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Martes 20 de Diciembre de 2011

Un fin de año complicado

Si el reloj atrasara siete u ocho décadas (menos de un segundo en términos históricos) la estabilidad política y económica a nivel mundial estaría en serio peligro. Europa afronta la crisis económica y social más importante desde la Segunda Guerra Mundial...

Si el reloj atrasara siete u ocho décadas (menos de un segundo en términos históricos) la estabilidad política y económica a nivel mundial estaría en serio peligro. Europa afronta la crisis económica y social más importante desde la Segunda Guerra Mundial y la economía norteamericana no termina de salir del estancamiento que le produjo el sacudón financiero del 2008. A este escenario se le suma la primavera árabe, que todavía no se consolida y se define por poner proa hacia la modernidad o hacia interpretaciones religiosas oscurantistas.

En este panorama lábil las superpotencias del futuro, como China o la India, son las que marcan la posibilidad de recuperación de la economía global porque de su crecimiento y poder de compra de materias primas dependen, por ejemplo, buena parte de los países emergentes como Brasil y la Argentina.

Durante el siglo pasado fenómenos políticos y económicos con algún grado de semejanza a los actuales se dirimieron en dos guerras mundiales y varias regionales en el sudeste asiático. El siglo XXI, que recién comienza, arrancó tan mal como el anterior aunque eso no significa que el desarrollo de las relaciones entre las naciones siga el mismo trágico camino ya vivido.

Europa. Como siempre ocurre, Europa es el centro de todas las miradas y origen de los conflictos. El Estado de bienestar del Viejo Continente logrado a partir de la década de 60 parece estar terminando y los remezones que causan la pelea por quién pagará la cuenta son los que tienen en vilo al resto del planeta. La timba financiera que generó Wall Street en 2008 sacudió a muchos países pero también algunos, como Grecia, contribuyeron a su propia debacle por sus nefastas políticas domésticas. Grecia compró armamento a empresas alemanas con financiamiento casi sin límite de los bancos de ese y otros países. Las compras se agilizaron a través de sobornos a funcionarios griegos, pagados, por ejemplo, por el consorcio industrial alemán Ferrostaal, investigado en todo el mundo e incluso en la Argentina por obtener contratos por esa vía ilegal.

La deuda griega fue creciendo y el ritmo de su economía no pudo seguir abasteciendo el pago de sus compromisos externos. La canciller alemana Angela Merkel, sin duda alguna la líder política de la Unión Europea, tuvo que aceptar rescatar la deuda helena porque sencillamente si se declaraba en cesación de pagos los que no cobraban eran los bancos y empresas alemanes, con lo que el conflicto se le hubiera introducido en su país.

Solidaridad. Quien recorre hoy las ciudades más importantes de Alemania no percibe la sensación de que sus habitantes entiendan mucho de qué les hablan cuando desde el gobierno se les dice que es importante asistir a los países en problemas con fondos de los impuestos locales. Claro, no entienden que no sólo gobiernos corruptos como el griego o circenses como el del ex premier italiano Silvio Berlusconi son los responsables de la crisis. Empresas y bancos europeos también aportaron su cuota por acción u omisión de lo que ocurrió en el Viejo Continente durante las dos últimas décadas. Nadie puede hacerse el distraído porque la avidez por el lucro rápido en base a la especulación financiera, el soborno trasnacional y la venta de material peligroso o sensible a naciones poco confiables no es sólo potestad de los Estados Unidos, que de eso sabe y mucho. Europa aprendió también cómo se hace y las consecuencias están a la vista. Ya no es sólo Grecia que sucumbe, sino que España tiene históricos niveles de desocupación e Italia produce un ajuste sin precedentes. No es la economía, como si fuera un ente abstracto, la responsable de lo que ocurre, sino los conductores de los Estados, que son los que toman las decisiones políticas.

En Europa, la crisis está lejos de resolverse. Inglaterra, que ahora revalora su decisión de no haber ingresado a la zona euro, se muestra poco solidaria y no piensa en sacrificarse para ayudar al sur del continente en desgracia. Siempre fue así: los ingleses sólo reaccionan cuando sus intereses políticos o económicos están en peligro.

La verdadera disputa en Europa es por quién se hace cargo de la crisis: los bancos, los Estados fuertes como Alemania y Francia o la gente por vía del ajuste. Se comenzó por el eslabón más débil, que no se resigna y salió a protestar. Habrá que ver hasta dónde Europa resiste una agitación social más característica de Latinoamérica.

Primavera árabe. En otras regiones del mundo, como el norte de Africa o Medio Oriente, se definen cuestiones más vitales y por qué no decirlo, primitivas. Después de décadas de dictaduras el mundo árabe recobró la memoria y está terminando con los últimos personajes que mantuvieron a sus pueblos oprimidos y en la miseria. La crisis de Europa sacó a las revueltas de la primavera árabe del primer puesto de la escena mundial, pero si esa primavera da paso al verano o regresa a un crudo invierno será más que trascendente en la nueva configuración de las relaciones políticas de un mundo muy complicado. En una zona donde hay petróleo y desarrollo de grupos armados con poder de acción internacional, el desenlace y la orientación de los movimientos populares hoy en ebullición serán cruciales para el mapa geopolítico futuro. Si hay un retroceso de la racionalidad y una vuelta a pasiones anacrónicas de tiempos bíblicos, lo que viene no parece muy alentador y puede ser aún peor a depuestos regímenes militares más laicos que fanáticos religiosos. Siria, por ejemplo, es un país de escasa preponderancia económica mundial pero de importante rol político en la región. Desde hace meses el gobierno de Bashrar Al Assad, un oftalmólogo formado en Londres, está cometiendo una masacre de opositores que fue denunciada por las Naciones Unidas pero que hasta ahora nadie se ha decidido a intervenir y ponerle fin. Pese a tener un nivel de estudios universitarios, el presidente sirio no se distingue, sin embargo, de la represión ejecutada por el extinto líder libio Muhamar Kaddafi. Y tal vez siga su misma suerte.

Periféricos. Mientras Estados Unidos y Europa ensayan fórmulas para salir de la crisis, el mundo árabe se levanta y China e India se perfilan como los nuevos grandes jugadores de la escena mundial, las naciones de la periferia de los centros mundiales de la economía y del poder disfrutan, con excepciones, de una etapa de crecimiento sostenido. Para explicar este fenómeno, aunque mucho tenga que ver, no todo se resume en el viento a favor de una realidad mundial que colabora. En el caso argentino y con coyunturas disímiles, no han sido lo mismo Menem, De la Rúa o Cristina Fernández. Cada uno podrá sacar sus propias conclusiones. Y para seguir con el vecino chileno, tampoco han sido lo mismo Michelle Bachelet o Sebastián Piñera.

Ciclos históricos. La historia no se repite linealmente y por eso es improbable una guerra global en Europa, una debacle financiera total en Estados Unidos o el regreso a crisis sociales terminales en Latinoamérica.

Sin embargo, a nivel global, hay signos preocupantes de una conducción política aferrada a repetir los mismos errores de las generaciones pasadas. Por eso, el final está abierto a todas las posibilidades, aún las peores.

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