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Sábado 02 de Noviembre de 2013

Un jardín que enseña desde el juego el cuidado propio y del otro

Es el nivel inicial de la Gurruchaga. La directora Andrea Fernández comparte en qué consiste la propuesta pedagógica

No hay guardapolvos celestes para los niños, ni rosas para las niñas. Todos usan uno azul a cuadritos. En el patio asoman pequeñas huertas, una casa de madera y un desfile constante de manos llenas de pintura, tierra y rastros de todo tipo de juego. "Mirá, me vine de negro", dice Guadalupe, dispuesta a formar con su cuerpo alguna letra del abecedario que empieza a reconocer. Y en las salas, bellas reproducciones de la etapa expresionista de Paul Klee y de impresionistas como Monet, hechas por quienes tienen entre 4 y 5 años, no más. Estas son algunas de las imágenes que se descubren cotidianas en el jardín del Complejo Educativo Gurruchaga. Un proyecto pedagógico que los padres defienden públicamente (ver aparte).

Mientras despide a Valentina, una mamá a punto de parir y que se ofreció a pintar con los chicos un gran mural, reparte unas maderas a una maestra y acomoda algunos papeles para hacer lugar en su escritorio. De fondo, inconfundibles voces infantiles. En ese ámbito que se nota amable y distendido, la directora del nivel inicial de la Gurruchaga (de Salta, entre Iriondo y Crespo), Andrea Fernández, dedica un tiempo a compartir cómo trabajan.

Ejes de trabajo. "Si bien soy la directora y me toca asesorar, coordinar, si no hay equipo esto no funciona", dice quien está al frente de este jardín desde 2006. "Nos planteamos ejes donde van a transitar la gran mayoría de nuestras acciones pedagógicas y comunitarias cada año", explica. "Me cuido y entre todos nos cuidamos" es uno de esos ejes. "Es algo más que aprender a lavarse las manos, que pareciera que ese es el único aprendizaje que se espera de un jardín. Nos preocupamos por aprender a cuidar lo público, que a fuerza de ser de todos parece que no es de nadie. Es decir, cuidarse desde lo personal y desde el espacio público", se explaya.

"No pretendemos arreglar el agujero de ozono ni limpiar pingüinos empetrolados, porque trabajamos con chicos de 4 y 5 años, pero sí nos conmovemos cuando un chico pasa y nos dice «¡Hay que regarla!», señalando una planta seca en el patio. O nos cuenta: «Ya le dije a mi papá que en el auto tengo que ir atrás, con el cinturón de seguridad»".

Otro camino elegido para transitar los aprendizajes en el jardín es el de "la educación sexual integral (ESI) y de género". "Nunca decimos «las nenas vienen para acá...» y «los nenes van a jugar a la pelota». Cuando nos separamos entre varones y mujeres es porque tiene que ver con algo que ellos plantean".

Andrea dice que está el prejuicio de considerar que sólo en las realidades más vulnerables hay abusos en la infancia: "Son problemáticas que exceden lo social, lo cultural y lo económico: la diferencia está en que cuando hay más recursos simbólicos están más solapadas".

Por eso entre otros temas a los que no escapan —y se corresponden con los lineamientos de la ESI para el nivel— está la enseñanza en diferenciar "lo íntimo, lo privado y qué es lo público". "Los chicos hablan ahora de «Mis partes íntimas». Y aparece esto que nos cuentan los padres que sus hijos les dicen «Ahora esperá que estoy yo en el baño», algo que las familias aprovechan también para ganar ellas intimidad al responderles lo mismo", cuenta Andrea. "Es un ida y vuelta, donde los padres acompañan, hacen aportes".

También integra esta propuesta pedagógica del jardín la de "Alfabetización en múltiples lenguajes". "A nuestros niños les sobra información, van a leer y escribir más allá de nosotras, viven en un contexto lectoescrito; pero a estos niños también les sobran pantallas, imagen virtual, por eso nos propusimos una alfabetización en múltiples lenguajes".

Señas para jugar. En esta misma idea, este año proyectaron como línea "¿Qué ves cuando me ves?", para "repensar el lugar de lo verdaderamente infantil". Entonces habla de la oportunidad del juego sin impedimentos. "Recuperamos palitos de la soga, telas, jugar con el pastito, para permitir ese espacio simbólico", explica y profundiza en esta concepción de lo lúdico que tanto se debate en el nivel inicial: "Nosotras sostenemos que en el jardín se aprende jugando pero que el maestro enseña desde el juego. No posicionándose como un niño más, sino dando señas para que el niño pueda seguir".

El cuidado propio y del otro (en el más amplio sentido), la apropiación de distintas manifestaciones culturales, el juego compartido, la construcción permanente de la palabra, todo suma en aprendizajes. Con estos proyectos, "lo que nosotros vamos logrando, más allá de los aprendizajes formales y esperables, son chicos autónomos, lo más posibles, cada uno en su propios procesos y la posibilidad del uso de la palabra, algo que es de todos".

También —continúa— hay otros aprendizajes que consideramos importantes, como respetar cuestiones históricas, de ciudadanía.

Arte y familia. Esta semana que termina preparaban la fiesta de la familia, para la que preparaban una muestra de arte (suspendida por la lluvia), de la cual sólo anticipa que "habrá sorpresas para los padres".

Andrea siempre habla en plural, en un nosotros que incluye. Su relato está lleno de anécdotas vibrantes, para reflexionar, que enriquecen el oficio y hablan de un lugar protagónico de sus alumnos. Quizás por eso pide que en la nota se nombre al equipo pedagógico que forma con las maestras Elisabet Olives, Patricia Spessot, Sandra Lima, Sol Barragán, Fernanda Reciuto y Luciana Carniel. Y también con las porteras (ahora se llaman asistentes escolares) Vanesa Desimoni y Paula Giacaglia.

Al jardín de la Gurru asisten 135 chicos (hay tres salas de 5 años y tres de 4). El martes pasado le llegó a la directora Andrea Fernández la disposición del Ministerio de Educación que le comunicaba que ya no serían 6 sino 5 las salas para el año que viene, ya que se había resuelto el traslado de un cargo a una escuela pública cercana.

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