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Miércoles 12 de Octubre de 2011

Un milagro del rock and roll

Debo confesarlo: durante la larga espera del show en el vip de Metropolitano fui un cómplice más entre tantos colegas escépticos, que tras una mirada de soslayo y una sonrisa socarrona y torcida coincidíamos silenciosamente en que íbamos a ser testigo de un robo a mano armada a cargo de un rocker decadente y reumático.

Debo confesarlo: durante la larga espera del show en el vip de Metropolitano fui un cómplice más entre tantos colegas escépticos, que tras una mirada de soslayo y una sonrisa socarrona y torcida coincidíamos silenciosamente en que íbamos a ser testigo de un robo a mano armada a cargo de un rocker decadente y reumático. Es más, yo lo seguí creyendo durante los primeros dos o tres temas, cuando el querido Gordo aullaba en el fondo de una bola gigante de sonido eléctrico, y en el medio del descomunal set de efectos especiales en que se había convertido el escenario.

Yo pensé: pura cháchara, pura mercadotecnia con el único fin de desviar la atención. Pero no, estábamos equivocados, y en menos de lo que canta un gallo las bocas torcidas se transformaron en bocas abiertas y Axl pasó a formar parte de esa gente "que arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas", tal cual escribió hace muchos años Kerouac. Y así, el Gordo Axl nos dio una lección de verdadero rock and roll y de paso desmintió aquella máxima goetheana aplicada al planeta rock: "Vive rápido, muere joven y tendrás un bonito cadáver".

Cobain y Lennon siguen siendo hermosos. Axl tiene los cachetes hinchados y colorados, tiene toda la pinta del pendenciero, el pistolero malo de un western serie B. Aún corre de punta a punta por el escenario, eso sí, con cuidado, con las piernas bien abiertas, pero lo corre. La voz ya no es la misma pero cantó 2 horas 45 minutos. Y, encima, cantó mejor aún la última parte del show. Cobain y Lennon están muertos hace tiempo. Axl, un milagro, sigue vivo. Y rockea como pocos, a sus 49 larguísimos años.
 

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