Opinión
Lunes 16 de Mayo de 2016

Trump y Mujica

Extravagantes. Tanto el estadounidense como el uruguayo son genuinos. Y a partir de su rareza, se constituyeron en un imán para la prensa.

La vida, en su asombrosa y cambiante policromía, nos arrima con frecuencia nuevos motivos de asombro. Uno de ellos, de reciente pero fragorosa eclosión, es el éxito de la extravagancia en la actividad política. Los dos casos más renombrados, tanto a nivel local como mundial, son los de Donald Trump y José Mujica. Aclaremos, de antemano, que según el Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano extravagante es lo que se hace o dice fuera del orden o común modo de obrar.

Hablando con mayor precisión, quizás habría que referirse en los casos mencionados a éxito electoral más que a éxito político. En un caso, el de Trump, no ha tenido aún actividad política alguna; si la llegase a tener habría que verificar entonces el éxito o su falta. En el otro caso, el de Mujica, sí ha tenido actividad política pero, aunque al respecto disputan los autores, difícilmente se pueda hablar de éxito.

Debe quedar claro que en ambos casos lo que es indiscutible es el éxito electoral: han atraído muchísimos votos. También es indiscutible que los dos personajes son genuinamente extravagantes. Es decir que no creo que en ninguno de los dos casos se trate de una pose, una especie de mímica corporal adoptada como recurso dramático-propagandístico sugerida por algún profesional asesor de imagen. La extravagancia de Trump tanto como la de Mujica son absolutamente auténticas y no tienen nada de impostado.

Esa condición, que les ha redituado tantos votos a ambos, tiene una expresión externa y otra interna; ambas son importantes y ambas tienen que ver con el resultado exitoso. La extravagancia externa de Trump está en el peinado, pelo teñido y acomodado en un dificilísimo scorzo, construcción que tiene a todo el mundo intrigado cómo la logra. La extravagancia de Mujica, a primera vista, es más intermitente: se dio, por ejemplo, cuando fue de sandalias y pantalón arremangado a la ceremonia de toma de posesión de un jerarca de su propio gobierno y aparece en el desarrollo de una sintaxis o de una estética disonantes.

Pero también hay en ambos casos una extravagancia interna, es decir, la que corresponde a su pensamiento y a sus opiniones. Mujica difundió desde el principio su concepto de la sociedad ideal: la de una tribu africana, cuyo nombre no he retenido, pero cuyas características, destacadas por Mujica, era que sólo trabajaban dos horas por día y así vivían tan felices. Trump, por su lado, ha expresado que él propone, para que los americanos vivan felices y seguros, levantar un muro de centenares de kilómetros en la frontera con México, y encima, hacérselo pagar a los mexicanos.

La extravagancia atrae a los periodistas como la miel a las moscas. Eso asegura que tanto Trump como Mujica hayan tenido y sigan teniendo muchos minutos de televisión y muchos centímetros de prensa asegurados. Naturalmente, esa amplitud de cobertura mediática es lo que busca todo político y por ello paga fortunas; para estos dos resulta gratis.

Restándome, a esta altura, muy poco espacio más, dejo para mejor oportunidad las reflexiones que naturalmente se desprenden sobre lo que la extravagancia como factor de éxito político revela en relación con el nivel de esa noble actividad en algunos países.

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