Turismo
Domingo 21 de Mayo de 2017

Una travesía a Chile a través de los lagos del sur con el espíritu de los pioneros

Cruce Andino e la única travesía que navega la cordillera de Los Andes uniendo Bariloche con Puerto Varas, en Chile. Nació como una ruta para el transporte de carga y hoy es uno de los paseos más apreciados por los turistas que visitan la Patagonia.

Cruzar Los Andes es la gran gesta sanmartiniana, una aventura de los héroes de la patria que hoy es un anhelo de muchos, de los que quieren para aprovechar las ofertas de los shoppings chilenos, de los amantes de las bicicletas y el trekking, también de los que disfrutan de la naturaleza virgen de la Patagonia de un lado y del otro de la cordillera. Pero pocos saben que se puede llegar al país trasandino como los pioneros, como los pueblos originarios, cruzando la Selva Valdiviana navegando los lagos del sur.

   Lo hace desde fines del 1800 la compañía Cruce Andino que fundó Carlos Wiederhol para llevar la lana de oveja que se producía en el lado argentino y embarcarla en Puerto Mont rumbo a Europa, a través del Estrecho de Magallanes. Hoy la compañía, que fue rescatada del olvido por el empresario suizo Ricardo Roth, ofrece una travesía turística única: 180 kilómetros de recorrido, a través de tres lagos, que disfrutan cada año unos 300 mil viajeros que llegan desde los puntos más remotos del planeta.

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   Une Bariloche, en Argentina, con Puerto Varas, en Chile, en ambas direcciones. Se puede hacer en uno, dos o tres días, dependiendo si se quiere o no parar para hacer algunas de las muchas excursiones que se ofrecen en cada parada o pernoctar en alguno de los encantadores albergues que se cuentan con los dedos de una mano en la región. Es un viaje que empieza como cualquier otro, en el centro de San Carlos, bien temprano en la mañana, pero que se atesorará en la memoria por siempre jamás.

Circuito Chico

El amanecer es un tenue resplandor que empuja a las sombras a rincones impensados de las montañas. Caras somnolientas, bostezos contenidos, anteojos negros. Apenas es de día y hay una inexplicable agitación en el aire que se contagia. El viaje comienza en el centro del pueblo, como la gente llama a Bariloche, aún sabiendo que es una ciudad que no para de crecer y que aún así conserva el irresistible encanto que allá lejos y hace tiempo sedujo a los pioneros. El viaje comienza y es una promesa.

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La travesía por el Lago de Todos los Santos obsequia paisajes increíbles de la cordillera de los Andes.
La travesía por el Lago de Todos los Santos obsequia paisajes increíbles de la cordillera de los Andes.


El colectivo se mueve pesadamente mientras serpentea por la avenida Bustillo, de un lado, el faldeo, la arboleda hierática y las luces que titilan como guirnaldas de Navidad en las ventas que empiezan a desperezarse, y del otro, la presencia omnisciente del Nahuel Huapi. Ese andar cansino, en cámara lenta, permite ver cada detalle de la ciudad que se extiende más allá del centro. Las tejuelas gastadas de los techos, los carteles de las cervecerías, los caminos de tierra que se pierden en la espesura.
   Puerto Pañuelo, la primera parada. Está ahí, obstinado, desde mediados de los 60, cuando los turistas llamaban la atención de los barcos que surcaban el lago agitando pañuelos blancos desde la orilla. Su vida está íntimamente ligada con el Llao Llao, que se recorta imponente del otro lado de las aguas y que se une al continente con los escombros del primer edificio del hotel que fue consumido por el fuego. Ahí espera el catamarán Gran Victoria y las aguas en las que los soñadores imaginan a Nahuelito.
Nahuel Huapi
"Navegar es preciso", se atrevía Fernando Pessoa y no se equivocaba. Ver la cordillera, los picos nevados, la arboleda abigarrada que se aferra a las laderas, algunas suaves, otras escarpadas, mientras se dibujan olas espumosas en la superficie del Nahuel Huapi es una experiencia nueva y reveladora. Y los cielos, porque en el sur no hay un cielo sino muchos, celestes, azules, grisáceos, nublados, plomizos, quebrados por haces de luz que atraviesan las nubes y la superficie del agua ahí donde es transparente y profunda.
   En cubierta, el clima es frío, pero noble. La nariz, ahí donde no hay nada ni nadie que la pueda cubrir, ni ese gorro, ni esa bufanda tejida con hilos de colores que se buscó y se encontró en el mercado callejero del Centro Cívico, es un punto rojo, helado, que se esconde en busca de abrigo y de inmediato, sofocada, se asoma a respirar. Hay que animarse, vale la pena, apoyado sobre la baranda de popa, con el aire frío azotando las mejillas, se ve la verdadera magnitud de Los Andes, y es imponente.
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En el lado argentino, Puerto Blest regala un paisaje único en la confluencia del río y el lago.
En el lado argentino, Puerto Blest regala un paisaje único en la confluencia del río y el lago.

