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Domingo 02 de Octubre de 2016

Un club sin carnet

La zona del bajo solía ser el recorrido indicado en las noches que terminaban cuando la primera luz de la mañana se asomaba detrás de algunos de los edificios. La zona nos marcó la línea de tiempo que empezó en San Telmo/Luna dejando atrás al Barrilito, para subir por Tucumán hacia lo que alguna vez fue Barcelona y luego Marte (hoy ni sé qué es) al lado de Salamanca/McNamara, para doblar en la esquina de Sarmiento mirando a Pichuco y otro nombre olvidado y la transformación

La zona del bajo solía ser el recorrido indicado en las noches que terminaban cuando la primera luz de la mañana se asomaba detrás de algunos de los edificios. La zona nos marcó la línea de tiempo que empezó en San Telmo/Luna dejando atrás al Barrilito, para subir por Tucumán hacia lo que alguna vez fue Barcelona y luego Marte (hoy ni sé qué es) al lado de Salamanca/McNamara, para doblar en la esquina de Sarmiento mirando a Pichuco y otro nombre olvidado y la transformación

—hoy— de algunos de esos en Club de Fun. Pero el recorrido termina en Berlín, que quizás fue Valequé, un sótano con la modernidad de los años ochenta, pero los espacios se mezclan en mi cabeza y puedo equivocarme con los nombres propios y un mapa desdibujado por más de veinte años. En la época de mi primera larga soledad frecuentaba ese corredor un par de noches por semana y la puerta de Berlín era tan familiar como la de mi casa. Tenía el beneficio VIP de no pagar la entrada, de pertenecer y ser parte de ese grupo de personas que podíamos entrar y salir como si fuéramos socios de un club sin carnet. La extraña necesidad de ser parte de algo, aunque sea de un bar nocturno donde el que cuida la puerta te saluda con una sonrisa y un gesto cómplice. En Berlín arriba se habla y abajo se baila. Cuando se traspasa la puerta inmediatamente se perciben las miradas de los que están sentados en las mesas, como un gesto naturalizado ante cualquiera que llega al lugar. Esa mirada en las mujeres se da primero por curiosidad y luego para averiguar si el que llegó es la persona esperada, pero para los hombres está provocada por el deseo de que aparezca la mujer deseada con la cual irse de allí: la fantasía de creer que el deseo y la realidad de la noche pueden establecer una combinación perfecta. Pero casi nunca sucede. Vuelvo a Berlín cada tanto y lo abandono otras tantas veces. La zona está marcada por la historia y el tiempo de los que alguna vez éramos jóvenes y de los que hoy somos jóvenes. Caminar con frío en invierno para refugiarnos justamente de ese frío o sentir un mínimo de aire acondicionado en el calor sofocante del verano. Recorrer unos metros para ir a cenar a la parrilla de la misma cuadra o hacer una escala en el bar de la esquina que tantas veces cambió de nombre. Compartir una noche de julio con Antonio Birabent caracterizado como un cantautor de los años sesenta, cuando Berlín se transformó en el set de filmación de Días de mayo y la policía del Rosariazo irrumpió de manera salvaje en medio de la canción que Antonio tocó allí por primera vez. El recuerdo de los miércoles de enero, cuando di un taller para actores. Las noches de amores perdidos y encontrados, las primeras miradas a un amor que duró años y la única mirada a un no amor que no llegó siquiera a la madrugada. La imagen de esa mujer que en la barra me hablaba a dos centímetros de mis labios durante un largo rato para luego besarse con otro, la depresión de un amigo que no pudo salir del baño durante toda la noche y los planos de (mi) Historia argentina, la película para el Bicentenario que filmamos sin que nadie se enterara. Y más lejos en el tiempo mi amigo Gerardo con su radio en vivo inaugurando una forma del espectáculo que anticipaba formatos poco transitados. Y cerca en el tiempo llego tarde a ver a mi amiga Romina en el "Match de improvisación", deuda pendiente de años, que por ahora estoy a tiempo de saldar. Son las cuatro de la mañana y quedamos pocos, César Debernardi, Héctor Molina y yo. Después aparece Popono y alguno más o quizás sólo aparezca para este relato y no para la realidad. La charla a esa hora ya perdió el sentido que quizás nunca tuvo ni necesitó tener. Una hermosa mujer nos mira desde la barra, pero cuando intento descubrir el significado de esa mirada, ya partió. Tal vez haya cerveza o whisky sobre la mesa. Recibo una llamada y me voy tras una cita que nunca se concretará. Con el tiempo los lugares nos dejan y más tarde los volvemos a encontrar, y está bien que así sea.

GUSTAVO

POSTIGLIONE

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