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Domingo 21 de Agosto de 2016

"Todos los días nos falta un beso"

Cómo salieron adelante los Trivisonno, padres de Antonella, la nena que falleció a los seis años en un accidente de tránsito.

El 28 de agosto de 1999, Antonella Trivisonno, de seis años, falleció en un accidente de tránsito. Ese día cambió para siempre la vida de Silvia y Alejandro, que entonces tenían 35 años y cuatro hijos.

Estaban agrandando la casa y pensando si iban a tener otro bebé. Pero vino el golpe, inesperado y terrible, y tuvieron que rearmarse, volver a la carga con uno de los dolores más grandes, la pérdida de una hija. En aquel momento decidieron donar los órganos de Antonella, con la esperanza de dar vida en medio de la tragedia, y desde entonces, fue el espíritu que adoptaron para seguir adelante.

   Muchas veces las desgracias producen desgarros emocionales que parecen insuperables. Silvia y Alejandro contaron a Más cómo hicieron para atravesar una de las pruebas más difíciles que les tocó, en lo personal, como pareja y como familia. Cómo siguieron juntos, cómo lograron volver a amar la vida.

Hoy son uno de los mayores promotores de la donación de órganos en Rosario y hasta consiguieron que en la ciudad haya una Plaza de la Donación, en el parque Scalabrini Ortiz.


Entre risas y lágrimas


Silvia y Alejandro Trivisonno se conocen demasiado. Se ríen cuando se miran y también se entienden cuando alguno se emociona y deja correr las lágrimas. A pesar de que pasaron 17 años desde que falleció Antonella, su tercera hija, la extrañan muchísimo cada día. "Nos falta un beso" dice sincero Alejandro, y Silvia baja la cabeza.

   No es fácil para ellos, pero se animaron a contar cómo fue el día después de la muerte de la pequeña. "Pudimos seguir porque habíamos construido mucho antes. Es como lo que le pasó a (Juan Martín) del Potro —acota Silvia—, que ganó la medalla en los Juegos Olímpicos porque entrenó muchísimo antes".

   "Con Silvia construimos un proyecto de familia, de matrimonio, y nos ocupamos de tener muchos momentos felices a partir de vivir lo pequeño de cada día y disfrutarlo profundamente. Eso hizo que no tuviéramos culpas", explica Alejandro, que es el primero en hablar, aunque Silvia enseguida lo interrumpe: "No me pasó de cuestionarme si yo hubiera hecho esto o aquello con Antonella, no nos quedó nada pendiente. Fue una nena que vivió tan alegre...", dice emocionada.

   Tienen paz, admiten, porque supieron dedicarles tiempo y amor a sus hijos en cada momento.

   Recuerdan con ternura que a los cuatro años Antonella ya sabía leer, escribir, sumar y restar. Terminó jardín como si hubiera hecho primer grado. Sus padres recorrieron toda la ciudad para que pudiera comenzar primer grado con cinco años. No lo lograron pero al año siguiente entró al Colegio Maristas, a segundo grado con seis años.


Recuerdos imborrables


El desgarro y la ausencia se notaron mucho. Antonella era la que jugaba a la pelota con su hermano mayor, Nicolás, que entonces tenía diez años, y con Agustina, de ocho, con la que acunaban a las muñecas. Por supuesto que no se privaba de darle la mamadera a su hermanito de pocos meses, Patricio. Era la que corría a la cocina cuando su mamá lavaba los platos para pedirle un beso y la que acompañaba a su papá al taller para alcanzarle las herramientas.


El día después


Al volver del entierro de la pequeña Antonella nadie habló, pero la reacción fue unánime: juntaron los colchones y se fueron a dormir todos juntos. Necesitaban sentir el afecto mutuo, estar cerca, abrazarse. Y mientras la vida continuaba a su alrededor, Silvia y Alejandro comenzaron un proceso arduo y doloroso. Había que contener a los chicos y a los abuelos, que estaban destrozados.

   Todo eso sin ánimo. A ellos, en el fondo, casi todo les daba todo lo mismo en aquel momento. "¿Qué más me puede pasar?", les rondaba en la cabeza. Y aunque no lo hablaran, los dos lo sabían.

En paralelo, tenían un juicio encima.

   Alejandro fue el primero en reaccionar y se propuso decir cada mañana: "Hoy me quiero levantar", porque en realidad tenía motivos para bajar los brazos o deprimirse.

   El dolor y la tristeza se apoderaron de la casa. En las fotos de ese primer año, a Patricio, el bebé, nunca se lo ve sonreír. Se había acabado la risa. Silvia rememora que vivió su primer año como anestesiada, superada por el dolor. En cambio, la reacción de Alejandro fue la de actuar. Empezó a buscar soluciones para enfrentar el juicio por el accidente.

