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Domingo 06 de Noviembre de 2016

Tras las huellas del padre

Cuando falleció el físico José Antonio Balseiro, su hijo Carlos tenía apenas 11 años. Más de medio siglo después, dirige el legendario instituto de Bariloche que su papá fundó. Secretos de una historia que merece ser conocida y en la que dos rosarinos tuvieron protagonismo.

Todavía no existe el reactor nuclear ni acelerador de partículas que produzca los recuerdos de una vida compartida que apenas se tuvo. La relación de Carlos Balseiro (65) con su papá José Antonio, el fundador y primer director del legendario instituto de física de Bariloche que lleva su apellido, ha estado signada por las distancias y por la memoria. Cuando Carlos nació en 1951, en Buenos Aires, su padre estaba investigando en Manchester con una beca del Consejo Británico y recién se conocieron un año y tres meses más tarde. La segunda separación, una década después, fue trágica y definitiva: el físico falleció prematuramente a los 42 años, aquejado por una leucemia. Y aquel hombre regordete de cabello ralo y mirada intensa que Carlos recuerda como "un tipo alegre y juguetón, que hacía dibujos, esculturas de plastilina y barriletes fantásticos", se transformaría en una ausencia presente, un silencio que llaga, una foto amarillenta, un legado tácito. Una huella que se sigue casi sin darse cuenta.

Carlos, también físico teórico e investigador del Conicet, padre de tres hijos, asumió hace pocas semanas como director del Balseiro: uno de los grandes centros formadores de físicos e ingenieros de América Latina y germen de la empresa mixta Invap, que ha fabricado desde reactores nucleares hasta satélites y sistemas de radares. "Si uno mira cuál fue el impacto del Instituto en el desarrollo del país, ha sido bastante impresionante no sólo en energía nuclear sino en el desarrollo de distintas tecnologías", dijo en su primer discurso en el cargo. "Muchas veces me pregunté qué sentiría mi papá si estuviera acá", confía ahora en una charla con Más.

—¿Y qué cree que sentiría?

— Estaría muy sorprendido de cómo evolucionó el mundo y del impacto de lo que hicieron. No sé si él se hubiera imaginado que esto iba a llegar tan lejos.

La quimera de Richter

El Instituto Balseiro, que depende de la Comisión Nacional de Energía Atómica (Cnea) y la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo), nació de un embuste: el proyecto quimérico del físico alemán Ronald Richter —quien convenció a Perón para que financiara la construcción de laboratorios secretos en la isla Huemul, en Bariloche, "lejos de los espías extranjeros"— con el objeto de producir energía barata a partir de reacciones nucleares de fusión. En febrero de 1951, Perón anunció el éxito de la empresa. "Cuando explota una bomba atómica sin control hay una destrucción espantosa. Yo he conseguido controlar la explosión para que la misma se produzca en forma lenta y gradual", se jactó Richter ante los periodistas.

Pero ante la desconfianza de la comunidad científica y la falta de confirmación de los resultados, a mediados de 1952 el gobierno encargó la conformación de una comisión investigadora de cinco miembros que examinara in situ los trabajos de Richter. Uno de los integrantes era el ingeniero rosarino Mario Báncora. Otro, José Antonio Balseiro, recién llegado de Manchester. Un par de días de inspecciones y pruebas les bastaron. Sus informes fueron demoledores: se trataba de un fiasco. "Las afirmaciones del doctor Richter no corresponden a hechos comprobados con criterio científico", sentenció Balseiro.

Los hechos se sucedieron. Huemul se clausuró. Y un terreno que estaba asignado al proyecto fallido de Richter, sobre el kilómetro 9,5 del camino al Llao Llao, fue destinado a un nuevo instituto de física que había soñado años atrás otro destacado colega, Enrique Gaviola, pero cuya concreción logró el más tenaz y diplomático Balseiro. "Hay que verlo en el contexto de la época", apunta Carlos. "La idea era retirarse un poco del ambiente convulsionado de las universidades en Buenos Aires y otras ciudades grandes y poner a los estudiantes en un lugar tranquilo, lejos de la gran ciudad".

Después de un par de cursos de verano que sirvieron para tantear la idea, Balseiro se mudó a Bariloche con su familia, convenció a otros siete docentes para la aventura y los primeros alumnos becados empezaron a tomar clases en agosto de 1955, en un aula improvisada. Según un físico que participó del proyecto, se trató de un "hermoso disparate". Carlos tenía cuatro años. "Bariloche era entonces una ciudad extremadamente chica", dice. La principal vía de comunicación era el tren, que llegaba tres veces por semana desde Buenos Aires en un viaje de casi dos días. Los caminos eran malos y el servicio aéreo, irregular. Los habitantes no llegaban a los diez mil.

Pero Bariloche creció, como crecieron el Instituto y el Centro Atómico Bariloche que lo aloja en su predio, pese al enorme impacto que supuso la muerte de su fundador y director. Y también creció Carlos, quien, después de terminar el secundario a los 16, hizo dos años de matemática en Bahía Blanca y regresó becado al Instituto Balseiro para completar la carrera de física. "No hubo mandato familiar. Probablemente estudié física por falta de imaginación: me resultaba más fácil la trigonometría que las humanidades", sonríe.

