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Jueves 20 de Octubre de 2016

Tras unas intrigantes trazas de gas metano

Los más optimistas podrán alegar con razón que Schiaparelli era la parte secundaria de la misión ExoMars, un programa con un presupuesto de 1.300 millones de euros —incluyendo todo el control de la misión— en el que cada país aporta poco menos del 10 por ciento. Se trataba de un pequeño módulo tecnológico, sin capacidad de movimiento, sin instrumentación científica y con una cámara en blanco y negro que a lo sumo habría conseguido unas 20 fotografías. Además, al disponer solo de una batería sin paneles solares, su vida útil estimada se limitaba a 2-8 días.

Y todo eso es cierto: el trabajo científico le correspondía esencialmente a TGO, un orbitador con diversos instrumentos para analizar la composición de la atmósfera marciana. Uno de sus objetivos, sin duda el más atractivo, es determinar de dónde proceden las intrigantes trazas de metano —como han observado misiones anteriores—, un gas que en la Tierra se forma esencialmente por la actividad bacteriana. A partir de finales del año que viene, la nave empezará a suministrar información.

La pérdida de Schiaparelli significa que el sistema de aterrizaje que debía ponerse a prueba tiene algún problema y no parece recomendable utilizarlo en futuras misiones, tal como estaba previsto, la primera de las cuales es un ambicioso "rover" (vehículo espacial) de la misma misión ExoMars, que la ESA espera lanzar en 2020.

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