Economía
Domingo 31 de Julio de 2016

Un Estado vigilado por el mercado

El politólogo y economista Nicolás Dvoskin dijo que, para imponer su programa, el gobierno debe culpar a la herencia.

Después de una década y media en América latina el péndulo vuelve hacia el otro extremo. Con la crisis de los gobiernos surgidos de la debacle de los noventa reaparecen con fuerza proyectos centrados en la preeminencia del mercado sobre el Estado. Para el economista y politólogo Nicolás Dvoskin, el macrismo tiene una clara orientación neoliberal, aunque todavía es demasiado pronto para evaluar en profundidad sus resultados. Para imponer su programa de reformas, sostiene, el gobierno debe manejar un delicado equilibrio: tiene que generar una crisis que permita bajar salarios y empleo, pero que sea atribuida a la pesada herencia.

El discurso del investigador Nicolás Dvoskin expresa su recorrido académico. Con 30 años ya es licenciado en Economía, Ciencia Política, magister en Historia Económica y doctor en Ciencias Sociales, todas por la Universidad de Buenos Aires. Además, integra la Sociedad de Economía Crítica (SEC) y el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (Iade).

Invitado por la Universidad del Hacer, la Red de Economía Política Rosario y el Grupo de Estudiantes Independientes (GEI) Dvoskin participó de la charla "El neoliberalismo en el siglo XXI", realizada el 1º de julio en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNR.

El docente de la UBA afirmó que el neoliberalismo del siglo XXI invierte la ecuación del viejo liberalismo: ahora el mercado vigila al Estado, lo acorrala, impone la competencia como motor social. En tanto, afirmó que la debilidad de experiencias como la del kirchnerismo y el PT brasileño fue encabezar demandas sociales con restricciones en su capacidad de promover reformas estructurales.

—¿Cómo definiría al neoliberalismo actual?

—El concepto de neoliberalismo es relativamente amplio. Venimos de una época en la que fue difícil establecer conceptos. Hablamos de posconvertibilidad, que básicamente es lo que viene después de una ley cambiaria: no pareciera ser una categoría que defina doce años. La principal característica del neoliberalismo como régimen de pensamiento es entender que no se trata de la vieja relación Estado-mercado planteada por el liberalismo del siglo XIX, donde hablamos de defender el mercado y que el Estado lo vigile. Tenemos que comerciar y el Estado tiene que establecer reglas claras para que nadie se zarpe demasiado para que no haya monopolios. Esto es todo lo contrario: es un Estado bajo la vigilancia del mercado, una lógica en la cual el mercado tiene que regular al propio Estado. La lógica mercantil es omnipresente y la competencia es el principal motor. Ya ni siquiera nos importan los monopolios: están bien siempre y cuando se haya ganado el lugar por la competencia; está mal si la establece el Estado.

—En seis meses ¿se puede caracterizar el proyecto político de Macri como neoliberal? ¿O estamos ante otra cosa?

—La lógica con la que ha gobernado el PRO la ciudad de Buenos Aires durante ocho años ha sido neoliberal, y como fuerza parlamentaria se ha opuesto a todas las reformas antineoliberales del kirchnerismo, como la previsional y la estatización de YPF y Aerolíneas. Vamos a las políticas actuales y todo queda bastante claro: la liberalización del mercado cambiario, una política sesgada hacia distintos sectores financieros, la búsqueda de relaciones amistosas con las grandes potencias, la presencia de Macri en la convención del Tratado Transpacífico. En los lineamientos de las políticas sí es un claro modelo neoliberal. En términos de los resultados todavía no podemos decir demasiado.

— En un artículo dice que "el proceso de legitimación de la política social es más lento que la deslegitimación que provocó el neoliberalismo". El PRO oscila entre el discurso de campaña de "no te vamos a sacar nada" y la meritocracia. Pensando en el caso de la Asignación Universal por Hijo y otras políticas sociales, ¿Cómo cree que se va a resolver esa tensión?

