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Domingo 14 de Junio de 2015

Un ex púgil enseña boxeo a los chicos para sacarlos de la droga y la marginalidad

En un galpón de Pérez enfrenta a la droga, la marginalidad y la soledad. El sueño de un entrenador que ayuda a los pibes a ganar la contienda de cada día.

En un galpón de Pérez, con un solo foco de luz porque no puede pagar más, Daniel Flakiewicz enseña boxeo. Paradójicamente, allí se ilumina la vida de más de 40 chicos que se van a entrenar para luchar en el ring. Ya son varios los que dejaron de vagar por las calles, se alejaron de la droga, se reconciliaron con sus familias y encontraron un nuevo sentido a su juventud. Quieren ser campeones de la vida, como los alienta el entrenador. Esos cambios, algunos más estridentes que otros, son los que motivan cada día a Daniel, que vive en una pequeña casa en Cabín 9,  en un rincón de la ciudad donde los enfrentamientos entre bandas narco son moneda corriente, donde el presente y el futuro de los jóvenes es la pelea más dura y donde él tiene su mayor desafío: darles a los chicos una oportunidad.

De joven Daniel fue boxeador. Hoy  sufre cuando ve a los pibes en las esquinas tomando alcohol y fumando marihuana o aspirando pegamento. No quiere que se les arruine la vida y terminen esclavizados por el narcotráfico. Por eso enseña a "guantear" pero sobre todo les habla, los alienta, los impulsa, los contiene.

Su propia historia es reflejo de los mismos dolores. Empezó a practicar boxeo para salir de su casa porque su papá lo golpeaba. "Viví muy mal —confiesa— y menos robar hice de todo, trabajé de cualquier cosa y mi descarga fue el boxeo. Me hizo bien". Descubrió que este deporte podía significar una ayuda para los chicos que la pasaban mal, como le sucedió a él.

Es pintor y albañil. Vive con su esposa y sus cuatro hijos en el corazón de Cabín 9, uno de los barrios donde suceden a diario enfrentamiento de las bandas narco, en el límite entre Rosario y Pérez. No tiene trabajo fijo, hace changas y los fines de semana vende tortas asadas en la feria del barrio. "La calle no está fácil", dice. Pero nada lo detiene.

En 2006 empezó a invitar a los chicos que veía drogándose en las esquinas. Los llamaba por su nombre, los invitaba a aprender a boxear. Empezó con un grupito de 10, en la vecinal de Cabín, donde terminó siendo el presidente.

Tuvo vaivenes en su tarea como entrenador, sobre todo por el trabajo, y eso hizo que no pudiera sostener mucho tiempo el pequeño club de boxeo. Sin embargo, nunca lo abandonó del todo.

Cuando algunos vecinos de Pérez conocieron la actividad que desarrollaba Daniel lo invitaron a que hiciera lo mismo en el club social de esa ciudad. Allí empezó hace poco más de un año y ya tiene más de 40 chicos, de entre 6 años y 90 años, porque allí se  acepta a todos.

Todas las tardes, a partir de las 18, los chicos y las chicas van llegando al club social de 1º de Mayo al 2500. Algunos se acercan acompañados por sus padres, otros en bicicleta, en moto o corriendo, para ir arrancando con el entrenamiento.

Daniel los espera en la puerta, los saluda a todos por su nombre y a más de uno le dice “¡vos vas a ser un campeón!”, para que no lo olviden. Los chicos empiezan a correr alrededor del galpón iluminado por un solo foco. Al fondo hay un ring armado y varias bolsas de arena colgando. En el centro cuatro bicicletas fijas son testigos del entusiasmo diario, todas llegaron regaladas. Algunas no funcionaban pero los futuros boxeadores se ocuparon de arreglarlas y ponerlas en óptimas condiciones.

El sueño de Daniel es tener un gimnasio, pero se conforma con lo que hay. Hace pocas semanas organizaron una cena para poder comprar algunos elementos. Es que un par de guantes puede costar 700 pesos y un saco de arena unos 500.

El entrenador cobra una cuota mínima, pero muy pocos pueden pagarla. El lo sabe, pero igual los alienta a que no falten. En ronda van haciendo los ejercicios de precalentamiento. Pasado un buen rato se vendan las manos y las muñecas para poder enguantarse. Los más grandes colaboran con los más chiquitos, y más de uno le pide ayuda al entrenador. Una vez cumplido el ritual es tiempo de golpear los sacos grandes y los pequeños. Cada uno sabe cuál es su rutina.

Entran todos. Junto con los deportistas llega al club Juan Carlos, un hombre mayor de boina y amplia sonrisa. “Él es mi gran ayudante”, cuenta quien lo incorporó al equipo.

Juan Carlos sufrió un ACV y no quiso salir más de su casa. “Lo conocí en un partido de bochas y lo invité a que viniera a colaborar”, rememora Daniel. Y Juan Carlos recuerda que pensó que sería inútil allí ya que le cuesta movilizar un brazo y a veces se le traba la lengua: “Cuando quiero decir una palabra, digo otra”, cuenta riéndose de su dificultad. “Me picó la curiosidad y me dije: voy a ir a ver qué hace este Daniel”, continúa. Cuando llegó al club, Daniel le encargó que les diera algunas indicaciones a los chicos. “Y me hicieron caso, porque son muy obedientes”, remarcó el hombre, que desde ese instante sintió que podía aportar algo. “Te llena de alegría estar con los chicos”, confiesa Juan Carlos, que no faltó más.