   Es una hora de navegación por el brazo más importante del lago, en dirección oeste, con el sol siempre a las espaldas. Hay que tener la cámara lista, si se quiere llevar un recuerdo más allá de la memoria. El cerro López, que es el más alto y se llama así en honor al autor del Himno Nacional, Vicente López y Planes; el Capilla que se alza al fondo del brazo de la tristeza, que nadie quiere remontar, menos de vacaciones, y el Millaqueo, que si se entrecierran los ojos y se aguza la fantasía revela el perfil de un indio mirando al cielo.
   Pero eso no es todo, ahí se erige la isla Centinela, donde están sepultados los restos del Perito Moreno, quien, entre otras muchas hazañas, fue el primer hombre blanco que llegó al Nahuel Huapi desde el océano Atlántico. También, la Cascada Blanca que, en el verano, cuando el calor arrecia y nadie se detiene a pensar que el torrente cristalino que baja del cerro es agua del deshielo, los corajudos usan como un improvisado tobogán. Otra postal inevitable la regalan las islas Gemelas, punto de mayor profundidad del lago.
Puerto Blest
   Mientras el catamarán avanza pesadamente en busca del embarcadero, a la distancia, entre las copas de los árboles que se alzan orgullosos en busca del sol, que es su único Dios, se vislumbran los techos oscuros de la legendaria hostería de Puerto Blest. Tiene una ubicación estratégica en al desembocadura del río Frías, un curso de agua correntoso y destellos esmeralda, y desde 1904 es parada obligada de los viajeros que van y vienen de Chile por el paso Pérez Rosales y se respira la valentía inexplicable de los pioneros.
   Quince habitaciones, pequeñas, acogedoras, con vistas de ensueño. Tiene el concepto de hotel boutique y la reputación de ofrecer de las mejores excursiones de trekking de la región, entre las que la se adentra en la Selva Valdiviana para llegar hasta la cascada de Los Cántaros es la más apreciada y no sólo porque se adentra en los más profundo de la naturaleza patagónica sino porque, a lo largo de los 2,4 kilómetros de intrincados senderos que serpentean entre la vegetación, se esconde un alerce de 1.500 años.
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El volcán Puntiagudo, una de las maravillas que entusiasman a los turistas durante el Cruce Andino.
El volcán Puntiagudo, una de las maravillas que entusiasman a los turistas durante el Cruce Andino.

   Hasta aquí, aunque cueste creerlo, se cubrió la mitad del recorrido lacustre del Cruce Andino, pero para llegar al destino final aún falta y mucho. Tras un breve paseo en micro con el cerro Tronador al frente, expectante en lo alto de la cordillera, se llega hasta Puerto Alegre, la puerta de entrada al lago Frías que supo llamarse Lago Frío, y la política y las ríspidices por las cuestiones limítrofes le hicieron perder el nombre que le había puesto, hay que decirlo, sin un derroche de creatividad, el explorador Francisco Fronck.
   Otro catamarán, otra navegación calma. Encajonado entre montañas, el espejo de agua refleja los cerros tapizados de una vegetación agreste y furiosa que se sumerge en las profundidades turquesas sin temer en las consecuencias. Es que el óvalo irregular que dibujan las costas del lago están en el corazón de una región de lluvias impiadosas y arboledas voraces. Un consejo: no olvidar llevar campera impermeable, es casi imposible salvarse de los chubascos y es lógico que sea así, caen un 3.500 milímetros al año.
Villa Peulla
   Puerto Frías es un puerto pequeño pero orgulloso. La parada, inevitable, porque es ahí donde hay que hacer los trámites migratorios para salir de Argentina, encierra una sorpresa inesperada. En ese paraje escondido a la vista de todos menos de los cóndores, desembarcó Ernesto Guevara en el viaje en motocicleta que emprendió junto con su amigo y hermano, Alberto Granado. También, el equipo de filmación de "Diarios de motocicleta", con el mexicano Gael García Bernal, para inmortalizar la gesta surera del Che.
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Llegar a Chile a través de los lagos del sur es una experiencia que no se olvidará de por vida.
Llegar a Chile a través de los lagos del sur es una experiencia que no se olvidará de por vida.

