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Martes 28 de Octubre de 2008

Un año no positivo

Pintaba para que este primer año de su segundo mandato Lifschitz continuara su buena gestión anterior e incluso la superara. Todas las condiciones estaban dadas para que así sea. Contaba con la experiencia que dan cuatro años en el cargo de intendente, por primera vez en casi veinte años de gestión socialista estaba acompañado a nivel provincial por un gobierno del mismo color y también por primera vez lo apoyaba un Concejo mayoritariamente de su partido. Pero por errores propios y cimbronazos externos (conflicto del campo, vaivenes de la economía nacional y crisis financiera internacional) el año está concluyendo más deslucido que las nuevas baldosas de la peatonal Córdoba...

Pintaba para que este primer año de su segundo mandato Lifschitz continuara su buena gestión anterior e incluso la superara. Todas las condiciones estaban dadas para que así sea. Contaba con la experiencia que dan cuatro años en el cargo de intendente, por primera vez en casi veinte años de gestión socialista estaba acompañado a nivel provincial por un gobierno del mismo color y también por primera vez lo apoyaba un Concejo mayoritariamente de su partido. Pero por errores propios y cimbronazos externos (conflicto del campo, vaivenes de la economía nacional y crisis financiera internacional) el año está concluyendo más deslucido que las nuevas baldosas de la peatonal Córdoba.

Y a la hora de los errores propios de Lifschitz se podrían apuntar tres:

• Gestión: el volumen de la obra pública y la prestación de los servicios en Rosario ha decaído en comparación con los años anteriores. El municipio se limitó a tratar de mantener las iniciativas que ya estaban en marcha. Pero eso en el mejor de los casos, porque muchos de ellas hasta parecen haber quedado en el olvido. ¿Qué pasó, por ejemplo, con el ambicioso y verdaderamente revolucionario Plan Hábitat, que contemplaba la urbanización de todas las villas miserias de la ciudad? Y mucho menos aparecen en el horizonte nuevos proyectos convocantes, esos que han dejado marcas en la ciudad y que el socialismo ha sabido capitalizarlos muy bien políticamente, como lo fueron en su momento el Tríptico de la Infancia (Isla de los Inventos, Jardín de los Niños y Granja de la Infancia), el nuevo Heca, el Cemar, los Centros Crecer, el Macro, la apertura de la ciudad al río, la recuperación de los espacios públicos y instalación de ferias populares, entre otros. Se dirá que no hay dinero para hacer obras, pero no siempre para los grandes emprendimientos se necesitan fondos millonarios. ¿Cuánto costaría, por ejemplo, hacer un amplio circuito de ciclovías por toda la ciudad para que la gente se desplace en bicicleta sin temor a perder la vida? Imaginemos el eslogan: “Rosario, la ciudad de la ciclovías”. Sería una obra de bajo costo y de alto impacto en la población. Hasta podría ser un elemento de atracción turística. Pero hace años que no se construye ni un metro de bicisenda.

• Relación con el gobierno provincial: Durante toda la campaña electoral Binner y Lischitz resaltaron la importancia de poner a Rosario y la provincia “en sintonía”. El intendente había dicho que tras décadas de postergaciones, por fin la ciudad sería “escuchada y atendida” por la provincia al asumir un gobierno del mismo color político. Pero hasta ahora los supuestos beneficios de esa “sintonía” no se han visto. Ni Rosario logró la ansiada autonomía municipal (por cierto, es curioso que hace justo un año que no se escucha ni a Lifschitz ni a ningún funcionario municipal reclamar por este tema), ni las obras de saneamiento de la ciudad están en carpeta de la Casa Gris, ni la distribución del presupuesto provincial ahora es más equitativa geográficamente, por citar algunos temas.

• Cintura política: Desde que el socialismo gobierna Rosario, allá por el año 1989, nunca tuvo una relación tan conflictiva con el sindicato municipal como la de este año. Es más, Lischitz juró su segundo mandato en medio de un sorprendente y virulento paro municipal, y estos se repitieron durante el año con una frecuencia hasta ahora nunca vista y con discursos y cruces verbales muy duros entre dirigentes sindicales y funcionarios municipales. Algún acuerdo político no escrito evidentemente se rompió, y los rosarinos lo padecen con el caos e inconvenientes que producen cada paro.

Otra relación política que no marcha por buen carril es la del Ejecutivo y el Concejo. Pese a que por primera vez el socialismo cuenta con mayoría propia, no deja de sorprender los chispazos políticos entre el presidente del Concejo, el socialista Miguel Zamarini, y el Ejecutivo. En el verano pasado y ante críticas de Zamarini, Lisfchitz se enojó diciendo: “Evidentemente fue un día de mucho calor y a lo mejor no funcionaba el aire acondicionado en el Concejo”. Y hace pocos días luego de que Zamarini recibiera a Cavallero, el secretario de Gobierno, Horacio Ghirardi, señaló que el titular del Concejo “está en un momento de confusión política”.

Por lo visto, este no fue un buen año para el gobierno municipal. Pero a Lifschitz todavía le quedan tres años de esta nueva gestión para echar por tierra ese viejo dicho que dice: “La segundas partes nunca fueron buenas”.


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