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Domingo 06 de Diciembre de 2015

Te llevo dentro

Permanentemente él estaba pensando en ella, repitiéndola sin ilación en poses, actitudes, gestos y actos de todo tipo.

Cada vez que la abrazaba o le hacía una caricia, y no digamos otras cosas en las cuales el contacto se volvía más profundo, volvía a la calle con fragmentos de ella, con pequeños trozos que eran irrecuperables, para ella, y botines insignificantes para él, si lo hubiera sabido. Ínfimas capas de piel, costritas en las uñas, un cabello entre sus pelos, omitiendo el sudor y el perfume y las bacterias que viajaban en su saliva. Así salía él, en apariencia sin rastros que remitieran a lo reciente, y se sentía inocente y libre apenas subía al 153 y se perdía en dirección a su trabajo o a su casa. Pero no, no amigo, no. En el roce, en el choque, en la permanencia de los cuerpos enlazados o contiguos, mucho de él y de ella pasaba al otro y se combinaba en impredecibles alquimias. En ella y en él, aunque el hecho lo vivió él y lo de ella no fue tan grave. ¿No sentía él, acaso, ese olor de la dermis ajena entre sus huellas dactilares? ¿No captaba en su nuca los resabios del tacto de ella? Lo percibía, claro, pero estimaba que tras unas cuadras, al pasarse el pañuelo o al apoyarse en el respaldo del asiento, dejaría impregnado otro elemento del entorno y se libraría así de la compañía de ella que no debía ir con él, ni siquiera microscópicamente, en ese ómnibus lleno de rostros y pibes con viseras. Pero no, no ocurría: esos resabios del encuentro le quedaban adheridos a las manos, al pecho, al rostro, y al tocarse o frotarse o en el roce inocente, permeaban las barreras ligeras que lo protegían e ingresaban, despacio, silenciosas, en las profundas cavidades, invisibles al pobre ojo humano, exploradores diminutos de un cosmos misterioso e impredecible.

Luego, él entraba en su oficina o en la cocina de su casa, saludaba a sus compañeros o a sus gatos, y parecía tan enteramente él que a nadie se le podía ocurrir que pedazos ajenos lo estaban habitando. Todos nos llevamos cosas de otras personas sin por eso ser ladrones, por supuesto, pero el cuerpo las expulsa, las deja caer, las rechaza en un acto de independencia y de protección, sabiendo que hay fronteras que lo exterior no debe vulnerar. Pero ese mecanismo de defensa, en él, y puntualmente cuando se trataba de ella, empezaba a mostrar fallas, grietas, filtraciones y el peligro no podía anticiparse porque, al cabo, qué riesgo representan para un hombre entero las astillas o rebabas de una mujer ausente.

Si hubiera sido una vez, o dos, o tres, o muchas pero espaciadas, digamos con una semana de tregua entre una y otra, supongo que los efectos se hubieran disipado y el impacto hubiera sido menos tremendo. Pero no, ni él se contenía ni ella ponía compresas frías y la temperatura aumentaba y en cada encuentro, cada vez que se cruzaban en cualquier sitio, incluso en aquellos inconvenientes para el contacto, una nueva dosis de ella quedaba en él y no había forma de que se quitara todo lo que se iba llevando. Y día tras día, hora tras hora, todo eso indefinido y mezclado se acumulaba en una zona vacía de su organismo, entre un racimo de venas y arterias y un grupo de músculos sedentarios. Saliva, flujos, capas de piel, cabellos, vello de los brazos y las piernas de ella se reencontraban dentro de él y buscaban unirse, apelmazarse, adquirir una forma similar a esa que integraban fuera del recipiente que ahora los contenía.

Ya desde el principio, desde las citas inaugurales, él pensaba en ella de manera constante. En los momentos libres o cuando, en una pausa de las tareas, una imagen o una palabra lo exponía a un recuerdo en el que ella sonreía, gozaba o hablaba. Entonces, con todos aquellos pedacitos que se iban aglutinando en su pecho, la memoria se le afectó un poco más y las proyecciones de ella, envuelta por la luz del sol cruzando la calle, o desnuda en una silla, o mirando una medialuna antes de morderla, se le presentaban en una seguidilla alienante y feroz. Tanto, que podría asegurarse que en cada momento y aún imbuido en las actividades más diversas, siempre, permanentemente, él estaba pensando en ella, repitiéndola sin ilación en poses, actitudes, gestos y actos de todo tipo. Algo preocupante, si se piensa, porque él tenía una vida, obligaciones, intereses y gustos, desde culinarios hasta deportivos, y la sucesión ininterrumpida de ella: parpadeando, leyendo un libro de Cortázar, sellando un expediente antes de firmarlo, lo privaba del disfrute pleno de esas ínfimas distracciones que condimentan la existencia. Y podría agregar: lo obsesionaba.

Por eso, una vez inmerso en ese círculo que se retroalimentaba, él seguía yendo a nutrirse de ella y continuaba atrapando y absorbiendo, inconsciente, pestañas, cutículas, el pus de un granito, la grasita que supuran los poros. En fin, buscando saciarse de ella y huir, continuaba acrecentando aquello que conformaban todas las migajas de ella adentro de él, en ese espacio vacío entre venas, arterias y músculos que se iba llenando. Y pronto, muy pronto, hubo gente que empezó a confundirlo, a dejar de reconocerlo. O a no saludarlo, o a decirle, uy, caramba: o no te vi o pensé que eras otro… Hasta uno de sus amigos, con esa franqueza cruel que caracteriza a la juventud, le confesó que, si no fuera por la forma de hablar, lo hubiera creído un desconocido. ¿A tanto podía llegar el influjo, la alteración o el daño que le podía provocar la frecuentación de una mujer, precisamente, de ella?

Sí, y él, a la par del temor a perderse, sufría la angustia de que ese cambio que los demás percibían, arruinara la armonía de su existencia. Así fue que, una de esas noches, sentado en el sofá frente al televisor, acompañando de su madre, le preguntó si lo notaba raro. En absoluto, querido, fue la respuesta que apaciguó su ánimo. Pero ni lo había mirado al contestar, ni siquiera se había fijado si él era él, o un oso, o un guerrero de terracota o un payaso. No insistió, qué caso tenía, pero nervioso porque se sentía ahíto, colmado, a punto de estallar, se introdujo dos dedos en la boca para provocarse el vómito. Algo grande, rugoso, rasposo, pinchudo, pero también acolchado o esponjoso, trepó por su garganta. Aj, aj, aj, gargajeó él y plum, plush: una cosa inverosímil, inefable, cayó junto a sus pies y daba la impresión de ser una mezcla entre un erizo, una medusa y una rata.

Su madre continuó mirando el teleshow, y además, se puso a responder los mensajes que le entraban al móvil. Por esa razón, no se dio cuenta de lo que pasaba. Un alivio, indiscutible, una bendición para él que permaneció mudo y atónito, observando esa silueta amorfa y desagradable de pelos, piel y baba —pero que, en miniatura, se parecía y mucho a ella—, que se levantó del piso y salió corriendo para evitar que la descubrieran o pisaran. ¡Qué increíble!, pensó él mientras seguía la fuga de eso que salía al balcón y se aprestaba a saltar al vacío. ¡Qué increíble!, se repitió cuando escuchó que la cosa, a manera de despedida, le decía no te olvides de mí, te espero, como siempre, mañana bien temprano y la seguimos.

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