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Domingo 25 de Octubre de 2015

Triste

Facundo Marull (1915-94) fue uno de los grandes poetas rosarinos. Dueño de un lenguaje muy personal, su obra abrió caminos a las generaciones siguientes. Sin embargo, su azarosa vida no contribuyó a la difusión de su trabajo y sólo poco tiempo atrás comenzaron a difundirse sus textos. El primer paso lo dio la Biblioteca Rosarina de La Capital con la publicación de Ciudad en sábado. El que sigue es uno de sus mejores poemas.

Ya no tengo mi casa en Rosario.

Ya no sabría donde volver con mi mal humor
ni en qué sitio dejar la moto;
ya no tengo ni una silla en Rosario,
ni perro que me ladre,
ni el umbral de una puerta para sentarme a lamentarlo.
Ya no existe el hombre que odié
y que me odiara;
ni la esquina, ni el farol, ni la pared
que me amaba.

Ya nadie me envía una carta, ni recorre los almacenes buscándome, ni me espera con la boca pintada, ni lamenta haberme conocido. Ya no recuerdo que tranvía pasaba por el túnel de Sunchales, ni la casa de Arroyito, ni a Katouchka, ni el perfume de su cama, ni en qué balde enfriaba el vino, ni qué mentiras dije junto a su cuello hace tantos años que ni recuerdo; ya no recuerdo si hablé para decirle aquello que era mi propósito decirle (que he olvidado) cuando la encontré con la flor anaranjada en lo cabellos, o no lo dije. Ya no recuerdo en qué lugar dejé mi alma para descansar de ella, pero debe estar en Rosario, al abrigo de mis tonterías. Ya no recuerdo mis poemas, ya no recuerdo mis penas.

Habrá llovido mucho en mi ausencia y en las alfombras que se olvidan en el patio,
habrán colgado nuevos luminosos,
habrán nacido generaciones de poetas, de talabarteros, de chiquilines sin porvenir que juegan en la misma calle donde solía caer borracho junto al árbol que abrazaba y a veces veló mi sueño y ahora sobrevive a la pena de nuestra separación;
en el Rosedal del parque habrá muerto más de una monja
más de un cisne
más de un suspiro;
las pequeñas que me creían un tío bueno se habrán cansado hace tiempo de esperar, de sus críos (que llaman tío a otros) y del marido.

Habré abandonado la memoria de mis antiguos amigos (una tarde salió Sender del Paraná como si fuera un náufrago o un experto y, con el agua hasta los tobillos, levantó la mano igual que Zeus en el momento de ordenar: “Basta de guerra en Troya” —pero era un saludo de amigo, de amigo del amigo un poco más que pobre, tal vez un poco más que un poco más que pobre, aunque yo tenía en Rosario la casa que ya no tengo).

Habré abandonado las intenciones de mis amigas (porque a veces tenía una muchacha —como ahora— y a veces no tenía una muchacha) y el rencor del hombre que me odiaba y murió y se fue; (ya debe andar lejos si ha llegado a donde se lo deseara)
habré perdido mi acento de Rosario
y mi sitio en todas las partes,
y el mismo tiempo que habría perdido en mi casa de Rosario, que ya no tengo, con cualquier muchacha de allá o la que tengo;

(perdí bodas de amigas y funerales de amigos, mitines y altercados de matrimonios de los que era allegado,perdí una noche entera con B. a punto de perderme) habré perdido mi corazón si aquellas muchachas
no han sido cuidadosas con él.

Pude volver, pero no he vuelto;

pude haber muerto
y no volver, pude ganar una fortuna y no volver;
o enamorarme
o perder la razón
(que puedo perder) y no volver;
hasta pude decidirme a partir
y partir,
y haber partido
a partir del mismo Rosario cuando partí sin llevar mis cosas porque tenía allá la casa que ya no tengo y porque ignoraba que partía al partir;

puedo no volver pero

el viento que aúlla en las esquinas llorándome perdido y el barrilete que instaura su osadía en el azul del cielo y la pequeña que deshoja una flor silvestre y el rapaz que apedrea una vidriera y el pájaro de la plaza Pringles, están poblados de mi ausencia.
Esa ausencia es como si yo hubiera regresado,como si estuviera de vuelta en cada rincón donde dejé un poco de amor.

Cuando lo haya perdido todo regresaré.
Quiero decir ya no volveré a mi casa de Rosario que no tengo, ni al corazón de sus muchachas, ni a la casa de los amigos que me olvidan; miraré desde el insomnio de las estatuas a los nietos de sus hijos y al bisnieto del hombre que me odiaba, comentando el infortunio de los poetas de Rosario.

(Como si yo fuera otro Facundo Marull, descanso el brazo sobre los hombros del que soy y los dos —Facundo Marull y yo— escuchamos llenos de compasión al Facundo Marull que ya no tiene su casa en Rosario).

Y es triste, en verdad es triste.

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