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Lunes 07 de Marzo de 2016

Un choque político y cultural de 15 años que se está definiendo en meses

No pasa semana sin que el grupo de gobiernos populistas y de izquierda de la región no sufra un nuevo retroceso.

No pasa semana sin que el grupo de gobiernos populistas y de izquierda de la región no sufra un nuevo retroceso. El golpe sobre el ya debilitado gobierno de Dilma que significó la detención temporal de Lula, y sobre todo la perspectiva que las consecuencias que esa decisión anuncian —es evidente que el juez y los fiscales tienen pruebas sólidas para animarse a dar semejante paso— llegó apenas días después de que en Bolivia Evo Morales saliera derrotado en el referendo prematuro que convocó y que ahora lo muestra como un presidente sin futuro. Sin embargo, no debe olvidarse que la derrota más grave y estratégica para la izquierda latinoamericana está en Venezuela, cuna y epicentro del movimiento “bolivariano”, donde la crisis económica causada por 18 años de chavismo  ya no tiene solución sin un cambio de gobierno. Sólo el nivel de represión y el cerco judicial del Poder Legislativo —único que desde diciembre ha recuperado su independencia— explican que Nicolás Maduro no esté en camino de ser destituido.
  Como dato de fondo, el choque político y cultural de esta década y media entre neopopulismo de izquierda y las opciones tradicionales de la democracia representativa (centroizquierda socialdemocrática y centroderecha socialcristiana-liberal, básicamente) parece estar en vías de saldarse a favor de las segundas. Subyace sin embargo el desacuerdo sobre cuánto se le puede exigir a la economía en un contexto de subdesarrollo, de país “emergente”. Algunas sociedades parecen tentadas en negar la realidad, basadas en los beneficios extraordinarios que recibieron durante el auge ya pasado de los “commodities”. Pero significativamente, ya no se discute como en décadas anteriores si la economía debe ser, como demuestra la abrumadora evidencia histórica, de mercado, privada,  sino sólo cuánto “sacarle”. Falta ponerse de acuerdo en si es válida y útil una extracción de riqueza altísima para solventar un gasto público que  llega o supera el 50% del PBI (Bolivia y Ecuador) y que a medida que crece multiplica su ineficiencia y la corrupción estructural, como evidencian el “Lava Jato” brasileño y el affaire de la ex novia de Evo Morales.
  Ese nivel tan alto de gasto público daña incluso a economías muy avanzadas, como Francia; en un país emergente, necesitado de atraer capital —porque por definición no genera el capital suficiente—, resulta insostenible. La descapitalización y empobrecimiento generalizados de Venezuela es un ejemplo extremo de este punto crucial. Porque la cuestión clave sigue siendo la creación de capital y la ineludible necesidad de atraer capitales extranjeros en países subdesarrollados, es decir, por definición carentes del capital propio suficiente. Cuando se pierde de vista este punto, como pasa con los analistas neopopulistas, toda discusión deja de tener sentido. Se entabla un diálogo de sordos entre quienes entienden la necesidad de tener una economía equilibrada y atractiva y quienes se encierran en planteos extraeconómicos, rutinariamente centrados en la confrontación entre los dueños del capital y los trabajadores.
  A la vez, viendo las cosas más de cerca, siempre hay que diferenciar entre cada país. Brasil y los gobiernos del PT han tenido, en promedio, una política económica mucho más seria que cualquier gobierno “bolivariano” y siempre han respetado las libertades y la división de poderes. La crisis en que se hunde hoy el PT es por sí misma demostrativa de que sus gobiernos no se pueden  poner en la misma categoría que los de Venezuela y Bolivia: una Justicia independiente, junto con los medios  de comunicación también independientes del gobierno de turno, han puesto en una situación casi irremontable al gobierno de Dilma y a su mentor. Un mundo de diferencia con el control estalinista de los medios que ejerce, por caso, Rafael Correa. Pero sí es cierto que Lula y Dilma han abusado del Estado y del gasto público en función de hacer campaña electoral. También es indiscutible el apoyo diplomático y económico a los “bolivarianos” vecinos. De ahí la solidaridad preocupada que por estos días que llega a Brasil desde las capitales “bolivarianas”. En cuanto a Venezuela, con Chávez se internó mediante nacionalizaciones masivas de miles de empresas en un capitalismo de Estado a gran escala. El resultado de este experimento está a la vista de todos. Hoy Venezuela bordea la catástrofe humanitaria. El fracaso del “socialismo del siglo XXI” ideado por Chávez es tan completo y contundente como el del modelo soviético, pero muchísimo más rápido. El desplome económico del modelo chavista condena a Maduro a aguantar, mientras ruega por un repunte del precio del petróleo y rifa apresuradamente las riquezas mineras. Pero su gobierno ya no es modelo para nadie.

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