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Martes 29 de Enero de 2013

Transformaciones que merecen atención y acciones

Ese vínculo que, durante décadas, se basó en la confianza, el respeto y el acatamiento a la palabra del profesional dio paso a otro modo de encuentro signado por una realidad compleja y, a la vez, ineludible: hay menos tolerancia hacia el otro, menos posibilidad de diálogo y más frustración y mayor impotencia.

Desde hace tiempo, la relación entre médicos y pacientes viene sufriendo varias transformaciones que merecen atención y acción. Ese vínculo que, durante décadas, se basó en la confianza, el respeto y el acatamiento a la palabra del profesional dio paso a otro modo de encuentro signado por una realidad compleja y, a la vez, ineludible: hay menos tolerancia hacia el otro, menos posibilidad de diálogo y más frustración y mayor impotencia.

El paciente dejó de serlo, en el sentido de que dejó de esperar, de aceptar y de tolerar de manera indiscutida el saber o la palabra del médico. Y el profesional, otrora incuestionable y hasta pontificado,
se encontró sin los recursos necesarios para hacerle frente a este fenómeno mientras soporta, en muchos casos, sobrecargas laborales y salarios insuficientes. Esto no explica por sí solo por qué los familiares de un enfermo agreden y destruyen a su paso lo que encuentran cuando las cosas salen mal. Pero es en la comunicación entre unos y otros donde se basa buena parte del diagnóstico de esta situación alarmante y, quizá, su posible solución. La violencia en los hospitales no nace de un repollo. Si se gritan e insultan dos personas que tienen un accidente menor en un auto, si el folclore del fútbol pasó a ser una batalla campal, si en las escuelas los alumnos se agreden entre ellos y a sus profesores, ¿qué esperar de un ámbito como el de la salud, donde la sensibilidad está expuesta en carne viva, dónde el dolor y el temor se develan sin atenuantes? ¿Cómo no estar, entonces, mucho más alertas y preparados para dar respuestas?

Tienen razón los médicos cuando esgrimen que esto excede por completo su labor, tienen razón los enfermos y sus padres, hermanos o amigos, cuando reclaman más tiempo, más oído, más contención a esos profesionales y no siempre la encuentran. La salud pública municipal comenzó a trabajar en esta problemática y tiene previsto para las próximas semanas nuevos encuentros con especialistas en
violencia en los hospitales. Está muy bien, pero ya no sólo se necesita un diagnóstico: es hora de impulsar un trabajo permanente y con proyección, que incluya equipos multidisciplinarios que operen con efectividad. Si ese es el camino, si se asignan los recursos necesarios para lograrlo, entonces se abre la posibilidad de terminar con los hospitales como escenarios de lucha entre médicos y padres. En los sanatorios privados debe repetirse el esquema porque, si bien los hechos son más espaciados, no han quedado al margen.

Un estudio realizado por Unicef y la Sociedad Argentina de Pediatría, difundido en 2012, dio como resultado que “más de la mitad de los pediatras argentinos encuestados experimentó en el lapso de un mes situaciones de maltrato verbal por parte de sus pacientes y el 40 por ciento, además, situaciones de violencia psicológica. Un 43% percibió falta de seguridad en el lugar de trabajo”. Los números demuestran que la tristeza, la ansiedad, el cansancio, la frustración, el enfrentamiento
real con el final de la vida o el riesgo de perderla ahora se suplen con violencia. Ya no es tiempo de lamentos. Hay que establecer claramente qué rol le toca a cada uno y tener la decisión y la valentía  necesarias para controlarla.

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