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Domingo 22 de Noviembre de 2009

Todo mi respeto

Buena suerte, buena onda, buenas vibras, energía positiva y hasta el argentinísimo tener culo. En nada de eso creo. Me parecen puras cuestiones ligadas a la magia y a la respetuosa necesidad humana de creer. Pero, por las dudas, ¿quién no apela a ellas frente a las situaciones más cotidianas? Ni hablar ante un clásico.

Buena suerte, buena onda, buenas vibras, energía positiva y hasta el argentinísimo tener culo. En nada de eso creo. Me parecen puras cuestiones ligadas a la magia y a la respetuosa necesidad humana de creer. Pero, por las dudas, ¿quién no apela a ellas frente a las situaciones más cotidianas? Ni hablar ante un clásico. A ver si se entiende: no hablo de fútbol, hablo del clásico de esta ciudad entre Central y Newell´s, donde no hay lógica posible: los que deberían ganar de taquito, no ganan; los amigos de siempre discuten, se distancian y pelean, surgen las estadísticas más innecesarias, el folcrore más vergonzoso, las apuestas más difíciles de cumplir y se hacen y dicen las cosas más irracionales. A tal punto llega la estupidez humana.

Y yo que no estoy excenta de ambas características le pedí esta semana a un compañero del diario, con fama de torcerle la suerte a todo aquel al que se la desea, que le dé "sólo" una palmadita a alguien que vino de visita a La Capital y nos ayude en el clásico. (Una palmadita, aclaro, algo mucho más inocente que la macumba que hizo alguna vez mi amigo César, que ahora vive en Brasil, con una pobre gallina)

Eramos pocos en la redacción esta semana cuando prácticamente le rogué a este colega (a quien no nombraré porque es un hombre muy, muy serio y no cuento con su autorización) que me hiciera ese favor. Tan vil y despreciable fue mi actitud que hasta le dije: "Pedime lo que quieras... pero, por favor, ¡deseale suerte a este tipo!".

No diría una cosa tan abyecta en ninguna otra situación, pero me justifico diciendo que "un clásico es un clásico". Es que ese día estaba como posesa por el efluvio de un libro. Estoy leyendo "La maravillosa vida breve de Oscar Wao", del dominicano Junot Díaz. Allí se cuentan historias penosas: la de Oscar, un perdedor consuetudinario, y la de la dictadura de Trujillo. Conocí a través del libro que en República Dominicana algunas historias se viven como condena por el maleficio del fukú, algo que sólo puede conjurar un zafa. Al leer las terribles vidas de Oscar y su gente, uno llega a creer sobre eso de "que las hay, las hay". Pero hay un personaje, más racional, que dice algo que me conmovió por su simple sabiduría. "No es maldición, es sólo la vida".

Debo confesar que nadie sabe al día de la fecha si mi estimado compañero de trabajo me hizo caso o no: algunos dicen que sí, que hasta lo vieron canchero darle la mano al hombre y desearle "suerte el domingo". Otros vieron una escena más dramática: cuentan que hasta lo abrazó ruidosamente y con un nudo en la garganta le susurró al oído: "¡Vamos viejo!". Pasaron los días y las tomas, según quienes las contaron, variaron en tiempo e intensidad.

No sé si mi compañero de trabajo, que en este clásico no jugó a nada porque tiene su corazón repartido entre River y Colón, me hizo caso alguno o me ignoró. Pero acaba de terminar el partido (con un infartante primer tiempo, un segundo aburridísimo, escenas de golpes y balas en el ingreso y lamentables proyectiles arrojados desde la popular a la cancha) y me acordé de él. Y los favores, sean obra de la magia, de la suerte, del fukú o de la vida, se agradecen. Por eso, "gracias colega; todo mi respeto".

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