Escenario
Domingo 17 de Julio de 2016

Últimos y tibios destellos de una estrella que se apaga

La nueva versión de "una mañana sin sol" de héctor oliboni, se plantea el enorme desafío de representar la decadencia final

La nueva versión de "una mañana sin sol" de héctor oliboni, se plantea el enorme desafío de representar la decadencia final

Ella duerme su resaca en el piso del escenario mientras, quizás, sueña con los buenos tiempos de primera figura. La decadencia ha hecho su último llamado y la función final está por comenzar. Es el momento de hacer el definitivo intento por conquistar el amor esquivo de él, quien, como director de la sala, la ha convocado para protagonizar una nueva versión de un clásico de August Strindberg, "La señorita Julia". Desde que fue su alumna está enamorado de ella y, hasta monta una obra que nunca verá subir el telón, sólo para ayudarla a salir de su derrotero autodestructivo. En procura de esas emociones fuertes que aparecen en los peores momentos, asentada sobre un realismo sin magia que tiende a eviscerar el trabajo de los intérpretes y a rechazar los artilugios escénicos, y representada al calor de la propia mirada, "Una mañana sin sol" atrae por su propuesta y admira por su audacia, aunque, como las estrellas, se va apagando tibiamente hasta su fatídico final.

Protagonizada por Victoria Hassan, quien además ejerce la dirección, y Rubén Deninno, la obra estrenada el 3 de junio pasado ya fue montada en los teatros La Nave y Amigos del Arte, y El Fino de Buenos Aires.

Se trata de un premiado texto del dramaturgo porteño Héctor Oliboni que desde finales de los 90 ha sido profusamente puesta en escena en Uruguay, Cuba, donde hasta tuvo una versión televisiva, Perú y, por supuesto, en Argentina.

De a dos. A la manera de un teatro que reflexiona sobre sí mismo, la historia ofrece elementos propios de su folclore: Walter, el Ruso, es un apasionado por las tablas que dejó su vida gestionando una sala a punto de cerrar mientras ni los subsidios ni los préstamos aparecen. Protesta porque sus inquilinos dejan todo sucio y porque él debe hacer todo el trabajo, desde dirigir hasta limpiar.

Templanza y paciencia son dos virtudes que les caben tanto al personaje como al actor. El primero se fastidia ante las flaquezas, insinuaciones y desbordes de su ex alumna, primera actriz y nunca consumada amante. Y si bien abusa del refunfuñeo y de las miradas perdidas hacia las paredes de su teatro, saca a relucir su estoicismo para contener una situación como mínimo irritante. A la vez, el protagonista hace algo parecido. Con una calma firmeza actoral, termina consolidándose como el lugar seguro al que recurre su partenaire en su afán por dotar a Patricia de una personalidad en descomposición.

Cargar con la representación de la tragedia es un esfuerzo emocional enorme y calzarla en el cuerpo lo es aún más. Aquí no hay un cisne herido pero sí el deterioro psíquico y físico terminal de una estrella a punto de apagarse, con el sufrimiento adicional de un amor que nunca pudo ni podrá ser. Tal desafío es a cuenta de quien protagoniza, pero, además, dirige la obra. Con una dificultad adicional. Nunca fueron fáciles (ni reconocidos) los roles de alcoholizados, y en la segunda parte del espectáculo, esa faceta juega un papel fundamental.

Melodrama. Como debe ser para un infortunio de esta naturaleza, las actuaciones son intensas y comprometidas, ya que es para pocos andar jugando con la muerte. No obstante, esa misma profundidad expone cruelmente a los artistas quienes le ponen el pecho al melodrama no sin consecuencias: la concentración debe ser absoluta porque sin ella una trama machacante acaba derrapando hacia el cansancio y la desatención.

La referencia es al realismo necesario y casi obligatorio para dotar a la obra del descarnado estilo que le imprime su autor. En ese mismo sentido, una humilde secuencia lumínica y una escenografía propia de las compañías acostumbradas al nomadismo (ésta es una) se asocian a artilugios casi risibles. Y si bien nada es real en la representación teatral, por ejemplo, el desorden inicial y el ocultamiento de las bebidas alcohólicas de Patricia son instancias poco creíbles.

Con todo, "Una mañana sin sol" es el desencuentro final de una historia de desencuentros, donde se destaca el coraje y el esfuerzo de sus hacedores, una trama poderosa pero pendular en su atractivo, una puesta en escena desprovista de artificios y un final tan previsible como conmovedor.

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