Opinión
Martes 25 de Octubre de 2016

Un cabo apuñalaa una gitana

Violencia de género. La brutalidad de la especie humana ha sido y sigue siendo espantosa.

Un nuevo acto de femicidio se vivió la noche del sábado, cuando un cabo del ejército, despechado porque una joven gitana con la que mantenía relaciones íntimas se negó a continuarlas, la apuñaló salvajemente.

El episodio tuvo lugar en las inmediaciones de un espectáculo multitudinario, por lo que la disputa entre los dos amantes prácticamente pasó inadvertida.

Consultados al día siguiente, algunos vecinos que prefirieron mantener su identidad en reserva, le informaron a este medio que la gitana era una muchacha pendenciera y que tenía deudas con la Justicia, por haberle desfigurado el rostro en una pelea a una compañera de trabajo y formar parte, asimismo, de una activa banda de contrabandistas.

Al asesino, por el contrario, sus allegados lo describieron como un hombre honesto y responsable, que contaba con una excelente foja de servicio en el Ejército, y que últimamente se encontraba muy abatido por el fallecimiento de su madre.

Si lo apuntado fuese un hecho real, sería un acontecimiento más que apropiado para renovar la dosis de sangre fresca con que, a diario, alimentan nuestro vampírico desayuno las llamadas "noticias de policía". Si sólo se tratase de una historia inventada (por Próspero Mérimée) entonces podría llegar a ser -como en verdad ocurrió- el argumento de una ópera.

Y no de cualquier ópera sino de "Carmen", obra maestra que casi bastó para inmortalizar el nombre de su autor, Georges Bizet -quien moriría apenas tres meses después del malogrado estreno de la pieza, en 1875-, y que en Rosario tuvimos la oportunidad de ver representada en el escenario del teatro El Círculo, algunos días atrás.

Este vínculo entre música y femicidio, entre lo sublime y lo horrendo, entre arte y crimen, no es tan antojadizo como pudiera parecer en una primera aproximación: todos sabemos muy bien que los griegos fueron verdaderos especialistas en poetizar, y magistralmente, hechos tan aberrantes como el arrancarse los ojos con las propias manos, raptar niños para sodomizarlos, o salpimentar a los hijos y luego darse un banquete con ellos, receta para la cual el viejo dios Cronos mostraba la habilidad de un chef.

La brutalidad de la especie humana ha sido -y sigue siendo- tan espantosa, los intereses personales tan mezquinos, el desprecio por el otro tan manifiesto y la hipocresía farisaica tan omnipresente y nauseabunda, que tal vez sólo el sinceramiento del arte pueda funcionar, si no como antídoto, por lo menos como espejo y catarsis, de tanta podre acumulada en el transcurso de los siglos.

Y en este orden de ideas, el reciente asesinato de la chica de dieciséis años que fuera drogada, violada y finalmente "empalada" -tormento este último que le ocasionó la muerte-, se recorta, sin lugar a dudas, como un diabólico cóctel de lascivia y crueldad, ante el cual los cócteles Molotov que hicieron estallar cerca de nuestra iglesia catedral "algunas" de las setenta mil mujeres que pasaron por Rosario, no parecen sino un juego de niños (o, para mejor decir, de niñas exasperadas).

Ahora bien, ¿cuáles serían los pasos a seguir? ¿El ojo por ojo y diente por diente? ¿Habrá que llevar a la práctica la fórmula que, entre muchas otras, quedó pintada en las paredes rosarinas y que reza: "Al violador, trincheta"? Insistir con esta metodología que, a tuerto o a derecho, con mayor o menor grado de violencia, hemos venido implementando desde-la-noche-de-los-tiempos, no parece ser una salida muy razonable… ¿Estaremos ante una creciente guerra entre géneros, semejante a esa lucha por el poder, impúdica, que tan lastimosamente libran en el imperio del norte Hillary Clinton y Donald Trump?

Posiblemente algún atisbo de solución podríamos encontrar si radicalizáramos menos nuestras posiciones, si admitiéramos que nadie está tan incontaminado como para arrojar la primera piedra, y que si Roma tuvo a su Calígula, China tuvo a su emperatriz Wu, dos monstruos encaramados en el poder que fueron igualmente codiciosos y sanguinarios, sin que para ello nada tuviese que ver la morfología de sus genitales.

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