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Martes 25 de Noviembre de 2014

Un oxímoron seductor y difícil de explicar

Trabajar en la diaria con Gollán era descubrir que un oxímoron no es sólo una creación literaria. Creativo, informado, siempre presente, culto y atento al progreso a veces, obsesivo hasta la terquedad y obcecado en otras.

Trabajar en la diaria con Gollán era descubrir que un oxímoron no es sólo una creación literaria. Creativo, informado, siempre presente, culto y atento al progreso a veces, obsesivo hasta la terquedad y obcecado en otras. Atento a escuchar siempre pero intransigente en ocasiones, aunque se le dieran razones distintas. Cálido en su decir sin dejar de sentirse con derecho a recibir el trato de “usted” y el “don” delante de su nombre de pila.

A las 6 de la mañana llamaba para preguntarle al conductor de su radio si había leído un suelto de un diario perdido. A las 10, planteaba una reunión con sus editores para discutir desde los temas hasta los títulos de su mimado “de 12 a 14”. Paseaba por los estudios de televisión acompañando a sus invitados célebres guiándolos por sus amadas instalaciones de avenida Perón. A la noche (a cualquier hora, la verdad) cabía el llamado de teléfono para no olvidar algo de la agenda del día siguiente. Todos los días. Todos. Los lunes, siempre, había reunión a las 4 de la tarde con sus gerentes y algunos periodistas: con el irrepetible Nacho Suriani (¡años de gloria de Radio Dos!) se peleaban por la mirada de una opinión de coyuntura o por el recuerdo de un país que no terminaba de parir. Gollán fue el reflejo de “el negocio atendido por sus dueños”. En primera persona, siempre. Para bien y para mal. Hacer medios por el deseo de hacer medios. Sin intenciones secundarias. Vocación, de las que hoy no abundan.

Sabía que todos los presidentes, los gobernadores, intendentes, empresarios y personajes de la cosa pública lo habían escuchado. Sabía escuchar pero, sobre todo, se ganó el hacerse escuchar. No renegaba de lo hecho, ni siquiera de su paso fugaz por la función pública o de sus opiniones en tiempos controversiales. “Los errores, si los hubo, no se lloran. Se enmiendan”, solía decir. Se sentía en paz con eso.

Lo conocí cuando él tenía casi 70 años. Había sembrado en un campo suyo unos árboles que servirían para producir madera después de 6 lustros. Una inveterada metáfora de hacer planes hasta su último instante de fuerza. Como desafiando al tiempo. Y parecía que iba a poder. Es seguro que no lo consiguió con la inmortalidad.
No lo es menos que sobrevivirá como el recuerdo de un hombre intenso que amaba lo que hacía y que lo emprendía con una pasión que, me dijo cuando nos vimos por última vez, lo desvelaba: la utopía por un devenir mejor. Quizá otro oxímoron. Tan seductor y difícil de explicar como fue trabajar con él.

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