La ciudad
Martes 28 de Junio de 2016

Un laboratorio con tanques arreglados con masilla y sueros con escasos chequeos

Apolo arrastra una historia de denuncias que derivaron en el desplazamiento de la funcionaria provincial que debía controlarlo.

Tanques en mal estado y pegados con masilla plástica, denuncias de producción de sueros sin controles técnicos que culminaron con el desplazamiento de una funcionaria provincial, un planta siete meses tomada por los empleados, una quiebra suspendida por la aparición de un apoderado que levantó la deuda de un acreedor y la autorización por parte de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat), hace dos meses, para que allí se elaborara efedrina. Todo esto sucedió en el laboratorio Apolo, el sitio que ayer voló por los aires y dejó en evidencia una historia con ribetes inquietantes.

Curiosamente enclavada en el corazón de barrio La Tablada, este laboratorio funcionaba pared de por medio con casas habitadas. Y a pocas cuadras de dos colegios. Sin embargo, ayer desde el municipio se destacó que las habilitaciones estaban "en orden" (ver página 7).

Tiene 38 años de historia y llegó a abastecer el 54 por ciento de la demanda de suero del país.

Sin embargo, el esplendor inicial empezó a apagarse en 2005, año en el que la firma se declaró en convocatoria de acreedores, trámite que ingresó en el Juzgado Civil y Comercial Nº 1, a cargo de María Andrea Mondelli.

Desde ese momento, la situación financiera de la empresa empezó a flaquear. Y en 2011, un hecho lamentable dejó en evidencia lo que sucedía puertas adentro. Fue cuando un empleado murió tras recibir un balazo en el pecho. Había querido evitar el robo de un maletín que llevaba la contadora del laboratorio. Adentro estaban los salarios de varios trabajadores.

Tras el crimen, sus compañeros denunciaron que muchos trabajaban en negro y que por eso les pagaban en efectivo en un inmueble aledaño al laboratorio.

En 2012, la fábrica cerró sus puertas para readecuar instalaciones. Los empleados denunciaron un "intento de vaciamiento" y tomaron la planta. Se iniciaba así un extenso conflicto en el que los empleados pugnaron por convertirse en cooperativa.

Sin dirección. En noviembre de 2012, el director técnico del laboratorio, el farmacéutico Gabriel Ceballos, inició un juicio contra la firma por la deuda de salarios. Allí, expuso que el laboratorio seguía produciendo sueros sin su control pero rotulaba los sachets con su firma.

Esa denuncia derivó en otra, pero en el ámbito penal. La impulsaron dos empleados del laboratorio, Raúl Olivetto y Joana Vivas, quienes aseguraron que entre febrero de 2011 y el mismo mes de 2012 el laboratorio funcionó sin director técnico responsable.

La causa, que recayó en el juzgado de Instrucción a cargo de Gustavo Pérez de Urrechu, le dio intervención a la Anmat y dejó al desnudo presuntas irregularidades que terminaron eyectando de su puesto a la por entonces directora de Inspección de Farmacias de la provincia (organismo encargado de fiscalizar los laboratorios), Patricia Kleinlein.

Esa misma funcionaria ya había sido desplazada por "irresponsable" durante la gestión de Fernando Bondesío al frente de la cartera de Salud. Créase o no, el funcionario había ido un domingo a la noche a la farmacia de turno que se anunciaba en el diario y en su lugar encontró una veterinaria. El comercio llevaba funcionando allí tres meses.

Un día después llamó a Kleinlein y le espetó: "Ustedes no tienen ni idea de lo que habilitan". Por esos extraños misterios de la administración pública, la funcionaria volvió a su cargo tiempo después, hasta que la desplazó Miguel Angel Cappiello.

Tanques rajados. En 2012, los empleados de Apolo no sólo denunciaron que la producción de sueros no se hacía en las condiciones adecuadas sino que además acompañaron fotos en los que se evidenciaba el deterioro.

Destacaron que los tanques eran reparados con pegamento plástico, lo que permitía el ingreso de bacterias a los mismos. Señalaron además que la sala de fraccionamiento no contaba con el aire acondicionado necesario para conservar el producto y no se hacía la cuarentena de los mismos.

Detallaban que los sachets de suero debían estar un lapso de 15 días en cuarentena mientras se les hacían los controles de calidad, pero que eso en Apolo no sucedía. Directamente se fraccionaban y salían al mercado.

Kleinlein negó todas las denuncias. Dijo que el laboratorio se inspeccionaba y que nunca había visto tanques en mal estado. En diciembre de 2012, Cappiello la desplazó de su cargo.

La historia que siguió después es más vertiginosa. En 2015 Apolo pidió reiniciar sus actividades y consiguió el aval provincial (ver página 7). Y hace dos meses tramitó favorablemente la autorización ante la Anmat para elaborar efedrina (ver aparte). Ayer, todo voló por los aires.

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