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Viernes 06 de Noviembre de 2009

Tienen entre 6 y 12 años y presentan un libro que nació con el juego

Jugando entre libros se convirtieron en escritores. Así quizás se puede resumir la crónica que llevó a este grupo de chicos a escribir, ilustrar y publicar sus propios relatos. El escenario fue (y es) la Biblioteca Popular Cachilo, en plena zona oeste de Rosario. No es raro entonces que el libro que presentarán mañana sábado, a las 19, se llame "Los cachilos te cuentan".

Jugando entre libros se convirtieron en escritores. Así quizás se puede resumir la crónica que llevó a un grupo de chicos que tienen entre 6 y 12 años a escribir, ilustrar y publicar sus propios relatos. El escenario fue (y es) la Biblioteca Popular Cachilo, en plena zona oeste de Rosario. No es raro entonces que el libro que presentarán mañana sábado, a las 19, se llame "Los cachilos te cuentan".

Todos están contentos y hasta un poco nerviosos: a la presentación oficial llegarán amigos, vecinos y familiares. La cita es en la sala de Virasoro 5606, allí mismo donde funciona Aire libre, la radio comunitaria, a la que también los pibes del barrio le prestan su voz. En realidad el espacio es algo más: un verdadero centro de "educación popular", como lo definen.

La tarde del miércoles es un hervidero de chicos y adolescentes en la biblioteca. Pero siempre hay un espacio para sentarse a conversar. Esta vez son los pequeños escritores que lo hacen para develar los secretos de su producción.

"Lo primero que hicimos fue imaginar los personajes en el taller de plástica", empieza Iván. "Les fuimos poniendo nombres, eran todos de monstruos", agrega Nacho y "después los fuimos dibujando", dice Candela.

Las historias de estos monstruos se fueron hilvanando de a poco "con palabras que fuimos escribiendo en un pizarrón o recortando y pegando de diarios y revistas", relatan Milagros, Alma, Rocío, Patricio y Juan.

Después surgieron los textos, algunos de escritura colectiva como el de Ignacio y Milagros, que titularon "Herebí se encuentra con Malo Muerto", la historia de un monstruo guitarrero que en lugar de un auto tenía un submarino.

La mitad del costo de impresión de los 300 ejemplares del libro (a color y en papel ilustración) la financió la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), la otra parte se reunió con la venta de papeles para reciclar. La imprenta oficial del Gobierno de Santa Fe los imprimió.

La producción de los textos no es casual. "Son chicos que participan desde muy chiquitos de las actividades de la biblioteca, que vienen a escuchar cuentos y que han crecido jugando entre los libros. Pensamos entonces que había que dar un paso más con ellos, y por eso los invitamos a escribir", resume Claudia Martínez, coordinadora de la Cachilo.

De esa manera se planificaron los encuentros, todos los miércoles de 18.30 a 20, se comprometió a las familias para que nadie falte, y el grupo de los pequeños autores tuvieron la posibilidad de participar de cómo se piensa y se produce un libro.

Pertenencia



 

La charla con los chicos se extiende por los gustos lectores. Nombran las historietas de Nik (Gaturro) y Quino (Mafalda). También a María Elena Walsh, “por lo disparatados que son los cuentos”, y alguien cita a Mark Twain, por “Príncipe y Mendigo”.

Todos sienten pertenencia con el espacio. Tanto que, por ejemplo, Luna dice que cuando crezca quiere ser “bibliotecaria” y Nacho ya piensa en “dar algún taller de plástica o teatro”.

Una de las virtudes de la Cachilo es la calidad literaria que ofrece. Literatura de la mejor, de esa que alimenta el alma y la imaginación.

Este año la biblioteca fue dos veces distinguida: con el Primer Premio Nacional al Mejor Programa de Incentivo a la Lectura “Graciela Cabal” que otorga la Conabip, por la iniciativa de sumar a los vecinos a la promoción de la lectura. Una actividad que hacen todos los sábados por la tarde entre los mates y las sillas en las veredas, donde los chicos se sientan a leer los libros que les presta la Cachilo, y los vecinos los cuidan.

El otro reconocimiento fue el de los “Maravilladores”, un premio internacional que otorga la Cátedra Iberoamericana de Narración Oral.

La planta de Bartolo



 

La Cachilo ocupa la esquina de Virasoro y Teniente Agneta, cerquita de Mahle, la fábrica donde los obreros resisten ferozmente un cierre y olvidos perversos desde hace meses. En la puerta hay un árbol, que simula ser “La planta de Bartolo”, un cuento de Laura Devetach, que es parte de su libro “La torre de cubos”, prohibido durante la dictadura por “exceso de imaginación”.

En el cuento, Bartolo planta un cuaderno en un macetón y crecen cientos. “Para que a nadie les falten”. En el de la Cachilo crecen libros, como una resistencia silenciosa para que nadie se prive de imaginar.

Luna, la autora de 11 años, lo expresa muy bien cuando escribe una dedicatoria en su libro: “Te doi algo que yo hice con mucho amor, para que lo leas y lo guardes en tu corazón”.

Y tiene razón, dónde más se pueden conservar las bellas lecturas.

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