Opinión
Lunes 21 de Noviembre de 2016

Un niño asesinado nos interpela

El más terrible de los dramas. El brutal crimen de un chico que ya tenía antecedentes de haber sido golpeado revela la ineficacia de los controles que debe realizar el Estado. La cruda autocrítica de un funcionario es un sano punto de partida para cambiar

"Vestido con una remerita y un pantaloncito corto, todo mojado por la lluvia, estaba descalzo y tiritando de frío y como si fuera poco tenía un hematoma de un golpe en el rostro a la altura del ojo izquierdo", publicó la crónica del diario UNO de Santa Fe hace un año atrás, en octubre de 2015, en la que la suboficial policial, Betiana Encina, de 30 años, relató que había encontrado a un nene de cinco años deambulando solo por la calle, asustado, bajo la lluvia, en inmediaciones de la escuela en avenida Blas Parera al 10500, en el extremo noroeste de la capital provincial.

Ese niño era Nicolás Almada. Desde el miércoles está muerto por la golpiza que le propinaron su padrastro y hasta tal vez con el concurso (o indiferencia) de su madre. Hace un año había escapado en medio de la noche de la casa tras otra golpiza —llorando a media voz, entonces, le contó a la suboficial que lo encontró andando perdido que su mamá le había pegado— y pese a ese antecedente no se hizo nada en lo que significa el mayor fracaso del Estado santafesino, que se ha revelado incapaz de cuidar no ya a sus adultos que de a miles salen a las calles, como pasó en Rosario, a quejarse por la inseguridad y a denunciar que tienen miedo, sino a sus ciudadanos más indefensos: niños que apenas pueden dar a entender los dramas de los que son víctimas.

Es el peor fracaso porque se nos revela un Estado —no estamos hablando de gobierno alguno— cuya ineficacia repugna los espíritus nobles cuando a sabiendas de que hay un menor torturado por sus propios padres no hizo nada. Nicolás Almada, un año después de haber sido puesto bajo la atención de todo el burocratismo estatal destinado a "proteger la niñez, darle voz, escucharlos," y cuanta vacuidad más se dice, se escribe y se difunde a costo de miles y miles de pesos, no sólo tenía que cuidarlo protegiéndolo, debió salvarlo. ¡Debió impedir que lo mataran!

Nicolás murió asesinado a golpes del modo más brutal: la autopsia reveló que tenía golpes por todo el cuerpo que habían reventado sus órganos internos. ¡Y con sólo seis añitos! Pero, atención, como si hubiera sido una cruel paradoja de la historia, simultáneamente, colapsaba todo el sistema de protección infantil provincial —en el que renunciaron sus autoridades y su personal en protesta dejó de trabajar ante las malas prácticas que vienen siendo de estilo como alguien me reveló y algo cuento más abajo— y quedó demostrado, pese a quién le pese y le guste a quién le guste, que los controles a ese sistema, no funcionaron, no sirvieron o simplemente son una mentira.

No lo digo yo. Lo dice el ministro político de la administración socialista del gobernador Miguel Lifschitz. Un gobierno socialista se supone que privilegia al individuo por encima del capital y los índices de productividad y regalías (se supone que por encima de sus intereses de facción también); y que considera obligatorio que el Estado intervenga para equilibrar las relaciones de poder y favorecer a los vulnerables que siempre pierden. Claro que hay socialismos brutales como los totalitarios que en el siglo XX no hicieron más que el juego a fascistas de todo el pelaje pero esos no son los socialistas argentinos. Ni los socialistas santafesinos (ni siquiera frente a aquella infame acusación de los kirchneristas), ni tampoco lo son los radicales, que integran la Internacional Socialista.

Pero el niño murió en la ciudad de Santa Fe y hay cerca de 300 niños sacados de sus hogares santafesinos porque eran maltratados y los hay alojados en cualquier lado porque el Estado santafesino no tiene sitios donde ponerlos. Y no sabemos cuántos más están sin rescatar. Personalmente hablé con empleados de la Secretaría de Derechos de la Niñez en las últimas horas cuando todavía estaban de paro —como dije, el sistema colapsó y ahora que han nombrado responsables esperemos que recupere no sólo el orden sino algún grado de eficacia—. Por sus dichos recientes, el ministro Jorge Alvarez, parece haber entendido la gravedad del caso y anticipó medidas.

