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Domingo 24 de Enero de 2016

“Terminás haciendo cosas normales en una vida de loco”

Músicos y músicas en el prisma de Fernando Samalea. Baterista histórico de Charly García, integrante de Metrópoli, Fricción e Illia Kuryaki y partícipe de giras con Gustavo Cerati, este artista presenta en un libro detallado el lado menos público de su historia.

“Es un placer de niño”, sonríe Fernando Samalea mientras sopa una tras otra las Bay Biscuit en un tazón de café con leche. El rock también nos puede dar este tipo de sorpresas. Pero allí están, él, sus Bay Biscuit, el cuerpo flaco, los pelos revueltos, un brazo recién tatuado todavía cubierto por el nailon en la terraza de su departamento. Encontró ese departamento de pasillo en venta y vive allí desde hace unos meses. En el nuevo barrio, donde se unen dos zonas preciosas de Buenos Aires, Colegiales y Belgrano R, transcurre gran parte del libro de memorias que acaba de publicar, Qué es un long play (editado por Sudamericana). Samalea se siente rodeado de seres muy amados en esa casa. Por esas cuadras vivió Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, por ahí compartieron una casona que siempre tenía las puertas abiertas Fito Páez y Fabi Cantilo y también en ese barrio tenían el estudio los Illya Kuryaki. “Nací en Caballito pero me crié en Saavedra, en una parte bastante marginal, pero mis amigos y los músicos de la época de Clap y Fricción vivían en este barrio. Acá todavía está Lilian, la mamá de Gustavo. Son esas vueltas que tiene la vida, cuando empecé a revisionar mi historia me encontré con este lugar y me quedé donde empezó todo”, dice el músico con la cadencia propia de esas personas que no suelen estar demasiado apuradas.

Su primer libro de memorias, que abarca desde su infancia hasta 1997, empieza con una crónica imperdible de un recordado show que Charly García ofreció en Mendoza. La aventura terminó con un García entrando a la comisaría al grito de “¿Cuánto vale esta comisaría? ¡La compro!”, y sus músicos, incluido Samalea, perdidos por la ciudad buscando un lugar donde dormir. Pero después, a partir del segundo capítulo, comienza la vida de este compositor, baterista, bandoneonista, rockero y jazzero, desde su niñez hasta una segunda juventud junto a los Kuryaki. El segundo tomo, que ya tiene escrito, está dedicado a las giras y discos con Joaquín Sabina, su época solista y los viajes y grabaciones en Europa y los Estados Unidos, hasta 2010, un momento de gran tristeza, tras el accidente de Cerati, que los encontró a los dos en plena gira.

Samalea tiene más de un atributo para erigirse en el relator del rock nacional, tuvo la inmensa y extraña fortuna de tocar con todos los íconos populares, es un gran lector desde niño por lo que ejercitó una escritura precisa, por momentos exquisita y elegante, sin dejar de lado el humor, y cuenta con una memoria prodigiosa.

—Hay gran cantidad de datos, fechas y direcciones volcadas a través de todo el libro. Se podría decir que tenés una memoria sobrenatural. ¿Recordás todo?

—Las situaciones volvieron con el ejercicio que hago siempre de agarrar la moto y escribir con la compu en los mismos lugares donde pasaron las cosas. Así fui corroborando las direcciones exactas, las intersecciones y pude describir mejor las casas, los barrios. Las cosas no han cambiado tanto.

—También recordás los gestos.

—Es que una de las premisas del libro fue intentar captar la forma de hablar de cada uno. Me siento una especie de Conde Drácula. Ya vi por cuarta vez a la generación de los veinteañeros, viví la juventud de los 80, de los 90, del 2000 y de 2010. Por cuarta vez vi a las bandas nuevas, ese ímpetu juvenil por querer hacer cosas, las nuevas bohemias. Muy sutilmente cambia la forma de hablar, por eso quería rescatar no sólo la música de las épocas sino también la de moverse. Lo que más me fascina de las biografías que leí son las que permiten al lector captar los guiños de época. Mi vida fue así, grabé con un músico, otro que me vio me llamó y así se fue desencadenando todo. Con este libro quise lograr veracidad en los hechos, situar al lector en cada momento y que se sorprenda tanto como yo cuando se iban concretando los discos y conformando las bandas. Por eso cuento todo en tiempo presente. Incluso hablo en tiempo presente de personas que ya no están.

—¿Cómo fue escribir sobre esas personas ausentes?

—Fue de lo más difícil de abordar a nivel sensibilidad, volver a sentir conversaciones con María Gabriela (Epumer), con Gustavo, o con Horacio (Ferrer). No hago alusión a esas ausencias porque cuento todo en tiempo presente. Es una manera de mantenerlos vivos. Este libro viene a dejar un testimonio de esas personas vivas, sobre todo para futuras generaciones. Como una caricia a ese recuerdo.

