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Domingo 29 de Noviembre de 2015

Treinta billetes

Habían dicho camioneta pero llegaron en un camión grande, un Mercedes 1114, que aumentó mi temor, mis dudas. Un camión de agricultores, que tenía en el remolque restos de granos y hojas verdes; peones de estancia, dijeron, de Arminda, Villa Amelia, Acebal.

A Oscar

Habían dicho camioneta pero llegaron en un camión grande, un Mercedes 1114, que aumentó mi temor, mis dudas. Un camión de agricultores, que tenía en el remolque restos de granos y hojas verdes; peones de estancia, dijeron, de Arminda, Villa Amelia, Acebal. Una grupa de seis o siete muchachones tan ruidosos como educados. Los conducía el capataz, mayor, mejor vestido. Con él era el negocio. Los peones, fuertes, felices, algunos tatuados con letras de Romeo Santos, conservando el color rosado en las mejillas y todos con IPods, Whatsapp y cerveza disimulada en un botellón plástico de gaseosa.

Daniel y yo estábamos tranquilos, todo era rápido y simple como una mudanza. Todo como lo habíamos pactado, salvo por el tamaño del flete. Lo hacían con la velocidad y destreza de un comando Seals. Con alegría los scouts campesinos desarmaron, eficaces, mesas, camas, placares, sillas. Aplicaban como un protocolo de herramientas, luces, inclinaciones y desasosiego. Recién allí supe que la compraventa eran casi todos los muebles de la casa. De nuestra vida de infancia y adolescencia. De la casa de la infancia que es el mundo. Empezaron a vaciar las piezas, a sacar las cosas por las puertas y comprendí que en un Mercedes 1114 podrían llevarse hasta la columna de alumbrado que pintamos de azul y amarillo en 1973, y mi traje de Batman y la escondida, y el Club Alem, los toldos de Gentile donde pasábamos las madrugadas o la mismísima canchita de Trupia donde hice mis primeros goles. Era un camión muy grande para unas mesas y unas sillas.

Allí se me hizo el flash, el racconto y junto con la mesa del living vi pasar mis cuadernos Mis Apuntes, la escarlatina, las noches de insomnio esperando que el río devolviera el cuerpo de Gustavo, las camisetas de fútbol de la Vigil, las bombas de alquitrán a mi viejo, insobornable para el sindicato, y los cabecitas negras de Manuelita subiendo por Ayolas, festejando el regreso del mago. Los primeros besos en el zaguán jugando a la botella, los balazos que mataron en la esquina al pibe Vaschetti, la Pelopincho en la terraza, la guitarra del Mono Pantaleón, la ternura de un yiro que vivía en el conventillo 340 (se llamaba Leticia) y le dijo a mi niño, a los siete años, que éramos novios y que un día ella iba a juntar mucha plata y nos iríamos a vivir juntos. La luz otoñal del pasillo 385 y el día que empecé a escribir cuando vi a mi padre, desnudo y mojado bajo el aguacero, cediendo el lado de la pared a todos.

Cuando volví a los compradores, me sorprendió cuántas mantas y frazadas traían para arropar el vacío: cristales, espejos, copas, que algún día reflejarán al infinito nuestros días de Viterbos-Ayolas-Scalona, en algún sótano de una estancia como la de Delia Garcés en Coronel Domínguez.

Cuando se hubo cargado todo, se hizo un papel a mano alzada y el pago. El capataz preguntó si podía pagar en dólares. Ningún problema, mi hermano hizo el cálculo. Se los tomamos a 13,50 y juro que la cuenta dio tres mil dólares exactos. El capataz sacó un fajo gordo como dos lechones y entre pulgar y saliva, separó treinta billetes verdes con la cara de Franklin. Juro que eran 30, 30 monedas: a Borges le gustaban las simetrías y los leves anacronismos. Ni siquiera fue moneda argentina. O sí. En este país nunca se sabe.

No pude evitar el pensar que 80 años atrás mi madre había escapado de la hambruna de la década infame en el campo, porque su padre (mi abuelo José), peón rural en la zona de Los Cardos (una planta llena de espinas), murió de tétanos cuando ella tenía cinco años. Los muebles de esa niña que fue la rosa del cardal están volviendo donde siempre regresan: al patrón, al dueño del campo, de la estancia.

Ya iba saliendo el capataz por la puerta del garaje y nos dio un apretón de manos franco, enérgico, auténtico. Los vivos nunca entienden lo que le pasa al muerto. El hombre preguntó si venderíamos otras cinco o seis reliquias que había entrevisto con el ojo insaciable del buitre. Y ahí casi le doy un empujón de la bronca, me le fui encima pero mi hermano se interpuso, más cortés o tranquilo, lo palmeó levemente y lo fue sacando a la vereda.

Me pareció que del Samsung Galaxy de uno de los peones salía un ringtone del tipo Buggs Bunny y vi que Daniel estaba en mitad de la vereda de calle Ayolas con los 30 billetes con la cara de Franklin en la mano. El estupor ni siquiera lo había dejado meterlos en el bolsillo. Perplejos, con los ojos enrojecidos, robados, nos metimos en la casa y cuando cerramos la puerta ninguno de los dos se atrevió a mirarse.

Nada hace más ruido que el silencio de vaciar tu casa de la infancia. Pero estate tranquilo, porque la vida sigue y el olor de los cajones y lo que hay adentro se queda para siempre en la escritura. Y ahí nomás busqué un atajo, una figura de lo neutro que nos aliviara, como enseña Barthes: alguna ironía que uniera la trivialidad al espanto. Entonces, aún con el reverbero del ringtone de Bugs Bunny, prendí la cafetera eléctrica, abracé a mi hermano y le dije: "Esto ha sido todo, amigos".

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