"No sabemos cuántos niños hay maltratados. No tenemos control siquiera sobre los lugares dónde están institucionalizados. Ni hablemos de lo que puede pasar en las ciudades del interior o en la zonas rurales. Esto trasciende porque fue en la capital provincial. En momentos de crisis los adultos descargan sus frustraciones o fracasos sobre los menores. Además en los hogares donde los padres son adictos y tienen hijos, con certezas son hijos abandonados por decir lo menos. Es muy poco lo que se hace al respecto, y ciertamente del todo insuficiente", me confió alguien que trabaja en la repartición con mucho temor y pidiendo que resguardase su identidad.

Pero, felizmente, esta revelación casi no hace falta si nos atenemos al mea culpa que acaba de hacer como decíamos antes el doctor Pablo Farías, ministro de Gobierno y Reforma del Estado.

Evidentemente afectado por la muerte de Nicolás, reflexionó con una honestidad que inculpa al gobierno del que es parte, pero que no es habitual ni le debe haber sido fácil salir a decirlo.

Farías había sido ministro de Desarrollo Social de la provincia. No desconoce de qué se trata, ni se inmiscuyó en un área que le es ajena. Ahora bien, qué puede decir frente a un caso así.

Para algunos —lo he leído en las redes sociales en modo de airadas críticas porque la indignación social fue extrema—, que no cumplieron con lo que debieron, para aquello para lo que se los puso en los espacios de responsabilidad pública que ocupan. Pero Farías dio una mirada aún más interesante que decir la obviedad que la situación le imponía. Y sobre eso, me parece, hay que reflexionar entre todos.

Nos hemos pasado nuestra historia preguntándonos por qué la Argentina no es como los principales países desarrollados del mundo que han logrado niveles de vida que nos causan amplia envidia. Para citar un ejemplo que fuera noticia hace poco tiempo que repercutió en todos los medios: "Insólita crisis en Holanda por falta de presos", decían sus títulos. Ya Suecia había tenido que cerrar cárceles y planificar la reconversión de esos espacios. En la Argentina faltan cárceles, sobran presos y todos los días sus ciudadanos piden que se encierre más gente.

¿Qué tienen de diferentes esos pueblos respecto del nuestro considerado uno de los más cultos de la América Latina, con la clase media más extendida de toda la región a pesar de la sobreproducción de pobres que el neoliberalismo y populismo, sin solución de continuidad, nos han generado?

Argentina tiene territorio de sobra. No tiene los problemas de falta de espacio vital de Chile, Japón, Israel o Palestina. Y encima, con todos los climas y riquezas naturales increíbles. Reservas de agua dulce de incalculable valor. Tierra rica. La segunda planicie cultivable más extensa del planeta, con regímenes de lluvias propicios. Una de las cuencas lecheras más grandes del mundo. Más cabezas de ganado que gente. Si no tenemos soberanía energética es por las sucesivas malas políticas, no por falta de recursos. No hay conflictos raciales profundos. Los niveles de racismo y xenofobia son todavía difusos y bajos. No hay enfrentamientos religiosos ni étnicos. Se habla mayoritariamente un único idioma, lo que es una ventaja o debería serlo al menos para comunicar políticas públicas. Poseemos un litoral marítimo extensísimo que, es verdad, no se explota. Hasta el hecho de que nos rija un único huso horario es una ventaja.

Los enfrentamientos religiosos en Irlanda o Medio Oriente generan miles de muertos. Los choques étnicos han masacrado pueblos enteros. Las pujas por la dominación de la explotación de fuentes de energía han justificado guerras cruentas e invasiones a costo de miles de vidas civiles.

Y podríamos seguir mencionando las calamidades que genera la falta de todas o algunas de esas ventajas comparativas favorables en el haber de nuestro país al que siempre estamos más dispuestos a denostar que a valorar —y debe haber más probablemente— que enumeré en el párrafo anterior.

Sea por el petróleo, el gas o la intención de imponer el Islam, ¿no nos duele el corazón cada vez que vemos cómo en Siria y países del Oriente cercano, los bombardeos matan a niños inocentes de cortas edades? La imagen de aquel niño sirio, Aylan Kurdi, ahogado en una playa turca por huir de las bombas sigue siendo una de las grandes vergüenzas de la humanidad del siglo XXI.