   Otra vez en la ruta, pero por poco tiempo, hay que sacar la foto, no hay escape. Es el paso fronterizo, la divisoria de aguas entre Argentina y Chile. Al frente la entrada al Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, a la espalda el Nahuel Huapi, en el medio un arco de troncos añejos que simula una puerta. Sonrisa, click y a seguir la marcha. El camino zigzaguea entre alerces, coihues ñires, araucarias, pero también helechos gigantes y lianas. El sol se filtra entre las ramas creando una atmósfera fantasmagórica.
   Al cabo de la última curva aparecen el cielo y Villa Peulla, un caserío mínimo, un par de cabañas, un destacamento de Carabineros, una escuela y el hotel Natura Patagonia, un edificio robusto, construido a fines del 1800 para albergar a los trabajadores de la compañía naviera que había hecho pie en el sur chileno y que fue remodelado con espíritu ecológico. Entre sus visitantes ilustres se cuentan Pablo Neruda y Franklin Delano Roosevelt, que llegó a lomo de burro en un busca de un paso entre el Atlántico y el Pacífico.
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En días soleados, los lagos son un espejo que refleja la naturaleza agreste del sur argentino.
En días soleados, los lagos son un espejo que refleja la naturaleza agreste del sur argentino.

   Una comida caliente, acaso un caldillo de congrio que le gustaba tanto al autor de "20 poemas de amor y una canción desesperada", y la tercera y última navegación, esta vez a través del lago de Todos los Santos. Hay un par de saltos de agua, una isla, que bautizaron Margarita, aunque no tiene nada que ver con la "perla del Caribe" venezolano, y tres picos nevados que se alzan arrogantes en la cordillera. Son los volcanes Osorno y Puntiagudo, por fortuna inactivos desde hace años, y el majestuoso Cerro Tronador.
Puerto Varas
Sólo resta un tramo en micro bordeando el lago Llanquihue y con la nariz pegada en la ventanilla. El paisaje es irresistible, la cordillera con los picos nevados, la vegetación que es bosque y selva y levanta los brazos como queriendo tocar el cielo con las manos, y el río Petrohué que corre caudaloso y que, cuando se topa con las formaciones rocosas, tercas, impasibles, forma rápidos que invitan al rafting. Hay que andar con cuidado, porque los torrentes del deshielo que bajan de las montañas son traicioneros.
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Puerto Varas, en el sur profundo de Chile, es una población pequeña pero plena de encantos.
Puerto Varas, en el sur profundo de Chile, es una población pequeña pero plena de encantos.

   El camino, cuando las nubes se apiadan de los turistas, revela a un centinela severo, el volcán Calbuco, que asoma entre las nubes amenazante. Está activo y lo dejó en claro en 2015 cuando entró en erupción y sacudió la monotonía del sur chileno con un enjambre sísmico que causó temor y cubrió de cenizas la región de los lagos. El relato de los pobladores del lugar es escalofriante, pero más los videos que atesoran en sus celulares y que muestran un hongo incandescente como el de una explosión nuclear.
   Cae la tarde cuando se insinúan en el horizonte la luces titilantes de Puerto Varas, que dibuja un semicírculo alrededor de la bahía donde, aquí y allá, hay puntitos oscuros que no son más que los barcos de pescadores fondeados mansamente en el lago. El aire fresco invita a caminar por la costanera, incluso a llegarse hasta el curioso Museo Pablo Fierro, repleto de antigüedades y sorpresas, y hasta animarse a una pastelería y probar los Kuchen, la tradicional tarta alemana que es la delicia de propios y extraños.
   En Puerto Varas se destaca la arquitectura germánica de cúpulas puntiagudas y coloridas, como las de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús y de la Casa Kuschel, construida en 1915 como residencia de descanso y hoy pertenece a la familia de Douglas Tompkins, empresario, aventurero y filántropo enamorado de la naturaleza virgen de la Patagonia que murió de hipotermia al darse vuelta con un kayak en el Lago General Carrera. Es una ciudad pequeña y acogedora, ideal para recorrer a pie. Pero ese es otro viaje.