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Domingo 11 de Agosto de 2013

Tristeza sin fin

Puede que sea razonable el no haberse suspendido las elecciones de hoy. Es imposible, sin embargo, no escribir sobre ello. Ni aún desde una crónica que pretende contar el devenir político.

Puede que sea razonable el no haberse suspendido las elecciones de hoy. Es imposible, sin embargo, no escribir sobre ello. Ni aún desde una crónica que pretende contar el devenir político. Hay cierto margen lógico para pensar que el momento de mayor trascendencia en la participación popular de una república no deba interrumpirse ni siquiera ante semejante tragedia. Pero no existe espacio para no testimoniar el llanto, la tristeza y el desconcierto de todos.

A los rosarinos, el funesto destino nos ha puesto a dar otra vez testimonio de un país amante de la innecesaria imprevisión que golpea sobre una nación repleta de ciudadanos que, como madres amorosas, curan sus consecuencias. Son simétricas por estos días las muestras de dolor y de grandeza en hombres y mujeres que lloran a sus víctimas y en semejantes que los consuelan trabajando día y noche en esas ruinas devastadas de calle Salta.

Bomberos, rescatistas, scouts, feligreses de todas las iglesias, médicos, heroicos enfermeras y enfermeros, policías, militares, técnicos, peritos, gente de a pie y, por qué no decirlo, funcionarios políticos que honran con su presencia, desde el primer minuto de la tragedia, su cargo de servidores públicos. Será injusto, pero no se resiste no destacar entre estos últimos a la intendente de Rosario que puso su cargo a la altura del desastre sin dejar de mostrar su desgarrada humanidad. También suele ser antojadizo el uso de las generalizaciones, pero hoy hablar de la sobrehumana y conmovedora solidaridad de los rosarinos describe con exactitud lo que se está viviendo.

La explosión de este edificio nos vuelve a colocar entre los países que declaman grandes gestas inconclusas que culminan en la descripción de individuales chivos expiatorios para explicar el fracaso. Si el esclarecimiento de lo ocurrido termina otra vez así, nada habremos aprendido. Un maquinista bonaerense que se duerme mientras conduce una locomotora es un temerario inconsciente que merece una sanción extraordinaria. Pero no es el origen de todos los males del sistema ferroviario argentino que luce en estado de cuasi devastación. Un gasista presuntamente indolente que actúa con impericia primero e irresponsabilidad luego, no es el padre único de la voladura de tres torres de edificios por causa de servicios públicos ineficientes, incontrolados y casi siempre perjudiciales para los que puntualmente los pagan. Y así, tantos ejemplos que se corporizan en inundaciones con ríos de llanuras, boliches bailables incendiados y tanto más.

Les toca a fiscales y jueces a cargo de la investigación darles a los familiares de las víctimas (y a todos nosotros) una respuesta a la altura de la tragedia castigando al límite de exiliar jurídicamente para siempre a los que malversaron la confianza y los dineros públicos, pervirtiendo los controles que pudieran haber impedido este desastre. De paso: ¿y los órganos de control creados para defender a los usuarios? ¿Y el Enargás, pagado por todos nosotros con cada factura mensual? Aquí, ¿nada?

Elección en medio del derrumbe: Antes del 6 de agosto bien se podría haber escrito que las elecciones de hoy eran las más importantes en los 4 años del segundo mandato de Cristina Kirchner. Nada luce trascendente ante la mirada de calle Salta. Ni siquiera el saber que, a nivel nacional, se juega el natural proceso de alternancia en los cargos públicos de cualquiera república sana. Desafiar esto es como negarse a reconocer que la imprevisión es el denominador común en los sistemas de servicios públicos argentinos.

El kirchnerismo lo sabe y sin embargo actúa como si nada de esto pasase. Sea cual sea el resultado, de lo que se tratan los comicios de hoy es de preparar el escenario entre los que, en dos años, pueden demostrar estar en condiciones de suceder a un gobierno democrático. Es cierto que son elecciones primarias y legislativas (nada abiertas a opciones, salvo excepcionales casos) de cargos que, entre otras cosas, deberían abocarse en ritmo sostenido a solucionar deudas como controles en prestaciones de gas ineficientes, autopistas y rutas que se llevan todos los días cifras idénticas a las que lloramos en Rosario o a impuestos que erosionan los bolsillo de los ciudadanos y, hoy más que nunca, simples mortales.

Pero en realidad, la elección de hoy es saber si Sergio Massa, Daniel Scioli, Mauricio Macri, Hermes Binner, Ernesto Sanz, Julio Cobos, Jorge Capitanich y un puñado más de dirigentes, pueden mostrar en dos años la capacidad de asumir el cargo que hoy detenta Cristina Kirchner. Eso apuesta el acto electoral de hoy. Porque octubre repetirá el resultado que conozcamos a partir de las seis de la tarde con algunas correcciones de forma, es cierto, pero colaterales.

La presidente inicia en estas horas el camino de la entrega de su bastón de mando a quien la suceda en 2015, un poco celebrado momento de la democracia para quien desea la permanencia perenne. Si así se siente, será una pena. Pues la indiscutida gloria de ser elegido dos veces, el poseer en el capital personal la enorme mayoría de los votos de forma repetida debería coronarse con un reverencial respeto por las reglas que permitieron esa elección. Dos períodos consecutivos y luego el que sigue.

Hoy comenzamos a transitar un natural camino de la democracia. El recambio institucional. Que sea a la altura de los acontecimientos que, desde nuestra ciudad, mira con tristeza e impotencia hacia calle Salta.

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