Leo Araujo tiene 27 años. El profe  lo detiene en su carrera para preguntarle cómo está. Este chico está feliz porque allí lo recibieron como a uno más, a pesar de su diagnóstico de retraso mental. “Su mamá me vino a hablar un día para preguntarme si Leo podía venir a entrenar, y obvio le dije que sí. Es uno más y no sabés cuánto lo quieren todos”, comenta el entrenador. El chico ya participó en varias peleas. La familia lo acompañó en todas las oportunidades para alentarlo. “Están orgullosos de Leo”, confirma Daniel, que conoce a cada uno de sus alumnos, sus historias y sus familias. Para cada uno tiene las palabras justas. “Este es mi campeón”, dice cuando Mauricio entra al galpón con su gorrita puesta hacia atrás. Le dicen “el rudo” y parece que tiene un gran futuro como boxeador. Él es uno de los que dejó la droga y empezó a trabajar. La próxima meta es retomar la escuela.

Entre sus alumnas hay una chica que está embarazada. “Su mamá la mandó a pelear porque necesitaba plata y después me enteré de que estaba embarazada. ¡Casi me muero!”, recuerda Daniel. Y si bien la chica no pudo seguir entrenando, va igual al club. “Me encanta venir, veo cómo entrenan los demás y me siento muy bien aquí”, expresa la jovencita, que cursa un embarazo saludable.

Cada día en ese galpón se cruzan miles de historias, entre las bolsas de arena y los ruidosos golpes. “Un día vino un papá y me pidió que ayudara a su hija; le tuve que decir que la piba se iba todos los días con un chico diferente. Hablé con ella y también con sus padres, y la chica cambió”, relata.

Daniel vive con pasión esas historias de transformación. Él también tiene hijas adolescentes y conoce el riesgo que corren en la calle, con desconocidos. Hace lo que sea por ellas. Y a los alumnos los trata como a hijos. Eso fue lo que contó Alfredo Cardilio, el papá de Agustina, una nena de 13 años que va a boxear.

“Siempre le agradezco a Daniel por lo que hace. Yo la traigo a mi hija Micaela, a ella le gusta y esto la mantiene muy activa. Quizá muchos jóvenes podrían estar aquí en vez de pasar día y noche en la calle. Esto le hace bien al físico,pero también al espíritu porque esto es como una familia”, recalca Alfredo. Y agrega: “Daniel sabe lo que ellos necesitan. Es muy bueno”.

La droga. “El peor problema que traen los chicos es su relación con la droga”, dice —contundente— el profesor: “Por eso les hablo tanto, los animo a dejarla y a encarar un deporte que les haga bien”.

Junto a los golpes enguantados, les habla del respeto, de la necesidad de ser honestos, de valorarse a sí mismos y a los demás. “En el fondo el boxeo es una excusa. Hoy los chicos se enloquecen cuando ven un guante y entonces les podés hablar y hablando van entendiendo. Otro tema que toco es que vayan a la escuela”, cuenta el director técnico. “Él nos explica que no tenemos que pelear en la escuela ni pegarle a nadie”, comenta Micaela, una de las deportistas.

Daniel sueña con que esta experiencia se replique en muchos barrios más de la ciudad. Pero reconoce que sin la colaboración del Estado resulta muy difícil. Nunca recibió ayuda ni del municipio de Pérez ni del de Rosario. “Esto es todo a pulmón”, reconoce,y cuenta que los políticos lo visitan, pero “me preguntan qué edad tienen los chicos. Es porque quieren saber si pueden votar...”, reconoce el hombre, sin ocultar su indignación.

En el galpón falta de todo: guantes, sacos de arena, bicicletas, barras para hacer ejercicios, y lo que pueda servir para hacer gimnasia. También están las necesidades de cada chico. “Una vez vino uno de los pibes en pleno invierno con remera de mangas cortas y me dio una lástima ... no tenía otra cosa para ponerse”, cuenta Daniel.

La historia del "rudo”. Mauricio tiene 17 años, pero desde los 11 empezó a “andar en la calle” como él mismo lo cuenta. Cuando cursaba el primer año del secundario abandonó la escuela y con sus amigos no dejaba de salir ni un día de la semana. “Andaba afuera, nunca estaba en casa, no trabajaba ni iba a la escuela”. Un día, un amigo lo invitó a practicar boxeo en este lugar. “Yo vine, nunca había hecho nada pero de a poco me empezó a gustar”, cuenta. Lo cierto es que cada vez que iba a entrenamiento golpeaba al entrenador. “Me decían que eso no se hacía pero, bueno, yo era mano larga, hacía cualquier cosa y hasta venía drogado”, confiesa.

    Mauricio fue blanco fácil del consumo de sustancias ilegales. “Fumaba, aspiraba pegamento y hasta me daba con nafta”. De a poco el entrenador empezó a conversar con él. “Encontré un lugar donde me sentí querido, porque la gente huía de mí”, reconoce el chico.

Empezó a entrenar y a descubrir un talento deportivo que no conocía. Daniel lo alentaba. “Vos podés ser campeón”, le repetía incansable. Mauricio, “el rudo”, se daba cuenta de que su físico no le respondía como quería, entonces decidió que tenía que cambiar. “Ahora sólo como fruta” dice riéndose, y pasó a ser uno de los mejores del club. Tanto que es uno de los que ya entrena a los más chiquitos.

Orgulloso de Mauricio, su entrenador dice que es el ejemplo para los demás. “Una mamá se acercó y me pidió que hiciera algo por su hijo, porque si Mauricio había cambiado tal vez el suyo tuviera una oportunidad, y el chico empezó a venir”.

Mauricio logró restablecer la relación con su familia, y hoy sus padres están orgullosos de él. Además se siente querido por sus “alumnos”  y se sorprende de que lo saluden en la calle y de que nadie le tenga miedo. Sueña con ser un campeón y su entrenador, el hombre sensible que no se rinde, cree que llegará lejos.

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