—¿Por qué lo escribiste?
—Mi música solista es para una minoría, no ocupo el rol de una figura popular, pero viví un tiempo en el que me conecté con ocho o diez proyectos muy fundamentales. Charly, Gustavo, Andrés son verdaderos íconos populares. Mi caso es atípico, toqué con casi todos. Recordar desde el lugar de ese sueño de niño que quería tocar y que empieza a buscar para satisfacer ese deseo infantil fue muy gratificante. El escritor Sandro Romero Rey me sugirió que contase también mi infancia, para que se entienda de donde partí: de un monoblock de calle de tierra en Saavedra. Tuve suerte de estar en situaciones impensadas, en las que muchos hubiesen querido estar. Me gustaba la idea de que sea un libro sobre música, pero no dejé de lado la vida sentimental de mis compañeros, incluí mi relación con el fútbol, las películas que vi y las inquietudes religiosas, filosóficas y metafísicas. Se abrió un mundo inimaginable. Una cosa es lo que yo podía imaginar de Spinetta o Charly y otra la que fue. Charly es menos terrenal, vive una vida más surrealista y a Spinetta lo vi cocinando pizza y sushi, todo con una calidez especial. Él tenía un halo de artista increíblemente profundo, pero íbamos a jugar fútbol 5, adoptaba cosas de la vida real que en Charly son menos reconocibles. El libro es una forma de agradecer. Y es un testimonio único porque es mío. Eso es lo más difícil de entender. La vida de la música te enloquece muchísimo, terminás haciendo cosas normales en una vida de loco. Es difícil de explicar y las personas que lo ven de afuera les cuesta. Por eso el libro lo tenía que escribir yo.

—¿Porque vos sos el más cuerdo de todos?

—No, no. Me refiero a que lo podía haber escrito un periodista o un escritor, que era la primera idea de la editorial. Pero si vas a escribir sobre una persona, mínimo tenés que estar más loco que ella. Quise dejar mi testimonio, sin convertirme en un historiador, ni mucho menos. Tampoco quise escribir la historia del rock argentino, sí dejar un testimonio acorde a los hechos.

—Tocaste con los grandes, pero siempre como un personaje más silencioso.

—Es así, no soy una figura popular y no me puedo comparar con esos íconos, pero viví desde adentro el desenvolvimiento del rock argentino post dictadura, por ejemplo. También fui parte del público, por eso cuento todos los conciertos a los que fui.

—¿Hay algo que te haya puesto especialmente triste?

—Escribir sobre los que no están,  porque lo hice sin anestesia. Si tenía que recordar una conversación con Gustavo iba acá a dos cuadras a una plaza donde nos juntábamos a hablar de ovnis y fenómenos paranormales. O las charlas con Spinetta, que vivía acá a tres cuadras, por la avenida Elcano. Es un hecho bastante extraño ahora vivir acá, rodeado de esos recuerdos.

—¿Y algo que te haya generado alegría?

—Quise que el relato tuviese mucho humor, pero no al estilo Capusotto. Al escribir episodios con las drogas recordé situaciones muy graciosas. Si bien las drogas son algo muy pesado para muchas personas, también desencadena hechos desopilantes.

—¿No te viste tentado en escribir un libro maldito del rock nacional?

—¿Cómo sería eso?

—Un libro que contase anécdotas de las que no nos hayamos enterado.

—No hubiese sido ético. Aprendí que no hay nada más lindo que llevar una vida construida con buenas relaciones. No tengo derecho a meterme en la vida de la gente. Una de las expresiones más nefastas de la sociedad, después de las guerras y muchas cosas más, es que existan programas de chismes, gente que se dedica a hablar de las heridas de los otros. Una aberración. Muchas cosas no las conté, miserias tenemos todo pero yo no me meto con ellas. No idealizo ni miento, pero quería dale ese tinte poético para que un chico o una chica dentro de 30 años reconstruya en su mente lo que fue el rock argentino y se sonrían con un Charly o un Spinetta jovencitos haciendo sus discos emblemáticos o la primera fase de los Illya Kuryaki, con todo lo que fue el rap y el hip hop, un gran cambio dentro de la música.

—Elegiste contar la parte más feliz de la historia.

—Si me meto en algunas cosas lo hago con humor. Las internaciones de Charly fueron inevitables de contar, porque sucedieron, pero no hablo de nada que no sea público. A esos hechos quise darles el humor necesario para que, por ejemplo, la velocidad mental de Charly quedase intacta. Porque sus períodos de internaciones y sus momentos más duros él los atravesó con humor. Me gustaba, salvando las distancias, escribir al modo de Groucho Marx. Conmigo también hice lo mismo, no podía ponerme en el lugar de un monje porque no lo fui, así que  expongo mis cuestiones íntimas.

