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Sábado 01 de Agosto de 2015

“Un buen libro es un libro que nos transforma”

La escritora María Teresa Andruetto defiende la literatura con un espacio de creación y libertad. Estará en Rosario, el próximo lunes 10.

María Teresa Andruetto vive en Cabana, un pequeño poblado cerca de Unquillo, en el valle cordobés de las Sierras Chicas. La tonada también la descubre en ese lugar, pero además, por si hiciera falta, orgullosa se define cordobesa “de pura cepa”. Tranquila, alegre, de un buen humor que se percibe permanente, defiende a la literatura como un lugar de creación, de libertad, capaz de transformar a las personas. “Un buen libro es un libro que nos transforma”, dice la ganadora del Premio Hans Christian Andersen, el mayor galardón internacional otorgado a autores de literatura para niños y jóvenes, quien estará en Rosario el lunes 10 para presentar su libro “La lectura, otra revolución” (Espacios para la Lectura del Fondo de Cultura Económica).
  La autora de “El anillo encantado”, “El árbol de lilas”, “El caballo de Chuang Tzu”, “La Durmiente”, “La mujer vampiro”, “Stefano”, “La niña, el corazón y la casa”, por citar apenas unos pocos de sus libros para chicos, opina que la docencia es uno de los trabajos más nobles que hay porque permite conectarse con lo mejor del otro. También que hacen falta maestros y bibliotecarios bien formados para acercar buenos libros a los potenciales lectores. Y rescata ese poder de transformación de la literatura en experiencias de vida de jóvenes de sectores marginales que se animan a escribir, a crear canciones y poesías como el caso de Camilo Blajaquis.
  Cuenta que, salvo una breve estancia en la Patagonia, siempre su vida ha transcurrido en Córdoba: nació en Arroyo Cabral y también vivió en Oliva.
  —Eso de que siempre permaneció en su Córdoba natal me recordó a Mempo Giardinelli, en Resistencia.
  —Sí, que ha elegido su Chaco para siempre.
  —Le pasa lo mismo, ¿es para siempre?
  —Seguro, no creo que vaya a mudarme. Para mí el lugar donde viví siempre ha estado ligado a la vida misma: donde tengo los míos, armé mi pareja, mi familia, está cerca mi mamá, a quien todavía tengo. Armé mis trabajos aquí y no tendría por qué irme. Tampoco es necesario hoy en día para un escritor. Un escritor puede publicar en otro lugar y vivir en su provincia, en un pequeño pueblo. Con la globalización no es obstáculo. No sé qué ganaría viviendo, por ejemplo, en Buenos Aires. Cuando ven una nota, mucha gente me dice: “¿Pero cómo no es que ahora estás viviendo en Buenos Aires?”. Es el imaginario.
  —Es una elección también, como lo ha sido ser maestra, profesora, docente.
  —Sí, todo eso. Todo está siempre en una relación dialéctica con el entorno, con lo que a uno le sucede. Uno elige dentro de ciertas posibilidades que se le presentan. En ese marco sí, elegí la docencia que es una profesión que he querido mucho. Me jubilé hace poquito como docente. He dado clases en todos los niveles, pero en los últimos años me he dejado apenas unas pocas horas de clases en el nivel superior como para despuntar el vicio. Lo último que hice fue enseñar literatura a futuros profesores de teatro y actores en un profesorado de la provincia de Córdoba, en la Escuela Roberto Arlt, muy conocida. Pero trabajé mucho en la formación de maestros, también en escuelas medias y muchísimo coordinando talleres literarios. Medio Córdoba pasó por esos talleres.
  —¿Le cuesta desprenderse de la docencia?
  —Sí, porque la docencia para mí es un ejercicio, un trabajo. Aunque me dé trabajo, a mí la escritura no me parece del todo uno. Pero la docencia sí lo es, la ubico ahí. Es quizás de los trabajos más nobles que hay porque uno se conecta con lo mejor del otro, puede sacar del otro inesperadas riquezas y es una profesión que le devuelve a uno mucho agradecimiento si se la hace con cariño, con apasionamiento. Y a la vuelta de la vida estamos agradecidos a esa siembra. Es una profesión muy bonita y difícil también. Estar de ese lado me ha permitido conocer un poco también lo que me pasa con la escritura, porque ahora voy como autora a las instituciones educativas y me parece que puedo comprender desde el adentro ese modo de funcionamiento, los problemas que se presentan, que siempre son muchos y los desafíos muy grandes. El desafío del sistema educativo para contener, sostener, para abrir con toda la complejidad que tiene y la diversidad de calidades también.