   Pero un día algo le hizo cambiar la mirada. "Me acuerdo como si fuera hoy. Estaba sentado en el escalón de mi casa y se acercó Agustina, que tenía ocho años y me abrazó llorando y diciéndome: "Me quiero ir con Antonella". Le dije que este era nuestro hogar, que no podíamos echarle la culpa a Antonella de no poder ser felices otra vez. Ahí me di cuenta de que la felicidad dependía de mí y no de lo que me pase, o de los demás. Era una decisión mía de cómo quería seguir viviendo después de la muerte de mi hija. Pensé que si ella había sido una nena feliz y había tenido una vida plena, entonces ¿cuál era mi problema?. Pensaba en que no iba a celebrar sus 15 años o acompañarla a la iglesia el día que quisiera casarse... En realidad eran todas las expectativas que yo tenía para mí, era lo que esperaba para mí, y eso era muy egoísta. Recordé sus seis años de felicidad y me dije que no era justo que no nos permitiéramos volver a ser felices".

   Se cuestionaron hasta por qué habían decidido tener tantos hijos, si el amor se multiplica, es cierto, pero los dolores enormes también están al acecho. ¿Hicimos bien? ¿Estamos dispuestos a aceptar lo que a cada uno le pase? "Hoy podemos decir que sí, que preferimos haberla tenido seis años años que no haberla tenido nunca", confiesan los padres, con una sinceridad que conmueve.

   "A pesar del dolor, que no se te va nunca, la vida que tuvo ella vale más que lo que nosotros sufrimos", aclara Silvia, que a pesar de mostrarse fuerte, vuelve a tener la mirada vidriosa.

   A su lado, su marido confiesa que más allá de los años de ausencia no se borran los besos de su hija. "A veces miramos los sucesos de forma muy egoísta, desde lo que me pasa a mí o de cuánto me duele a mí, o si como padre fracasé, pero también aprendés que los hijos son libres y que no son para vos, porque cada uno tiene su tiempo y su camino y el de Antonella tuvo ese tiempo".

   La fortaleza interior de cada uno de ellos fue lo que sostuvo al resto de la familia. Claro que no fue fácil, hubo que secar muchas lágrimas. Los chicos lloraban y ellos se "repartían" para acompañarlos de noche. Llegó el momento en que también hubo que desarmar su cuarto. Fueron claros con Agustina, que compartía la habitación con Antonella. "Así como vos ya no necesitás más la ropa que te queda chica, lo mismo pasa con las cosas de tu hermana, ella ya no las necesita", le explicaron y decidieron regalar todo.

   Y claramente Antonella se convirtió en una especie de faro para ellos. La felicidad que transmitía de a poco a volvió a penetrar en esa casa. Su recuerdo empezó a volverse amable, confortable. Volvieron los juegos de mesa, el cantar juntos, las charlar alegres. Volvieron a reírse. Sí, también hay lugar para las carcajadas en la casa de los Trivisonno.


Elegir cada día


Después de reconfortar a los hijos tuvieron que rearmar la pareja. Los momentos de dolor sirvieron para conocerse más. Ellos explican que fue todo un ejercicio. Ahora sin siquiera mirarse adivinan los pensamientos del uno y del otro, y eso les causa mucha risa. Se nota que hay una sintonía muy fina entre los dos.

   "Cuando él llega de trabajar le preparo el mate y mientras cocino charlamos, es un ratito pero él ya sabe que espero que me cuente no qué hizo, sino cómo se sintió con lo que hizo. Y eso ayuda mucho", explica Silvia, y confiesa con picardía que le costó aprenderlo, pero lo logró.

   Sus diálogos son sinceros y también irónicos. Se miran, se ríen, leen sus almas. Alejandro se pone serio y explica que en una pareja "lo más importante no son los hijos, es, claramente, tu pareja, tu esposa" y recuerda que eso se lo enseñó su abuelo Trivisonno, que llegó de Italia y no llegó a terminar tercer grado, sin embargo tenía unas ideas marcadas a fuego que supo transmitir en su casa.

   "Los hijos son importantes, mucho, pero ellos se van a ir y tienen que hacerlo y encontrar a la persona más importante para su vida, pero para la pareja el más importante es el otro, aquel a quien uno eligió. Nosotros queremos estar juntos y logramos ese espacio para estarlo", expresa Alejandro. Silvia asiente y agrega. "Uno aprende a detectar cuando el otro necesita hablar... es un ejercicio, un trabajo arduo, pero lo fuimos aprendiendo. Lo mismo pasa con la donación. No donamos los órganos de Antonella por como murió, sino por como vivió".

