Opinión
Jueves 02 de Junio de 2016

Tropezar siempre con la misma piedra

Economía. Tarifas altas, tasas de interés enormes, importación libre, además del arrastre de una presión impositiva que alcanzó máximos valores históricos, conforman un nuevo jaque mate a miles de pequeñas empresas.

En una calurosa tarde, de fines de febrero de 2002, después de una larga jornada, donde sobre mi escritorio de secretario de Hacienda de la Nación se apilaban demandas para las cuales no existían medios para atenderlas, recibí la visita de un funcionario que llevaba más de cuarenta años trabajando en el Ministerio de Economía.

Cercano a los 80 años, era la memoria viva de la institución, como una biblioteca donde se guardan vivencias y recuerdos y que son muy útiles para resolver situaciones complejas, pero que en general muy pocos escuchan.

Una de sus afirmaciones más relevantes fue " todos los planes económicos fracasan porque los gobernantes no se animan a controlar los gastos". "Los fracasos, de Gelbard, Martínez de Hoz , Sourrouille y Cavallo se produjeron porque ninguno pudo controlar el déficit fiscal".

En realidad, se pueden contar con los dedos de la mano los años de nuestra historia donde hubo superávit fiscal, que además fueron los mejores años para el país y para la gente.

Equilibrar las cuentas públicas es siempre difícil, hace falta disciplina, poder de decisión y decir muchas veces que no, actos desaconsejados por publicistas y marquetineros que asesoran a los gobernantes para que sólo den buenas noticias.

La disciplina se la reemplaza por el financiamiento del déficit: emisión de dinero, que es el préstamo de la gente o emisión de deuda que toman banqueros u ahorristas. Ambas medidas son números finitos, la emisión de dinero sin límites termina en inflación alta y la emisión de deuda sin control en default.

Las dos experiencias la hemos vivido y por ellas hemos pagado tremendos costos sociales, pero muchos dirigentes siguen sin registrar los hechos del pasado y reiteran las políticas que fueron rotundos fracasos.

El gobierno anterior terminó con un peligroso déficit fiscal, situación que con el nuevo gobierno no cambió demasiado, con el agravante que modificó la grilla de los recursos, eliminó o redujo retenciones y aumentó desmedidamente las tarifas de los servicios públicos.

Para que la enorme masa de dinero circulante no termine en la compra de dólares, el Banco Central paga tasas de interés desorbitadas, que con un dólar planchado, permite la vuelta a la bicicleta financiera.

Tarifas altas, tasas de interés enormes, importación libre, además del arrastre de una presión impositiva que alcanzó máximos valores históricos, conforman un nuevo jaque mate a miles de pequeñas empresas.

Todas estas medidas tienen demasiado semejanzas a las implementadas por Martínez de Hoz, en un contexto político y social totalmente diferente, donde un tremendo voluntarismo sobre lo bueno que nos espera, es desmentido todos los días por datos de la realidad.

Con los números fiscales que trascienden, pareciera que la principal política antiinflacionaria es la del Banco Central, pero sus efectos son totalmente recesivos. Las empresas vuelven a ganar más plata haciendo operaciones financieras, que produciendo bienes y servicios.

Los dilemas en política fiscal son muchos, el gasto del Estado consolidado (Nación, provincias y municipios) ha crecido en forma significativa en la última década, y es muy difícil de reducirlo en términos nominales, máxime cuando cae la demanda y las inversiones esperadas tardan en concretarse.

Desde la administración fiscal especulan que los gastos, crezcan menos que la inflación, es decir que bajen en términos reales, y a pesar que declamen lo contrario, hoy las altas tasas de inflación son una herramienta importante para licuar el gasto público.

Los grandes operadores económicos actúan en consonancia con esta política y aumentaron los precios en forma especulativa, la reducción de los ingresos reales, de la mayoría de la población ha afectado fuertemente la demanda de todo tipo de bienes y servicios .

Más allá de los grandes números de la economía, la realidad social, de cantidades enormes de familias argentinas, se ha agravado y ha vuelto el temor al desempleo.

Otra experiencia fracasada del pasado, que el gobierno no tuvo en cuenta, fue apelar a ejecutivos del mundo empresario para administrar el Estado. Más allá de las incompatibilidades éticas y de intereses contrarios entre los negocios privados y el bien social, existe una incapacidad manifiesta y falta de sentido común, en muchos de estos funcionarios acostumbrados a tomar decisiones en empresas privadas, que operan con un sistema de pensamiento y procedimientos totalmente distintos a los del Estado.

Solamente el desconocimiento, en el mejor de los casos, o la indiferencia por la situación social de un tercio de la población, puede explicar algunas decisiones, que por impracticables obligan a urgentes replanteos.

También, apelando a antecedentes históricos de los complicados inicios de otros gobiernos, cabe la esperanza que existan correcciones y se encuentre el camino para cumplir las promesas electorales y que no defraude a la mayoría del país que de dio la confianza y lo respaldó con su voto.

Somos muchos los argentinos, que no lo votamos, pero que estamos hartos de fracasos y queremos que los gobiernos, con independencia del color partidario, acierten con sus políticas, porque los errores siempre los paga la gente y en especial los más pobres.

Crecer con baja inflación no es imposible, cientos de países lo han logrado, no hacen cosas extraordinarias ni milagrosas, tienen políticas fiscales y monetarias, coherentes y razonables, y tienen gobernantes decididos a llevarlas a cabo.

El tiempo no juega a favor del gobierno, a pesar de haber comenzado con un crédito enorme y con algunas medidas acertadas, porque no es sustentable un país con desigualdades crónicas y pronunciadas, con crisis recurrentes, con funcionarios que solo piensan en la coyuntura, más temprano que tarde, cuando se agotan las ilusiones, los pueblos expresan su disconformidad, a veces con protestas en las calles y también lo hacen sentir en las urnas.

Poder adquisitivo. El gobierno busca calmar el malhumor social a través de medidas que dinamicen el mercado interno.

Oscar Lamberto / (Ex secretario de Hacienda de la Nación) Para La Capital

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