Escenario
Sábado 24 de Septiembre de 2016

"Tenemos que mantener encendida la llama de nuestra música"

El músico salteño presenta hoy en El círculo su álbum dedicado a Yupanqui, un disco "para que no se olviden de lo nuestro", dice.

El Chaqueño Palavecino asegura que no le queda ciudad argentina sin conocer. "Quiza haya algún pueblito por ahí perdido que no conozca", comenta entre risas. Y parece cierto. Si desde principios de los 90 el Chaqueño hace vibrar los corazones de millones de argentinos, antes de ese momento y durante casi dos décadas surcó las rutas argentinas como chofer de colectivos, primero con la empresa Atahualpa y luego con La Veloz del Norte. A bordo de esas naves de fibra, sobreponiéndose al cansancio de los viajes largos, siguió componiendo, guitarreando, soñando su futuro de cantor. En 1988, con unos dineros que había podido reunir, pasa por Tucumán, graba y edita un casete: "Pa' mis abuelos esta zamba"; reincide un año después y publica otro, "Pal tío Pala". Este último, acaso de manera impensada, se vende muy bien en el Chaco boliviano y paraguayo y en Tartagal, y le da su primer apodo: "el zorzal del Chaco salteño". Un tiempo después, el Chaqueño se bajaría de los colectivos para siempre y ya nada detendría su marcha. Ayer colectivero, hoy amo entre los amos del cancionero nacional, este singular cantautor nacido en el paraje Rancho El Ñato, en los márgenes del Pilcomayo del Chaco salteño, saltó a la fama con casi cuarenta años y ocupa un un sitio encumbrado si se tiene en cuenta su popularidad y la pasión que despierta entre sus seguidores.

   Muchos rosarinos no son la excepción y forman parte de su apasionado universo. El Chaqueño toca hoy en El Círculo, a las 21.30, pero esta vez no habrá una tira y un vacío asándose detrás suyo, sobre el escenario mismo, como ha hecho algunas veces, poniéndole así a sus recitales una escenografía apropiada a lo que expresa y a lo que aman sus espectadores. Esta vez cantará junto a su grupo en el teatro de Mendoza y Laprida, una sala que él ama y elogia, tanto como a Rosario. "El Círculo tiene ese no sé qué parecido al Colón... qué sala, qué maravilla", dice del coliseo rosarino. Siempre seduciendo a su interlocutor con un chiste a flor de labios, envía saludos a los rosarinos, dice que los quiere y que la ciudad lo recibe con los brazos abiertos cada vez.

Tiene memoria, recuerda con nombre y apellido al empresario que en los tiempos bravos se jugó por él, arriesgó y organizó las actuaciones. "Cómo olvidarme de los Grimolizzi", dice. Y para no dejar afuera su otra pasión, el fútbol, recuerda a sus entrañables amigos rosarinos Jorge "Indio" Solari y Salvador Raguzza.

   El Chaqueño dialoga con Escenario desde sus oficinas de Buenos Aires en un alto de su ensayo, mientras no para de hacerle bromas a los músicos de su grupo que van pasando al lado suyo y que lo hacen correr del umbral donde está parado. "Estos sucios salen todos juntos ahora", dice, entre risotadas y dejando certezas, pero sin aclaraciones, de que no hay nada soez en sus palabras, sino puro y sentido afecto.

   Este nuevo desembarco de Palavecino en Rosario es especial. No llega para presentar lo último de sus sentidas composiciones, sino un CD en homenaje a Atahualpa Yupanqui. "De criollo a criollo. Homenaje a Don Ata. Mi versión". Sí, ese largo título tiene la placa y resume todo lo que el Chaqueño, siempre explícito, quiere decir. Son sus versiones, su propia voz, sobre lo más granado de la obra de Atahualpa. En su profusa publicación discográfica, esta es la segunda placa que dedica a otro compositor. Antes había sido "Abrazando al Caudillo", con canciones de Horacio Guarany, hace ocho años. De todo esto y de las cosas que le gusta hablar siempre, conversó el Chaqueño con Escenario.

   —¿Por qué este disco con las canciones de Atahualpa? ¿Qué importancia tiene Yupanqui en tu vida artística?

   —Ya se me había ocurrido hacerlo antes con Guarany, cuando hice "Abrazando al Caudillo". Y lo hago porque ellos, como Mercedes Sosa y tantos otros, son los grandes de nuestra música. Tenemos entonces que hacer un alto en lo que hacemos para hacerles un homenaje sentido. Yupanqui es alguien que se lo merece, para que los que vienen detrás de nosotros sepan que allí hubo un gran compositor, un gran guitarrista, un gran poeta y cantante. Sabés qué pasa, que el tiempo pasa, el tiempo avanza, y mientras tanto entra todo lo foráneo y por ahí se olvida lo nuestro. Los que estamos aquí tenemos que seguir arrimando el leño para que se mantenga encendida la llama de nuestra música.

   —¿Siempre cantaste las canciones de Yupanqui que incorporaste al disco?

   —No. Estas canciones fueron más escuchadas que cantadas por mí. Porque cuando yo empecé con mi carrera tenía que innovar, ¿sabés? Porque si no, yo no hubiese sido el que soy. En cambio ahora sí me permito hacer este disco, casi como un atrevimiento. Cuando hablo de innovar estoy hablando de la innovación de uno, de ser uno mismo. Entonces uno arranca cantando sus cosas y de poetas que a lo mejor tienen menor talla que otros, como Yupanqui. De hecho mi carrera ha sido así. Por ahí sí echaba mano a algún clásico no tan desgastado, como "Juan de la Calle", al que le puse violines, o "Déjame que me vaya", aunque a esta canción la cantaban hasta los perros ... (risas). Entonces cuando yo arranqué armaba mis canciones con un policía de la zona o con un compañero de los ómnibus. Uno era nuevo para el cancionero.

