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Domingo 21 de Junio de 2015

Un adiós que debe prescindir de la tristeza

No resulta sencillo aceptar que se cumplió un ciclo y que ya es hora de la inevitable despedida. Pero el adiós, en este caso, deberá prescindir de la tristeza.

 Es difícil no ponerse melancólico: cierra Luna, el boliche que fue refugio de varias generaciones de rosarinos y que resistía a fuerza de pura historia los implacables vientos del cambio.

No resulta sencillo aceptar que se cumplió un ciclo y que ya es hora de la inevitable despedida. Pero el adiós, en este caso, deberá prescindir de la tristeza. Sencillamente porque Luna (antes, San Telmo) se edificó sobre la alegría salvaje del rock, a guitarrazo limpio, charla larga y copa amiga.

Entre sus paredes queridas nos encontrábamos todos: era el lugar del que nadie podía ausentarse. Amores y amistades surgieron y crecieron al calor de ese fuego. Con fondo de los Stones, Simple Minds o Pretenders, García, Fito, Virus o Soda, la noche fluía misteriosa y profunda, entre promesas y filos, miradas y cuerpos que sugerían el paraíso. En Luna nos enamoramos, ganamos y perdimos, abandonamos y fuimos abandonados. En Luna nos reímos, discutimos, nos emborrachamos, bailamos, hasta llegamos a jugar en lejanas épocas al ajedrez o al truco. También supimos estar solos en noches de invierno, whisky en mano, o con un gin tonic en el verano, junto al ficus de enormes ramas que rozaban el cielo.

Los años, como acaso equivocadamente suelen hacerlo, pasaron. Sin embargo, Luna supo renovarse al compás de los tiempos y los que hoy ya superamos la barrera de los cincuenta descubrimos de pronto con asombro que los veinteañeros entraban al bar, se quedaban y se mezclaban con los venerables de siempre, que tenían lugar fijo asignado en la barra. Los más jóvenes —savia nueva— venían impensadamente a cubrir los huecos que habían dejado las deserciones, los exilios o los matrimonios. Pasó la inolvidable década del ochenta, llegó la del noventa y después el nuevo milenio y Luna seguía allí, eterna como la noche y el vino. Era el puerto donde todos terminaban anclando.

Sin embargo, todo pasa y Luna también entrará en el recuerdo. Quedará decirle gracias, como ya lo dije, sin ninguna tristeza. Luna, símbolo de lo mejor de nuestras vidas, espejo de una indomable libertad, seguirá latiendo en quienes vivieron dentro suyo historias que se enfrentan a cualquier olvido. Ninguno de sus hijos arriará las banderas. Iremos por la ciudad con el mismo espíritu, a recrear los espacios que merece la fraternidad de la noche.

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