¿Puede haber habido algún privilegio por su apellido? ¿Los profesores lo trataban con mayor consideración? "Yo no lo sentía. ¡Pero estoy seguro de que sí!", acepta entre risas. "Muchos me habían visto jugando de nene cuando visitaban la casa de mi padre. ¡Ojo!: también me aplazaron en algunas materias, y me recomendaban «menos montañas y más libros». Pero imagino que todo el mundo estaba dispuesto a ayudarme".

 Carlos Balseiro se graduó como físico en 1973 y se doctoró en 1978. Indaga temas complejos como superconductividad, magnetismo y, más recientemente, sistemas topológicos en los cuales la geometría de las nubes de electrones cambia las propiedades físicas de la materia. Publicó más de 170 trabajos científicos y dirigió 23 tesis de licenciatura, maestría y doctorado. Tuvo numerosas estadías temporarias como docente e investigador en Estados Unidos y Europa, pero siempre volvió a Bariloche. "Es un lugar agradable. Había un proyecto. Y hubo continuidad", justifica.

De acá a 30 años

A pocos pasos del despacho de Carlos está plantado un retoño del manzano de Newton, traído desde Nueva Zelanda. Y también se ubica la tumba de cemento donde fue sepultado su padre en 1962, en lo que el historiador de la ciencia Diego Hurtado definió como "una maniobra de los físicos, con el permiso de su viuda, para evitar el cierre del instituto". Un cantero con rosales, un pequeño maitén de flores lilas y una cruz en la lápida enmarcan y testimonian el último acto de resistencia del científico visionario.

Durante su adolescencia, Carlos fue armando piezas de la vida de su padre. Revisó su discoteca y comprobó que amaba a Beethoven, "aunque creo que no tanto la ópera, porque no encontré ningún disco". Descubrió, a los 15, que los cuentos que les contaba a él y a sus tres hermanos (dos nenas y un varón) eran versiones modificadas e improvisadas de las obras de Homero y la mitología griega. "Era un tipo muy culto", sostiene.

El compromiso con el futuro es otro rasgo que parece vincular las trayectorias de los dos Balseiro. "Hemos vivido en los últimos años una suerte de crisis de crecimiento, como esos adolescentes a los que el cuerpo les crece más rápido y se llevan todo por delante. Yo creo que algo así pasó con el Instituto", sostiene Carlos, quien dijo haber aceptado la propuesta de dirigir la institución pese a que esperaba dedicar sus últimos años laborales a investigar. Ahora proyecta impulsar un análisis profundo de la oferta académica, con la participación de un comité internacional integrado por premios Nobel y otros grandes referentes en cada campo, "para definir cuál es el perfil de los egresados que queremos para contribuir al conocimiento y al desarrollo dentro de 5, 20 o 30 años".

En la ceremonia de graduación de los primeros graduados del Instituto, en junio de 1958, José Antonio Balseiro dijo: "Tengo el más profundo optimismo respecto de las posibilidades intelectuales y en el futuro de nuestro país. Pero ese optimismo no implica que crea que ese futuro promisorio pueda lograrse sin lucha ni esfuerzo". Más de mil egresados después, su hijo busca apuntalar ese sueño.

Presencias rosarinas

El ingeniero Mario Báncora (1918-2006), declarado ciudadano ilustre de la ciudad de Rosario en 2004, fue uno de los impulsores de la formación del Instituto de Física en Bariloche. Y junto a la tumba de Balseiro, una placa evoca a Eduardo Pasquini, físico graduado en Bariloche y secuestrado-desaparecido en Rosario en junio de 1976.

Desde sus orígenes, la presencia de docentes, investigadores y estudiantes rosarinos en el Instituto ha sido sostenida. "Sumando estudiantes de grado y posgrados, hoy debemos ser entre 20 y 30", calcula Lucas Báez Miranda, quien cursa cuarto año de ingeniería mecánica en el Balseiro después de haber hecho el secundario en el Instituto Politécnico y tres semestres obligatorios de ingeniería en la UNR.

Como el resto de los alumnos de las carreras de grado (licenciatura en física e ingenierías nuclear, mecánica y en telecomunicaciones), aprobó un examen de admisión y recibe una beca de la Comisión Nacional de Energía Atómica que le permite cubrir los gastos de alojamiento, alimentación y seguro médico. "La adaptación fue algo complicada al principio. Nunca había pasado más de dos semanas lejos de mi casa, mi familia y mis amigos. Eso sí: ¡hay tanto para estudiar que uno nunca se aburre!", sostiene Lucas, quien también dice extrañar los largos paseos nocturnos por el Parque España con su perro. Espera volver una vez que complete un posgrado.

Otro graduado del "Poli" rosarino y del Balseiro es el ingeniero nuclear Luis Róvere, actual gerente de coordinación del Centro Atómico Bariloche. "No había venido aquí ni siquiera en el viaje de egresados. Llegué el 31 de julio de 1979, después de una nevada, un día frío y con un sol fantástico. En ese mismo momento, decidí que Bariloche era mi lugar", apunta Róvere, quien recuerda los años de estudiante como "intensos, con muchas amistades y deporte" y también destaca la base de formación que recibió en Rosario: "Nunca me sentí en desventaja respecto de otros alumnos".

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