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Domingo 23 de Agosto de 2015

Un cielo para las enfermeras

Guardo una cantidad de secretos que no estoy dispuesto a revelar, anécdotas que no voy a contar. Vergüenzas inconfesables y arrebatos de niño malcriado de las que hoy me arrepiento.

“...no quiero ver al doctor
sólo quiero ver al enfermero”
                        Charly García

Guardo una cantidad de secretos que no estoy dispuesto a revelar, anécdotas que no voy a contar. Vergüenzas inconfesables y arrebatos de niño malcriado de las que hoy me arrepiento. Tengo una deuda que alguna vez debería comenzar a pagar. Cuentas pendientes y un afecto maduro que ahora me permito sentir. Abrazos que jamás les he dado y la incómoda sensación de que no las he merecido.
  Establecemos con las enfermeras una relación estrecha y contradictoria desde muy temprano en la carrera de medicina. Allí, en el preciso lugar en que los enfermos dejan de ser páginas de un libro para encarnarse en personas ante quienes no sabemos qué hacer. Allí, en el espacio en que lo que creíamos conocer debe hacerse acto y nos damos cuenta de que ese paso es arduo y atemorizante. Que nos deja solos frente a lo que nadie nos dijo. Allí, aparece una enfermera para ofrecernos su mano solidaria y acompañarnos. Para enseñarnos sin exhibicionismos, sin cátedras ni reconocimientos. Entonces, aunque muchos jamás se molesten en registrarlo, recibimos de ellas algunas de las lecciones más valiosas que nadie se preocupó en darnos antes.
  Las he visto dormirse sobre un libro muchas madrugadas intentando terminar sus estudios secundarios mientras doblaban gasas, esterilizaban instrumental y escribían en un papelito la lista de compras del supermercado, sostener con dedicación un tratamiento complejo, advertir con una sensibilidad exquisita las más sutiles modificaciones en un paciente que a mí me pasaban desapercibidas y, minutos más tarde, hacer con una tijera, papel de colores y goma de pegar el disfraz de soldado para que su hijo actúe en la fiesta de la escuela vestido de granadero a la mañana siguiente.
    Hay crepúsculos sombríos que nos clavan al piso. Atardeceres que muerden como dentaduras y te sangran el cuello. Uno se hace preguntas. Recapitula las horas pasadas y sigue las huellas de la muerte rondándote los talones. ¿Habré hecho lo suficiente? ¿Habré hecho lo correcto? Te abraza una angustia compacta y el ácido reflujo de la derrota te sube hasta la garganta. Acribillado de recuerdos, estás atrapado en un laberinto de preguntas sin respuesta. Entonces, el humo caliente que sube desde una taza te lleva hasta la mano que la sostiene. Y esa mujer te frota la espalda, te crecen alas, te ponés de pié y los cadáveres regresan a su sepultura. Y gracias, muchas gracias. Aunque nunca te lo haya dicho.
  La medicina es una boca inmensa que te devora todos los días. Una enorme ballena que te atrapa en la oscuridad de su esófago insaciable mientras el exterior se apaga como una llama agónica en una tormenta. Los rumores del mundo se atenúan y ya no existe nada más allá de esa caverna. Ese agujero es tu mundo y todo lo demás se desvanece hasta desaparecer. Pero allí afuera aún te esperan. Te necesitan y te reclaman. Aunque vos ya no puedas escucharlos. Hasta que alguien abre la boca voraz de esa ballena y te busca a tientas en la oscuridad con la luz frágil de una vela. Y te saca a empujones. Y te deja a las puertas de tus afectos. Y te dice: “basta por hoy”. Y gracias, muchas gracias. Aunque nunca te lo haya dicho.
     Educados en un modelo profesional centrado en la figura del médico, a menudo nos vemos impelidos a la soberbia y a la satelización de todo cuanto nos rodea. La complejidad del padecimiento de las personas no podría nunca reducirse a un abordaje restringido ni a una función excluyente y todopoderosa. Las dimensiones de aquello que a diario enfrentamos reclaman a gritos la articulación de perspectivas diversas y la renuncia a la hegemonía o al despotismo ilustrado.
  Uno crece a fuerza de fracasos, de latigazos sobre la imagen de lo que creíamos ser pero no somos. Hasta que una mañana cualquiera me encontré llamando a Manuela para que hable con mi paciente y averigüe lo que a mí me ocultaba o para que autorice aquello a lo que se negaba porque no comprendía las razones y yo no lograba explicárselas. Manuela llegaba y me pedía que la dejara a solas. Yo me retiraba obediente y me disponía a esperar. Bastaban cinco o diez minutos para que el obstáculo se disolviera. Después, el enfermo me recriminaba: ¿Por qué no me lo dijo usted así, clarito como ella?
  ¿Qué sabía Manuela que yo aún desconozco? ¿Qué resortes de la comunicación humana ella podía tensar y yo no?
  Mucho tiempo después advertí que  “curar” y “cuidar” no son sinónimos. Aunque no es posible acceder a lo primero ignorando lo segundo.  Estas, como tantas otras cosas, las aprendí de ellas. Supe que les debía una solidaridad que me habían regalado cuando no la merecía. Una tolerancia que no me había ganado. No he conocido a nadie capaz de protegerme tanto y tan bien, especialmente de mí mismo.
  En secreto, todos sabemos que un hospital podría sostenerse sin mayores esfuerzos sin médicos pero naufragaría apenas en un instante sin enfermeras. Ahora que se han profesionalizado, ahora que tienen títulos e incumbencias universitarias. Ahora que sus diplomas las legitiman en el patético mundo académico. También ahora nos enseñan que la perseverancia y la humildad son atributos que la universidad no da, pero que tampoco es obligatorio que quite. Mientras continúan siendo maltratadas en las relaciones personales y en la injusticia de las retribuciones que reciben, ellas aprenden, ejercen lo que saben y reclaman lo que es justo con la dignidad de quien no necesita subordinar a nadie para ser lo que siempre fueron. Les debo más de lo que podría devolverles. Un aprendizaje cotidiano que nadie contabiliza. Un curso prolongado de relaciones humanas y un largo entrenamiento en sensatez y entrega silenciosa en el que recién ahora comienzo a graduarme. Cuando el dolor me inyecte sus venenos y ya no pueda vencerlo. Cuando sienta que estoy a merced de lo que ya no puedo manejar. Cuando sufra. Entonces, por favor, tráiganme a Manuela.

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