—La AUH está en un punto intermedio, no se presenta como una política fuertemente revolucionaria. No deja de ser algo muy diferente a las recomendaciones del Banco Mundial. La principal diferencia es que la administra la seguridad social y no un Ministerio de desarrollo social. Y que los montos son significativamente más altos que los de toda América latina. Uno puede reconfigurar esa lógica, por ejemplo, congelando más o menos los montos. En un contexto inflacionario es muy fácil, no los aumentás. Pueden empezar a presionar más sobre las condiciones de accesibilidad. Pueden llegar a recuperar desde el mismo programa algún tipo de contraprestación laboral, típica de los viejos planes trabajar de los 90 o Jefas y Jefes. La política social neoliberal se basa en tres grandes pilares: la focalización, que tenga contraprestación _porque es lo que le genera la lógica meritocrática_ y el monto tiene que ser bajo, porque no tiene que interferir sobre el mercado de trabajo. El macrismo sabe que no están dadas las condiciones objetivas para liquidar la AUH, pero si pudiera lo haría.

—¿Cuáles fueron los déficits de los gobiernos posneoliberales y los elementos que se conjugaron para que puedan resurgir estos proyectos electoralmente?

—Está claro que es una ola regional, si bien en el caso argentino uno puede encontrar errores de corto plazo y de previsión política que se resolvían rápidamente. El caso de Venezuela y Bolivia es distinto porque es más rupturista. El problema de los procesos del kirchnerismo y el PT es que entendieron que se podían hacer fuertes transformaciones sociales sin tocar la estructura económica. El kirchnerismo revirtió menos del 5% de las privatizaciones del menemismo. La cúpula empresaria no se reformó. Se apoyó en otros sectores, intentó mediar en la disputa intraempresarial, con empresarios a favor y en contra. La devaluación de 2014 es un retroceso, pero en el medio hubo políticas de avance fuertes. En el medio termina quedando la sensación de que hubo ciertas concesiones. El caso brasileño es mucho más radical. El giro político de Dilma después de ganar la reelección es brutal. Joaquim Levy fue ministro de Hacienda cuando (Rousseff) asume la segunda presidencia. Es como si acá ganaba Scioli y nombraba de ministro de Economía a Cavallo. Es claramente ceder a esas políticas económicas.

—El menemismo pudo construir una hegemonía montada sobre la convertibilidad y el terror a la hiperinflación, ¿Ve posible que el macrismo construya algún tipo de hegemonía sostenible?

-—Es complicado. Lo de la hiperinflación es clave. Fue un evento tan trágico que generó que la convertibilidad durara varios años más de lo que podría haber durado. El problema que tiene el macrismo es que asumió sin crisis. Entonces la tiene que generar: si no puede hacerlo en términos reales _de hecho, tampoco estamos en una crisis_ la tiene que generar en el discurso. Por eso habla de la pesada herencia. Tiene que construir en el imaginario que el kirchnerismo fue una gran crisis. Recién cuando puedan lograrlo y legitimarlo socialmente van a tener la capacidad de crear una lógica política que les permita anclarse en esa crisis. Esto que intentan hacer les sale muy mal, no ha ganado muchos amigos en este tiempo.

—¿Es sostenible socialmente esa situación?

—Las reformas económicas que quiere implementar el macrismo necesitan diez puntos de desempleo, para que baje el salario, suba la competitividad y vengan esas inversiones que están llamando. En un contexto de alto nivel de empleo bajar salarios es difícil. Tenés resistencia sindical, manifestaciones. Es un equilibrio muy difícil, porque un aumento muy grande del desempleo genera serios inconvenientes para la legitimidad social del gobierno. Creo que buscan que lentamente suba el desempleo, que eso les asegure que el salario real baje, controlar la inflación de esa manera, y encaminarse hacia un proceso de lenta recuperación del crecimiento con inflación más baja, salarios más bajos, ganancias más altas y en todo caso una generación de empleo relativamente lenta. Eso es a lo que aspiran. Es muy difícil porque eso implica que nos acostumbremos a que volvamos a ver a la gente sin trabajo. Es muy complicado.

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