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Martes 27 de Abril de 2010

Un elefante ocupa mucho espacio

Semanas atrás caminaba por el centro cuando me paró una jovencita de lentes inmensos y oscuros. "Hola, ¿usted es Laura Devetach?", me preguntó. La miré y me sonreí. "No, mi amor... ojalá fuera ella. Vos debés haber sido alumna mía, no?", le pregunté.

Semanas atrás caminaba por el centro cuando me paró una jovencita de lentes inmensos y oscuros. "Hola, ¿usted es Laura Devetach?", me preguntó. La miré y me sonreí. "No, mi amor... ojalá fuera ella. Vos debés haber sido alumna mía, no?".

Y sí, era así la cosa. Virginia Díaz, de 29 años y conocida por sus pares como Popi, había sido alumna en un 5º grado B de la escuela Pestalozzi, a finales de los 80. Tras la apertura democrática con ella y sus compañeros leíamos de lo lindo a autores de todo tipo pero sobre todo a algunos argentinos que habían comenzado a producir a sus anchas luego de estar silenciados por la dictadura. Una de esas escritoras que leíamos era Laura Devetach, de allí la asociación y confusión de Popi, quien me contó que ahora está casada, no tiene hijos pero sí sobrinos, y trabaja: "Me convertí en maestra de Lengua como vos", me confesó, y yo... chocha.

Fue una experiencia fuerte. Una recuerda a esos pibitos tan chiquitos y parece mentira que ahora hablemos de igual a igual sobre el trabajo, la familia, los amores, las alegrías, las tristezas y los recuerdos... Emociona, lo aseguro. Tanto como el mail que recibí desde Madrid, justo unos días antes de ese encuentro con Popi.

Era también de una ex alumna de Pestalozzi, quien me había contactado tras leer estas columnas de La Capital. Analía Camiletti, ahora de 27 años, también me relató su presente: que está en pareja, que toca violín, que no tiene gatos, que es tanguera... Una reverenda loca linda.

Mientras leía su mail lloré un rato en medio de la Redacción (por suerte sólo mi amiga Eugenia me vio, me dejó terminar de moquear tranquila y luego me arrimó un vaso con agua: una dulce).

Analía me decía que se acordaba de mí y de las clases, y de lo que leíamos y escribíamos. Con cierto pudor me mandó un cuento de ella. Lo leí, lo comentamos y hasta nos comenzamos a pasar títulos de lo que leemos y vemos en cine últimamente.

Dos encuentros adorables en estos particulares primeros meses del año.

En estos días recibí mails de los chicos de Pestalozzi. Están organizando un asado. Y volví a pensar en ellos, en cómo armamos la biblioteca del aula, en el taller de escritura... Recordé la satisfacción que da la producción colectiva y en lo bueno de reencontrarse. Me acordé del primer libro de Laura Devetach que les leí a los chicos por esos años (de Pestalozzi y también de la Escuela Nº 816). Se llama "La torre de cubos" y había sido prohibido por varias cuestiones englobadas en el insensato concepto de "ilimitada fantasía".

Me dije: qué ganas de volver a contarles un cuento a todos estos grandotes con los que leímos, escribimos y nos divertimos haciendo cosas juntos. Imposible dejar de pensar por estos días sobre lo bueno qué es hacer cosas juntos. Y decidí transcribir éste que también fue prohibido durante la dictadura. A ver si lo recuerdan, chiquitos, y si no... que lo disfruten.

Un Elefante Ocupa Mucho Espacio
-por Elsa Bornemann-

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar "en elefante", esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento:
Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.
-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula.
-¿Cómo te atrevés a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas...
- ¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
- Tú has nacido bajo la lona del circo... -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad...
- ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
- ¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general...)
- Bah... Pamplinas... -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
- Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!
Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas... (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped...).
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
- Los animales están sueltos!- gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.
- ¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
- ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!
- ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.
- ¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.
Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:
- ¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
- ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!
- ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! - gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
- ... Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a nuestras selvas... o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.
Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor... porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio...

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