  —¿Se puede hacer docencia desde la literatura, sin que tenga una carga didáctica?
  —No. Yo creo que el lugar del artista es un lugar que está en un punto de tensión opuesto al lugar del maestro. A mi juicio lo que guía la creación no es el deber ser, no es lo correcto, no es lo que debiera ayudar al otro, sino un espacio de rebeldía del pensamiento y del sentimiento que hace que se mire en lo particular y en lo que es, no en lo que debiera ser. Entonces uno intenta mirar algo tal como es: un personaje con sus problemas o incomodidades, sus maldades, sus acomodos, sus fragilidades. En la docencia uno se pone en otro lugar, en el lugar de cuidar, en el lugar de mostrar un camino bueno, de hacer que el otro piense y de un modo que no sea destructivo (cuando en una novela un personaje puede tener un camino de destrucción). Lo que sí se puede hacer, o al menos lo que yo encontré como un puente entre ambas cosas, ya el libro editado, hecho, contribuir a insertar eso en la escuela como un espacio de libertad. Antes de ir como escritora a las escuelas iba como una movilizadora de la literatura, una formadora, una persona que coordinaba talleres creativos en el marco de las instituciones. La importancia de un espacio de creación, de libertad de pensamiento, soportando lo que se genere, lo que el otro pueda generar en el marco de la escuela, es muy buena. Y para eso ayuda mucho la literatura cuando es de verdad. ¿Por qué es muy buena? Porque le permite al otro pensar acerca de sí mismo, y esa es quizás la única enseñanza que la literatura y el arte nos brindan: ponernos en una situación de encuentro con nosotros mismos. (Juan José) Saer, que es de ustedes, decía que uno va a los libros de historia para aprender historia, a los libros de geografía para aprender geografía y uno va a la ficción y a la poesía cuando quiere saber acerca de uno mismo. Y como el uno mismo es insondable, es un misterio para cada quien, es un espacio de profunda libertad. Pero la enseñanza dentro de la escuela pasa por otro lado.
  —En su libro “La lectura, otra revolución” advierte que la pregunta ya no pasa por si se lee más o menos que antes, es decir por la cantidad, sino por la calidad. ¿Qué papel tienen los mediadores de lectura?
  —Hay mucho por hacer aquí. Y ahí está la calidad del maestro, del coordinador del taller, del formador o del bibliotecario. Está en ser él un buen lector para poder acercar buenos libros, en el sentido que sean capaces de mover al otro, de incomodarlo, de ayudarlo a encontrarse consigo; y que tenga la diversidad suficiente, porque a veces un potencial lector, porque de eso se trata, no sabe todavía qué le puede gustar, inquietar o atraer más. Y un buen libro a lo mejor es el que nos deja pensando, sintiendo, nos conmueve, nos abre a otros libros o nos enoja. Todo eso puede ser un buen libro. Y qué sería lo malo: justamente la escritura que se construye sobre el deber ser, se estandariza y normatiza lo que se supone que el lector debe pensar, hacer y sentir. Entonces esa obediencia sería lo malo, esa obediencia a estereotipos y a normas.
  —Usted cita a Graciela Montes cuando dice que “todo buen lector es un rebelde, un insatisfecho”.
  —Cuando uno lee se encuentra con cosas inesperadas para uno mismo también. Es el lugar de la libertad entendida como una libertad interna, de atreverse a salirse de ese lugar de comodidad y mirarse desde otro sitio. Aparte se habla de buenos y malos lectores, de cantidad de libros leídos, pero hay mucha gente que no ha leído tantos libros pero lo que ha leído lo ha transformado. Un buen libro es un libro que nos transforma. Yo me mido a misma como lectora, soy una lectora muy temprana y muy intensa de toda la vida, tengo 61 años y leo muchas cosas que me llegan, que me mandan los autores, las editoriales. Y mucho que compro también. Leo rápidamente y mucho, y donde hay algo que me gusta, que me interpela, ahí me quedo y a ese libro lo leo muy lentamente, lo marco, lo anoto. Los otros, todo lo otro leído en el medio, son como hojarascas en medio de estos libros que emergen en ese camino de lectora.
 