—¿Qué dijeron tus amigos músicos del libro?

—A Charly le resultó lindo volver a recrear muchos momentos. Le pareció bien el modo sistemático que lo encaré, con investigación y datos precisos. A los Kuryaki también les gustó. Creo que cayó bien en el ámbito del rock porque es un libro distinto a otros que no tienen datos tan detallistas.

—¿Qué incluirá el segundo tomo de memorias?

—Empieza en el 97, cuando dejé de tocar con los Illya Kuryaki y decidí salirme del mainstream para dedicarme más al bandoneón. No lo logré demasiado. Pero durante un tiempo estuve más tranquilo. En ese momento larga el segundo libro, cuando empiezo las grabaciones de los primeros discos libros, las grabaciones en Marruecos, Estados Unidos, Europa, Buenos Aires, son los períodos de viajes personales. El disco Tango bajos, con Melingo. También mi participación en A-Tirador Láser, con Lucas Martí; en el trío con Kabusacki y Migue García, que significa mi despedida de la Argentina, cuando en el 99 me voy a vivir a Madrid, con el llamado de Joaquín Sabina. Incluye las giras que hice con él y otros músicos por Europa. Las dudas sobre si vivir allá o acá. Mi vuelta en 2004. Y luego los cinco años con Gustavo. Y a su vez el descubrimiento del underground con Rosal, No lo soporto, Rosario Ortega. Termina en 2010.

—Con el accidente de Cerati.

—Sí, no niego ese hecho tan trágico pero sobre todo quise escribir sobre los más de 200 shows que hicimos por el mundo. Mi intención fue recrear en la imaginación toda esa época increíble. Nos quedamos con esa sensación tan extraña de que dejamos de hacer algo que seguramente no hubiésemos dejado de hacer. Pero el quiebre es ese. Después vino Prostitution con Charly, quedará para un tercer libro.

—¿Cómo abordaste una tragedia como Cromañón?

—Fue muy difícil. Porque no soy quien para juzgarlo. Tengo la sensación que en la historia quedó escrito que Chabán agarró una metralleta y mató a los chicos. Entiendo lo difícil que debe ser para los padres aceptar que algo así pasó, pero fijate que nunca se trató de buscar a la persona que tiró la bengala. Es un tema que se evita y hay una especie de pacto de silencio. Cromañón está mencionado para contextualizar una época, pero no me centré en ese hecho.

—Pareciera que fuiste un chico feliz.

—Mis padres fueron cruciales. Ellos llevaban una vida normal y yo siempre salía hacia zonas más experimentales. Pero me dejaban, por eso escribo y dibujo desde chico. Fui feliz, incluso con infinidad de carencias a nivel social. Y lo que construí fue asombroso, pensando del lugar de donde vengo.

—¿Pudiste contar todo también porque no te drogabas como tus colegas?

—No tomé drogas, pero evidentemente tuve la morbosidad de acompañar gente que se drogaba o acompañarlos a comprar drogas. Tuve amigos muy quemados desde chiquitos. Las drogas nunca fueron una tentación para mí. Pero si tengo que definirme mejor, en lo que me siento más “orgulloso” no es en que no consumí drogas sino que tuve una apertura al mundo de los libros, el cine experimental y al arte. No me considero un músico de rock solamente, pero a la vez sí lo soy. Toco el bandoneón, hago jazz, aunque no soy un músico de jazz ni de tango. Me apasiona leer, de chiquito fui a conocer y a charlar con Sábato, me apasiona el fútbol, viajar en motocicleta por la carretera, la vida de vagancia. No vivo la música como una profesión ni como una pasión desmedida. Soy confiable para sacar un disco de otro o mío, soy práctico, no me cuelgo. Soy una mezcla extraña de muchos mundos que se aunaron, y me pareció propicio hacerlo público para estimular a los chicos a ver que de cualquier lado se pueden lograr cosas hermosas.

Bio

Fernando Samalea es baterista, compositor, rockero y jazzero. Editó once CD-libros, integrados por temas instrumentales acompañados por relatos, y cinco discos en colaboración con otros artistas. Como baterista formó parte de bandas como Metrópoli, Clap, Fricción y el Sexteto Irreal. Grabó y participó de giras con las bandas de Charly García, Gustavo Cerati, Andrés Calamaro, Illya Kuryaki, Joaquín Sabina, Palito Ortega, Calle 13, entre muchos otros. Con su bandoneón realizó conciertos en España, Estados Unidos, Bélgica, Uruguay, Brasil y Argentina. Juega el fútbol, dibuja, viaja con su moto por las carreteras y es cultor del “ocio creativo y la vida sin responsabilidades”. Qué es un long play es su primer libro de memorias y ya terminó el segundo tomo.

 

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