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Sábado 16 de Abril de 2016

Un pasado demasiado distante

Sobre la enseñanza del la historia reciente a las nuevas generaciones.

Hace unos días, en un salón colmado de escolares, intenté una vez más transmitir algunos contenidos acerca de lo que la última dictadura significó para los argentinos. La casi totalidad del auditorio estaba conformado por adolescentes que habían sido “estimulados” previamente con la proyección de algunas películas y documentales sobre el tema. El resto de la audiencia lo conformaban sus docentes quienes esperaban con cierta ansiedad que mis palabras provocaran algo diferente o cierto compromiso con la temática que ellos no habían logrado en el trabajo áulico.
  Lo cierto es que al comenzar a hablar volví a caer una vez más en la cuenta de la distancia cronológica que separaba a esos jóvenes de esa historia que yo les narraba, acontecida casi 30 años antes de que ellos hubieran nacido. Al promediar la charla, la mayoría de ellos ya se notaba disperso, con sus miradas puestas en las pantallas de sus celulares o murmurando al oído de sus compañeros. Solo un pequeño grupo parecía interesado en el relato, pero ese interés se tradujo al final de la charla en una serie de preguntas previsibles, más enfocadas en el costado morbosamente oscuro de las películas que habían visto que al contenido de la charla. Lo cierto es que la sensación posterior a ese encuentro no fue otra que la de preguntarme una vez más si el tema de la dictadura era realmente de “su interés”, si acaso no estábamos allí, docentes y directivos, esforzándonos en transmitir “algo” que ellos no estaban interesados en escuchar, relatando historias demasiado lejanas en el tiempo, cargadas de conceptos e imágenes que corrían el riesgo de sonar “abstractos” en relación a su tiempo real y concreto, frente a su experiencia de jóvenes del siglo XXI, nacidos en democracia, atravesados por otros dilemas y otras urgencias, cuyos padres ni siquiera habían sido adolescentes en los años finales de la dictadura.
  La construcción de eso que se llama memoria colectiva no conoce procesos lineales. Y la empatía que a veces deseamos que se produzca en las subjetividades de quienes no fueron contemporáneos a los hechos, tantas veces naufraga en el mar de las suposiciones. Y ese naufragio o ese fracaso tal vez anide en una idea equivocada acerca de los procesos de transmisión de los llamados pasados traumáticos cuando se aferran a la idea del “deber de recordar”.
  ¿Cómo provocar el mandato de recordar en quién no ha vivido la experiencia? Y además, ¿cómo responder a ese decir común que enjuicia a las nuevas generaciones por no interesarse en una historia tan dramáticamente importante para todos los argentinos? Las respuestas a estas preguntas no son sencillas, tampoco únicas. Pero tampoco se resuelve nada apelando a la idea de la insistencia en el relato de los hechos enunciados en clave aleccionadora como supuesta forma de evitar su repetición.

Nuevas generaciones. ¿Y si las nuevas generaciones no se sienten atraídas por el tema, si no se manifiestan interesadas en profundizar en sus contenidos a pesar de nuestras reiteradas invitaciones a que lo hagan, significa eso que debe caer sobre ellas algún estigma? ¿Alcanza con repetir como un mantra tantas frases hechas para que ese saber que a muchos nos parece necesario, se “instale” en sus jóvenes subjetividades? Por más que suene a lugar común, caso debiéramos reconocer que el pasado no resuena con la misma intensidad en todos los oídos y que el interés en ciertos temas que a unos les conciernen, a otros ni siquiera los interpelan con la mínima intensidad deseada.
  ¿Y si de tanto repetir lo que ellos no desean o no se interesan en escuchar estuviéramos produciendo saturación y hartazgo? ¿Y si en la insistencia en querer que esos otros “comprendan” lo que no han vivido estuviéramos colaborando en profundizar aún más su desinterés por aquello que nosotros consideramos importante de ser recordado?
  Hace ya unos años, Van Alphen, un docente e investigador dedicado a los estudios sobre memoria, evocaba su infancia holandesa en una clave que vale la pena citar “...Como alguien que nació en los Países Bajos en una familia no judía en 1958, que pasó por la educación primaria y secundaria en los sesenta y comienzos de los setenta, tuve la memoria de la Segunda Guerra Mundial machacada en mi mente. Pero lo cierto es que fracasaron en obtener el efecto requerido. Yo estaba aburridísimo de escuchar esas historias y de ver todas las imágenes de esa guerra que me eran presentadas como «alertas morales». ¿Por qué estaba aburrido en vez de sentirme moralmente interpelado”?
  Van Alphen prosigue su relato tratando de explicar las razones, que centralmente se anudan en el dilema tan complejo de la identificación y la empatía entre su presente juvenil y aquel pasado que se le insistía en narrar. Escuchando con atención el relato de algunos docentes en torno a muchas situaciones áulicas que se sucedieron en estos últimos días cercanos a la conmemoración del 24 de marzo, su testimonio acaso podría ser replicado en clave local, solo cambiando algunos nombres y algunas fechas.
  Lo cierto, y mal que nos pese, no a todos, pero sí a muchos, es que tantas veces queremos creer, como modo de reforzar nuestra buena conciencia democrática, que la insistencia en narrar el pasado de nuestra última dictadura tal como lo venimos haciendo en el sistema educativo, habrá de dar necesariamente sus buenos resultados. Acaso sea así, y entonces la sumatoria de contenidos debiera traducirse en una mayor conciencia acerca de ese pasado. ¿Sucede eso? No lo sabemos, y entonces acaso debamos hacer el esfuerzo de disponernos a evaluar con sinceridad, sin presupuestos, cuáles son o han sido los efectos concretos de esa transmisión, y si de verdad hemos logrado crear entre las nuevas generaciones una conciencia ejemplar acerca de lo que significó la dictadura. Es decir, una reapropiación significativa de ese pasado.
  Y esto dicho, no para hacer a un lado el tema en los programas escolares, sino para ver de qué modo, con qué estrategias, con qué instrumentos, con qué palabras, se logra acortar la distancia empática que existe entre quienes están obligados por razones pedagógicas a escuchar y quienes sienten que tienen algo que consideran importante que contar.
  Insistir en la repetición en clave de mandato, sin preguntarse críticamente por los efectos de su recepción, no solo no fortalece ningún proyecto perdurable de memoria sino que corre el riesgo de contribuir al hartazgo y a la profundización de ese mismo olvido que se pretende conjurar.

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