El poder de la palabra y las redes de lecturas

Muchos adolescentes y jóvenes que provienen de sectores sociales vulnerables encuentran en la escritura, en la poesía, en la literatura en general un lugar de resistencia. Quizás el más conocido de estos casos sea el de Camilo Blajaquis (un seudónimo, su nombre real es César González), quien estuvo preso desde los 16 hasta los 20 años. Es en prisión cuando a través de Patricio Montesano, quien dictaba talleres en la prisión que comenzó su acercamiento a la literatura, además de otras lecturas. Al poco tiempo de salir de la cárcel publicó su primer libro, “La venganza del cordero atado”. Pero Camilo no es el único, hay muchos otros ejemplos que han seguido ese camino.
  “Sí, Blajaquis es un poeta excepcional”, destaca María Teresa Andruetto del perfil de escritor de este joven y de inmediato reconoce que hay varios poetas en el Conurbano, muchos que la siguen en su perfil de Facebook, de quienes asegura no son tan reconocidos pero sí tan buenos como Camilo. Y sobre todo “buenos referentes para su grupo, para sus entornos”.
  “Hace un par de años conocí por azar a un grupo en Córdoba que proviene de un sector de marginalidad muy fuerte, no sólo de una marginalidad económica sino sobre todo muchos de ellos que han estado en adicciones y que están en proceso de salir, que armaron un grupo de poesía rapero que se llama Rimando Entreversos, que ahora han sacado un CD y son muy buenos”, suma.
  Andruetto entiende que en estas experiencias es donde la escritura toma forma de libertad y la palabra provoca el encuentro, esa transformación que tanto promueve pueden generar los buenos libros. “Cuando uno dice literatura ve los emergentes en un autor que publicó en una editorial grande pero es muy grande lo que la palabra hace por las personas en cada lugar, en un fanzine, en un folleto u oralmente”, valora. Comparte entonces una experiencia generada a partir de un programa de radio que invita a escuchar, a disfrutar sólo de la poesías. Que en nombre de la literatura convoca a jóvenes en un pueblo, por ejemplo, a escuchar este programa mientras hacen otras actividades como pintar o dibujar. Habla del periodista y locutor de Córdoba, Chacho Marzetti, y su programa “El vagabundo de las estrellas”. “Quizás muchos no se enteran de eso porque no trasciende su pequeño lugar, pero esa red está. Es maravilloso”, confiesa.
  A esta anécdota donde la palabra es la protagonista, suma otra que compartió con su colega parisina Michèle Petit, cuando visitó la Argentina en la última feria del libro en Buenos Aires, donde presentó “Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural”, también de la Colección Espacios para la Lectura del Fondo de Cultura Económica. “Estaba muy sorprendida por los ciclos de lectura de poesías en los bares de Buenos Aires y también los que se dan en las provincias. Porque también los hay en Córdoba, en Rosario, pero además en lugares pequeños. Por ejemplo, en Huinca Renancó, en el sur de la provincia de Córdoba, donde por las noche la sala de la escuela del pueblo se transforma en un bar para leer poemas. Son muchos los lugares donde hay redes de poesías; después alguno se destaca más, pero esa red ayuda a sostener muchas cosas: esa palabra, ese encuentro de una palabra propia para transmitirle al otro”.
  Andruetto ha publicado obras para niños y adultos, muchas de las cuales han sido reconocidas internacionalmente, como el Premio Luis Tejeda, el Premio Novela del Fondo Nacional de las Artes y el Premio Iberoamericano de SM de Literatura Infantil y Juvenil. Entre otros de sus libros, figuran “Tama” (Alción, 2003), “La mujer en cuestión” (De Bolsillo, 2009), “Lengua Madre” (Mondadori, 2010), “Veladuras” (Norma, 2005) y “Todo movimiento es cacería” (Mondadori, 2012),