En lo cotidiano, agregan, hay que hacer las cosas donándote.

   Silvia y Alejandro se volvieron a encontrar más profundos, más maduros, más unidos porque se supieron respetar los tiempos y apoyarse, muchas veces en silencio.

Tuvieron dos hijos más. Mientras se preparaban para el primer aniversario del fallecimiento de Antonella nació Mariano. La vida nuevamente les salía al cruce y les daba un nuevo motivo de alegría en medio del dolor. Pero no se acabó allí. El matrimonio dio un nuevo fruto tres años más tarde, cuando nació Tadeo.

¿Por qué me dejaste?


Gran parte de la fortaleza de este matrimonio proviene de una profunda fe religiosa. Ambos viven su catolicismo con convicción y eso llena de sentido su vida, también su dolor. "Yo sé que Antonella está mejor que todos nosotros", explica Silvia. Por eso su pregunta a Dios cuando perdió a su hija no fue "¿por qué te la llevaste?" sino "¿por qué me dejaste a mí aquí sufriendo?".

   En esos momentos tan pero tan duros, lejos de perder la fe comprendieron que había algo que les daba fuerzas para seguir en pie. "Dios estuvo más presente que nunca entre nosotros", afirman casi a dúo.

   Cuentan que no se les ocurrió culpar a Dios de su desgracia. "Quien mató a mi hija tiene nombre y apellido. No lo hizo Dios", responde resuelto Alejandro, que explica que entendió a Dios cuando fue papá. "Nos da todas las posibilidades, como hacemos nosotros con nuestros hijos, después cada uno elige su camino: cómo quiere vivir y si quiere ser feliz o no", reflexiona.

   Silvia menciona que la fe la sostuvo muchísimo. Explica que se presentaron esas "casualidades" y que en ellas descubrió el lenguaje con el que Dios se le manifestó claramente.

   Los Trivisonno descubrieron que la mejor manera de atravesar esta prueba de la vida era a través del amor y no del odio. En ningún momento de la entrevista nombraron al culpable de la muerte de su hija. Eligieron dejar de lado el rencor y en cambio decidieron hacer acciones desde el amor para homenajearla una vez más. "Si hubiéramos hecho un repudio o una manifestación desde la bronca lo hubiéramos hecho uno o dos años. Hoy, a 17 años seguimos celebrando a Antonella", explican convencidos de que sólo desde el amor se construye.

   "Nosotros sabemos que hay vida después de la muerte, no sólo para el que falleció, sino también para los que quedamos. En ello encontramos gran felicidad, y esta actitud de vivir donando a cada momento".

La entrevista va terminando y aparece en sus caras el símbolo más fuerte en este camino tan duro: los Trivisonno volvieron a reír.Te voy a escribir la carta y la voy a dejar a mi lado acá, arriba del banquito, conmigo, sin moverme. Ojalá que te acuerdes de mí y ojalá que cuando pases te des cuenta de que esta carta es para vos.

Cómo fue el accidente

El domingo 29 de agosto de 1999, cerca de las 16, por calle Salta hacia el centro de la ciudad circulaba el Fiat Duna patente AIB997 guiado por Silvia Mazza de Trivisonno. Con ella iban sus tres hijos, todos ellos pequeños y ubicados en el asiento trasero del vehículo.

   Al arribar a la intersección con Ovidio Lagos, el auto fue embestido por el Peugeot 205 dominio CFW302 que manejaba Matías Colabianchi, entonces de 23 años. Como consecuencia del impacto, el auto de Trivisonno dio varios tumbos y quedó con la trompa en dirección opuesta al sentido en el que circulaba, es decir mirando al oeste. Mientras que el Peugeot de Colabianchi subió a la vereda de la ochava sureste y se incrustó en un quiosco de diarios y revistas. El trágico resultado fue la muerte en el acto de María Antonella Trivisonno, quien el 2 de octubre de aquel año iba a cumplir siete años.

   Las pericias demostraron que mientras el Fiat de los Trivisonno iba a 40 kilómetros por hora, el Peugeot superaba los 70.

Actividades

Este año, el domingo 28, de 14 a 16, los Trivisonno organizaron una tarde para jugar al ping pong en la plaza de la Donación, parque Scalabrini Ortiz, una actividad para homenajear a Antonella.

Se eligió ese lugar porque la plaza es un lugar común para todos. Esta vez optaron por poner una mesa de ping pong para invitar a la gente a que juegue un partido y se ponga la camiseta con el lema "yo también soy donante".

Quizá porque también la vida es un ping pong, porque todas las cosas van y vienen y siempre hay una oportunidad de pelotear, y de ganar, a pesar de todo.


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