Edición Impresa
Domingo 15 de Noviembre de 2015

Un acto de justicia literaria

Se editó en el país la novela del rosarino Marcelo Britos A dónde van los caballos cuando mueren, que ya estaba traducida y publicada en Italia.

El año pasado, el talentoso narrador rosarino Marcelo Britos se adjudicó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, que entrega el Gobierno del Estado de México, con su novela A dónde van los caballos cuando mueren. Curiosamente, la obra aún no estaba editada en el país. Fue originalmente publicada en México, traducida de inmediato al italiano y editada en ese país por Unicopli. Ahora, la editorial Aurelia Rivera viene a cubrir tan insólita ausencia.
La edición argentina de A dónde van los caballos cuando mueren será presentada en sociedad el próximo 26 de noviembre, a las 19, en la librería Homo Sapiens, Sarmiento 829.
El que sigue es un fragmento de la galardonada obra:

“Cuando los sargazos se esparcieron por el río, naufragio voraz de un viejo orgullo americano, las naves imperiales avanzaron soberbias hacia Humaitá. Tenían órdenes de no disparar para no delatar posiciones y hacer más fácil la puntería de las baterías que eran seis veces más numerosas que las de Curupaytí.
Pero fueron otra vez descubiertos. Encendieron más fogatas para hacerlos visibles y los ciento cincuenta cañones que ladeaban el paso abrieron fuego, y estuvieron rodeados de luces los primeros segundos, un instante de brillo esplendoroso que arrojaba sobre la selva una fiesta de colores dorados. Pero la espectacularidad duró sólo lo que tardaron las balas en llegar a la materia, madera y hierros que sostenían las naves invasoras. Las antecedía un silbido siniestro y creciente y despedazaban las partes con fuerza caótica.
El médico se asomó por la ventana a cubierta y vio una nube de astillas que se cernía al barco desde babor a estribor. Salió y pudo ver llamaradas que subían por la proa, como si llegaran desde el agua y abordaran vengando el coraje de los que habían intentado hacerlo minutos antes. Los estruendos eran atroces y no parecía haber lugar en la nave que no hubiera sido sacudido por el fuego paraguayo. Agujeros y maderas levantadas en punta, el estómago del monitor estallando desde adentro. Comenzaron a llegar los heridos. Nadie los traía porque quien no estaba herido estaba combatiendo. Se arrastraban por los estrechos pasillos y llegaban partidos y sangrantes.
Atendía a los que estaban en la enfermería y daba indicaciones a los asistentes, practicantes y soldados heridos en recuperación, y él recorría el barco en busca de más caídos. No había tinieblas alrededor, todo era luz, fuego y relámpagos amarillos que se sucedían desde las costas. El barco se balanceaba como en un tifón y eran las olas que causaban las explosiones en el río, y quizá fuera también cada impacto sobre el casco. El médico se tambaleaba con cada sacudida y lo hacía para esquivar las esquirlas y los pedazos de madera que saltaban en todas direcciones.
Arrastró a dos o tres heridos hasta la enfermería y ya después no pudo salir más porque el fuego era intenso. Se asomó por última vez y vio cómo el monitor se alejaba de los otro cinco que formaban la escuadra. Habían destruido el cabo que los unía al Bahía y todos lograron cruzar menos ellos, que quedaron en medio del fuego permanente de las baterías. Intentaron volver, lo hicieron una y tres veces, y no lo lograron. Siguieron adelante, tolerando el cántaro de balas. Pasaron pero absorbieron todo el fuego y al llegar al otro lado tenían tantos agujeros que el barco se ladeaba de un lado al otro y crujía como si una fuerza invisible lo masticara. Continuaron camino hasta el fuerte de Laurel y después se unieron a los acorazados en Tayí. Embicaron junto a otras dos naves destruidas y el resto siguió hasta la Asunción. El silencio bajó sobre ellos como una tormenta invisible de obscuridad, y el río se aquietó y surcaban por él como acariciándolo. Las llamas que sobraban del castigo y que traían en varias partes eran los últimos resabios de luminosidad. Bajaron en botes a los heridos y los llevaron a tierra, el médico con ellos.
Los muertos fueron arrojados al río durante la batalla o al final de ella, cuando dificultaban el paso por los pasillos; los reptiles tuvieron su banquete de carne mechada con la pólvora. Estaban ahora tras líneas enemigas y hacían todo en silencio y el terror los acompañaba. Mucho después volvería a subir a una embarcación y cruzaría mares embravecidos y lejanos, y el peligro sería ellos mismos desafiando la estirpe de los océanos fríos.
Los demás intentarían tomar la fortaleza de Humaitá y fracasarían. Desembarcarían los cambás y los estarían esperando tras una pronunciada curva del río, la hechicera muerte detrás de los muros, de las casamatas artilladas y de los kilómetros de trincheras. Nacidos en el cautiverio de las plantaciones y dejando una libertad prometida lejos de los lugares que creyeron suyos y que sólo soñaron. Sería la última victoria paraguaya de la guerra y no habría comienzo del fin, porque había terminado todo hacía mucho tiempo para que la idiotez de algunos extendiera sin sentido la matanza.
Mariano volvió con las tropas nacionales emplazadas en Las Palmas, cerca de la Asunción, para iniciar el ataque final que sería comandado por Caxias en Lomas Valentinas, y ese tiempo de sangre y fuego daría aún sus últimos alientos sobre la tierra, dragón de nácar maldito renacido en el báratro”.

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