Encuentro con los docentes en Rosario

El lunes 10 de agosto, a las 19, en el auditorio Rodolfo Shcoler de la ibería Homo Sapiens (Sarmiento 829), se presentará el libro “La lectura, otra revolución” de María Teresa Andruetto y editado por Fondo de Cultura Económica. Será con la presencia de la autora y la presentación estará a cargo de Fernando Avendaño. La cita está especialmente destinada a los docentes de todos los niveles y modalidades, también a estudiantes de los profesorados, ya que estará la oportunidad de compartir un intercambio de preguntas con la autora. La actividad es libre y gratuita. Para asistir, es necesario inscribirse enviando nombre y documento al correo: información@homosapiens.com.ar Se entregarán certificados de asistencia. La actividad está organizada por Homo Sapienes Ediciones y auspiciada por el Suplemento Educación de La Capital.
  “Estoy muy contenta y me senti muy orgullosa cuando la editorial decidió sacar este libro”, comenta la autora sobre este trabajo que reúne muchos escritos de los últimos años, reflexiones y presentaciones en torno a la lectura en congresos, coloquios y encuentros de promoción de la literatura infantil y juvenil. Y destaca que para ella tiene un valor extra por integrar una colección muy prestigiosa (Espacios para la lectura), que ha seguido desde el inicio y reúne autores que han sido y son de su admiración.
  “En este libro, Andruetto plantea una serie de interrogantes sobre el lenguaje, la memoria, la tarea de mediadores, escritores y maestros, y las convenciones que rodean al acto de leer y de escribir, pero también de publicar, pues hay libros que llegan a manos de lectores en los que el autor o el editor nunca pensó”, escribe Socorro Venegas en la presentación de “La lectura, otra revolución”.

Después del Premio Andersen

María Teresa Andruetto fue distinguida en 2012 con el Premio Hans Christian Andersen, más conocido como el “pequeño Nobel de la Literatura”, por la Organización Internacional para el Libro Juvenil (Ibby en su sigla en inglés), por su contribución permanente a la literatura infantil y juvenil. Es el mayor galardón que se entrega a nivel mundial en este campo literario.
  —¿Qué pasó después de ese premio?
  —Eso fue un vendaval porque primero vinieron muchas invitaciones, de afuera y de adentro, mucha prensa y muchas traducciones también. Cosas inesperadas, como libros míos al esloveno o al chino, cosas que nunca hubiese imaginado y que tienen que ver con el premio. Ese primer año y medio hice muchos esfuerzos para que no cambiara mi vida mi relación con el mundo, mi forma de ser y estar en el mundo. Quería cumplir con todos, también porque en Córdoba he tenido cientos y cientos de alumnos del secundario, del terciario, de los talleres, maestros que han sido mis alumnos. No quería que pensaran que antes iba y ahora no. Después todo pasa y las aguas se van remansando, acomodando y la verdad es que hace tiempo que he encontrado mi equilibro otra vez y en un ritmo disfrutable para mí.
  —¿Está escribiendo algo en particular?
  —Este año salió una novela, Los Manchados (editorial Random House), que tenía empezada antes de recibir el premio (HCA) y a la que volví después en medio de esa vorágine. Me dio paz porque es una novela adulta, que nada tenía que ver con el premio ni con la literatura infantil. Eso me dio serenidad. Ahora estoy escribiendo unos cuentos, tampoco es un ritmo furioso de escritura pero ya tengo varios para un posible libro que no sería ni para niños ni jóvenes. Me gusta y me encanta el género cuentos.

Promotora de lectura. Andruetto es narradora, poeta, ensayista y promotora de lectura. Tal como se destaca de su biografía en el libro editado por del Fondo de Cultura Económica, desde hace treinta años ha colaborado activamente en la formación de maestros, en la dirección de colecciones infantiles, en la creación de planes d electura, en la redacción de revistas especializadas y en la fundación de centros de estudio, como el Centro de Difusión e Investigaciones de la Literatura Infantil y Juvenil (Cedilij).

 

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