   —¿Y qué pensaste cuando estabas haciendo este disco? ¿Pensás que a Don Ata le hubiese gustado?

   —Sí, todos me dicen eso. Mirá, a Horacio Guarany tuve el gusto de conocerlo y nos hicimos amigos cuando hice aquel disco. A Don Ata no. Lo conocí a través de lo que me contaron y me hablaron de él, entre otros el Chango Nieto. Todos me dicen que a Don Ata le hubiese gustado mucho este disco que hice, que hubiese sido bien recibido por él. Creo que la esencia de él está en este disco. Pero también está mi sello. Es decir: ser uno también el que canta siempre estando presente la obra del compositor. Digo que si al caballo te lo prestan, que al menos el ensillado sea tuyo.

   —Los arreglos son de Manu Sija, un joven que es una especie de revelación del folclore, ¿cómo se conocieron?

   —Manu Sija es un eximio músico, muy atrevido, le sobra capacidad y a veces se bandea (risas). Durante la producción del disco él me decía: "Usted paremé". Manu hace lo que quiere. Es de los cañaverales tucumanos, de Simoca. Su padre amaba a Los Manceros y él a John Lennon. En este disco grabó bajos, guitarras base, bombos, violines. Lo hace todo bien, con muy buenos arreglos, más difíciles para el que acompaña que para el que puntea. Nos conocimos porque toca con el grupo Mataco y con Jorge Rojas, ¡que lo corrió por bueno! (risas).

   —Se suele hablar de la poca difusión del folclore o de "la penetración de lo foráneo", pero tus actuaciones y publicaciones parecen desmentir esa apreciación.

   —Por suerte nos va bien. Hice dos (teatros) Gran Rex. También Jorge Rojas hizo dos. Mi público es el obrero. Hacemos música argentina y nos va bien, sí. Pero quiero decirte en este punto que no soy yo solo, detrás mío hay mucha gente, somos muchos los que estamos, somos una fuente de trabajo. Doy gracias a Dios porque nos vaya así. Los que arrancan ahora, los más jóvenes, no tienen el empuje de la industria que había antes, cuando se grababa y atrás estaban las distribuidoras, el disco, la televisión, etcétera. Además antes no entraba tanto lo de afuera como ahora. Hoy los jóvenes graban en sus casas, y luego lo mueven por las redes sociales sí, pero no es lo mismo. Falta todo eso otro. Detrás de lo mío hay mucho trabajo. Algunos me dicen "qué suerte que tenés" y no es así. A la suerte hay que acompañarla, ayudarla. Hay que creer en lo que uno hace. Trabajar, cumplir, llegar...

   —¿Soñás con expandir los horizontes de tu música a otros países?

   —He andado por Canadá, por España, por Estados Unidos, donde hice la gira más linda. Me quieren mucho en Uruguay, en Bolivia, en Paraguay, en el sur de Chile. Pero bueno, tengo ya también un recorrido y prefiero trabajar más aquí, en mi país. A uno se le pasa ya esa locura de andar tanto. Cuando uno es un chango tiene ganas de saltar cualquier cerco, yo ya no. Estoy en una empresa nacional. Igual creo que lo mío hubiese andado muy bien en Colombia o en México, donde se aprecia mucho lo auténtico. Ahora en Salta soy guía turístico (risas otra vez)... Pero como ves, ando con muchas actuaciones aquí: ¡tengo más compromisos que loca nueva!

   —Recorrés mucho al país y decís que tu público es el obrero, ¿cómo ves la situación actual?

   —No me falta ninguna provincia por recorrer, ninguna ciudad grande y los pueblos los he pisado casi todos. Lo veo al país bien, yo siempre tengo esperanzas. Ahora hay sectores que están mejor, como el campo, y tengo fe que todo esté mejor. Aquí siempre el pueblo pagó, desde que tengo conciencia, y hubo épocas en las que la yerba estaba más cara que el whisky. Que Dios le dé una mano a quienes nos gobiernan, que vaya todo para adelante. Yo antes me ponía muchas cosas sobre mis hombros: ahora sólo me pongo el poncho, que es lo que me cobija.

"Catorce títulos memorables de la leyenda del folclore"

Es un disco que puede resultar extraño a primera vista en el catálogo del Chaqueño Palavecino. íntegramente dedicado a la obra de Atahualpa, el CD reúne catorce canciones memorables de la leyenda del folclore argentino. "Piedra y camino", "De aquellos cerros vengo", "Cachilo dormido", "La pobrecita", "Zambita de los pobres" o "El arriero", entre otras, se cuentan en el listado. En todas ellas se advierten dos particularidades que, lejos de excluirse, se asocian.

Por un lado está el inconfundible sello del Chaqueño,

que hace que su impronta, su espíritu frenético algunas veces, hasta convierta en bailable algunas canciones que parecían sugerir lo contrario.

Por otro, está el criterio y el gusto de Manu Sija, el talentoso músico tucumano por cuya cuenta corre toda la producción artística y los arreglos musicales.

   Si alguien pensaba que el folclore del Chaqueño estaba blindado frente a ideas nuevas o algún que otro refinamiento, estaba equivocado. Los arreglos de percusión y de violines de Sija embellecen la placa. Impar, la obra de Yupanqui aflora en la voz del Chaqueño y en la interpretación que, de su belleza, hace el talento de Sija.

Comentarios