y gobernaciones. Es un mosaico plural en el que rápidamente todos advierten que tienen intereses contrapuestos, y ahí la cuestión.
  
  —¿Carlota tenía el convencimiento de que sería alguien en la historia o al menos en su momento?
  —Creo que esa alta conciencia de tener un lugar en la posteridad se da en la crisis de 1808. Antes ella va a tener intervenciones en la política portuguesa, va a estar involucrada en una conspiración en 1806, cuando a su marido se lo acusaba de padecer la misma enfermedad que su madre, la reina María, que había delegado el reinado en su hijo como príncipe regente porque lo que se decía es que estaba loca. Los relatos de que Joao VI se quedaba tirado en la cama y no quería levantarse te llevan a pensar hoy que era un depresivo, en ese momento se trama esta conspiración que buscaba ponerla a Carlota como regente. De cualquier manera, yo creo que el lugar estelar ella lo encuentra en la crisis de 1808 y a partir de allí no abandona nunca esa vocación de poder porque aun después de la restauración va a intentar convertirse en la única vocera más allá de los diplomáticos que su hermano mande a Brasil, en la vocera y gran informante de Fernando VII en el marco de las guerras americanas de independencia, guerras que le desbaratan todos los planes. Supuestamente, ella juega para su hermano pero de cualquier manera se involucra de forma autónoma en todas las relaciones, con Artigas, los realistas en Montevideo, tiene una posición siempre proactiva. Lo mismo va a ocurrir cuando regresa a Lisboa, en 1821, cuando se produce la revolución liberal en Lisboa que los obligan a volver para jurar la nueva Constitución liberal. Ella es la única, junto con el arzobispo, que se niega a jurar esa constitución y a partir de allí queda recluida en el Palacio de Queluz. Desde allí va a liderar en las sombras, primero y luego abiertamente, el partido absolutista en contra del Partido Liberal, va intentar imponer a su hijo, sobre todo después de la muerte de su marido, como rey absolutista en Portugal y de hecho lo logra. No va abandonar nunca esa vocación estelar en la política que creo, insisto, la descubre en 1808.

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