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Viernes 22 de Junio de 2012

Un país que se muerde la cola como los perros

Lorenzo Miguel se opuso a Isabelita con un paro de dos días por un aumento salarial en 1975.

Argentina tiene giros históricos que recuerdan a los perros que se persiguen la cola para mordérsela y es el camionero Hugo Moyano quien lo evidencia repitiendo el quiebre de Lorenzo Miguel, puesto a enfrentarse al mismo gobierno que apoyaba, o sostenía, según las circunstancias.

Claro que entre uno y otro hay un abismo de modelo de país. Miguel gozó del poder de la patria metalúrgica levantada por una Nación que alcanzó a tener en desarrollo una industria media y pesada, cuando la marca "Industria Argentina" comenzaba a tener algún peso, y cuyos estertores fueron apurados por el primer gobierno de Carlos Menem, quien trasvasó el poder de la producción a los servicios, precisamente la esencia de camioneros.

Miguel pegó el portazo en junio de 1975. El gobierno de María Estela Martínez de Perón (Isabelita) había puesto de ministro de Economía a Celestino Rodrigo, quien impuso una devaluación del ciento por ciento. El litro de nafta pasó a costar 1,50 peso, pero un día antes de la vigencia de la nueva tarifa se pagaba 45 centavos. Del 2 por ciento mensual de inflación se pasó al 7 y al 10 por ciento y los gremios largaron una carrera para recomponer los sueldos, encolumnados detrás de Miguel, que había logrado un incremento del 182 por ciento.

El gobierno puso el ciento por ciento de aumento por decreto y la CGT, junto con las 62 Organizaciones, le respondieron con un paro por 48 horas. El 22 de julio Celestino Rodrigo abandonó la cartera económica, pero el daño estaba hecho. En ese año, 1975, la inflación llegó al 300 por ciento, los precios de la canasta familiar se incrementaron un 560 por ciento, y comenzaron a sentarse las bases de un descontento social que desembocó en el golpe militar de marzo de 1976.

Los cimientos del poder actual de Hugo Moyano, o de los Moyano, deben buscarse en la conformación de la poderosa Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (Catt), creada en los 50 y cuyo actual secretario general es el titular del Sindicato de Dragado y Balizamiento, el moyanista Juan Carlos Schmidt.

El grueso de la base de la Catt es el gremio de los camioneros, que en las últimas décadas incrementó su preeminencia en el sector merced al desmantelamiento de otras estructuras de transporte, todas estatales. En 1967 el entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía cerró la Flota Fluvial del Estado cortando así el importantísimo caudal de traslado de la producción y las comunicaciones por los ríos, principalmente el Paraná. En 1997 Menem terminó de liquidar la flota mercante del Estado, que se sumó a la asfixia de los ferrocarriles. Todos esos servicios cesantes pasaron a la órbita del transporte terrestre.

Fue Néstor Kirchner quien en 2003 restituyó la personería jurídica y gremial a la Catt.

La fuerza de Moyano evidencia que el país industrialista que se empeña en mostrar el gobierno se demora en despegar ya que el componente nacional de las terminales fabriles no supera el 40 por ciento en la mayoría de los casos. De tal modo, los gremios de servicios siguen siendo los más numerosos y con mayor peso específico y político por la base de afiliados, y allí reside, desde el punto de vista gremial ortodoxo, la dificultad de la presidenta para nombrar un delfín suyo en la CGT, que buscó primero en la Uocra (Gerardo Martínez) y luego en la UOM (Antonio Caló).

Las peripecias de los funcionarios de la presidenta para doblarle el brazo a Moyano es una resultante de esa lógica de pensamiento. Y así, se cumple una vieja máxima sindical: si para el transporte, se para todo, pero al revés no pasa lo mismo.

Entre Isabelita y Cristina Fernández de Kirchner hay un abismo, entre el país de 1975 y el actual, otro, pero en las dos oportunidades hubo procesos inflacionarios y turbulencias económicas. Entre Miguel y Moyano, otra vez, hay enormes diferencias, pero el camionero, por estos días y aunque sea por unas horas, agitó viejos fantasmas.

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