¿Qué diferencia hay con que acá el Estado no hiciera nada para impedir que a Nicolás lo matasen los padres? O los narcos masacren a sus soldaditos cuando se vuelven descartables o se mueran de hambre en el interior profundo. Uno, diez o cien niños muertos no hace la diferencia: el drama es el mismo. Los más indefensos son las primeras víctimas.

Las enormes ventajas comparativas de nuestro país —y que llevara a José Martí a estar convencido de que la potencia mundial que lideraría en el siglo XX sería la Argentina— tienen una falencia que las empalidece a todas: nuestra pobreza institucional.

¿Qué quiero decir?

Con todas las falencias que queramos y de las que nos quejamos a diario, en la Argentina la salud y la educación superior son gratis como casi en ningún país de la Tierra donde se trata de accesos a la superación personal muy caros. Es de Perogrullo decir que la educación hace la diferencia. A más y mejor educados, los individuos y los pueblos suelen ser —o deberían ser— menos violentos, más tolerantes, más inclusivos y más sensibles y protectores con quienes son más vulnerables o vulnerados. Pero esto es harto sabido.

Los holandeses o suecos, para continuar con nuestros ejemplos ya citados, no son todos y cada uno bellísimas almas nobles incapaces de hacer daño alguno. O de caer en la tentación del mal sea ésta el robo privado o la corrupción pública. Porque ciertamente en esos países que admiramos también hay ladrones, violentos y homicidas.

Hay perversos de toda calaña en toda la especie humana al margen de su nacionalidad o lugar de residencia. Una a favor: no es sólo un problema de los argentinos. Pero, digresión aparte, lo que no hay en esos países —que sí tienen otros problemas graves como matarse por sus creencias religiosas, el color de la piel o la identidad sexual— es eficacia institucional, que hace que los niveles de impunidad se reduzcan al mínimo.

Esa falta de impunidad sirve además para que los funcionarios cumplan con su deber con dedicación, probidad —dejo ex profeso de lado acá la corrupción donde debe entrar a jugar la ley penal y no civil— y no pierdan el tiempo pensando en hacerse conocidos, en hacer carrera para aspirar a una integrar una lista futura o conseguir una reelección. Si cada uno hiciera lo que tiene que hacer, la Argentina habría sido la que pensó el gran cubano José Martí.

Si el violento, dañino, malvado, corrupto o el holgazán sabe que nada le pasará haga lo que haga o que podría zafar de la sanción —y estoy hablando de la misma sociedad santafesina que antes de horrorizarse porque un niño de seis años fue asesinado a golpes había aplaudido ungiéndolo a condición de héroe (el famoso "vivo criollo") en las calles capitalinas al tesorero de la sucursal del banco Nación que robó millones de dólares del tesoro cuya custodia se le había confiado y nunca devolvió el dinero: fue el caso Fendrich, llamado el "robo del siglo"— no hay institucionalidad que pueda consolidarse.

Insisto en algo: no lo digo yo. Felizmente lo dijo un ministro del gobierno provincial actual y en esta columna se toman sus dichos como una autocrítica. La más dura que se le escucha a un gobierno en un país en el que los gobernantes no se autocritican ni bajo tortura.

"Nos fallaron los controles. Siempre que hablamos en términos de control el Estado debe buscar la mayor eficacia y la mayor extensión. Cuando hablamos de situaciones de niños y de casos de mayor complejidad deben extenderse a todos los hogares. Ante esta muerte, lejos de buscar excusas, nosotros tenemos que rever cómo se están realizando estos controles", dijo el ministro Pablo Farías.

Y agregó: "Todas las muertes violentas son evitables, lo que habrá que ver es dónde, no sólo como Estado sino como sociedad, fue que fracasamos. Evidentemente sí era evitable. Todo hecho tan desgraciado como es la muerte de un chico de seis años es evitable. Habrá que ver dónde estuvo el problema que no se pudo evitar". Quizás hasta ahora este sea el peor fracaso del gobierno de turno.

Se le atribuye a Pitágoras haber dicho: "Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres". Educarlos significa cuidarlos, darlos amor, evitar que sean asesinados.

Comentarios