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Miércoles 14 de Mayo de 2008

Tierra sombría

La noche de un día de semana es igual en todas las ciudades. París, Buenos Aires, Rosario o Montevideo, la única dueña del paisaje es la televisión: casi todos están frente a ella, sin hablar, mirando, aunque no viendo.

La noche de un día de semana es igual en todas las ciudades.

París, Buenos Aires, Rosario o Montevideo, la única dueña del paisaje es la televisión: casi todos están frente a ella, sin hablar, mirando, aunque no viendo.

Las calles son un desierto de inconmovible soledad. Nadie camina.

Es otoño y sólo las hojas deambulan por las veredas silenciosas.

Sin embargo, dentro de un taxi late una burbuja de luz.

Ellos están juntos y se ríen.

Viajan en medio de la oscuridad helada.

Buscan un bar abierto, cualquier bar abierto.

Quieren mirarse, tomarse de las manos, conversar y oírse hablando con el otro, abrir el corazón para que el otro tome lo tibio que hay adentro, escondido del mundo que todo lo congela, que todo lo vulnera, que todo lo corrompe, que todo lo consume.

Han bebido vino y el vino los ha bebido a ellos. Se beben con los ojos.

(Tienen miedo de que nada sea real, de que la tibia corriente que los une ya no vuelva a unirlos nunca, de que finalmente triunfe el gris sobre todos los colores de sus vidas).

El tiempo los acuna aunque será por pocas horas: las garras del futuro se cerrarán sobre su abrazo.

Pero una semilla fue sembrada en el pecho de la noche.

Y crecerá.

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