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Sábado 12 de Marzo de 2016

Talleres para crear, expresar, compartir e impulsar la integración con la comunidad

Imagen y teatro, circo y títeres, plástica, cocina, carpintería, entre otras propuestas, buscan afirmar la subjetividad.

"Me gustan los títeres, jugar y hacer muñecos", dice Zulema, de 47 años y participante de unos de los talleres culturales de la Colonia Psiquiátrica Oliveros. Esos espacios creativos tienen como objetivo crear herramientas para la participación e inclusión de los internos, desde una educación no formal.

"En todos los talleres la propuesta de actividades no sólo se proponen como entretenimientos, sino como un lugar para afirmar la subjetividad", indica dice Sandra Benigno, coordinadora del taller de teatro e imagen.

"La colonia", como se conoce a la institución hospitalaria Abelardo Irigoyen Freyre, dependiente de la Dirección Provincial de Salud Mental, del Ministerio de Salud de Santa Fe, se halla sobre ruta 11, a unos 55 kilómetros de Rosario, con unos 320 internos.

Por ser vecino de Oliveros, David Delena, profesor de circo y títeres, apunta a "trabajar con internos y chicos del pueblo, impulsando la integración con la comunidad. En ese marco señala: "Recuerdo que hacíamos pirámides humanas y los más chicos iban arriba, mientras los pacientes más grandes los sostenían formando la base".

En tanto, desde el taller de plástica, Fabiana Imola dice: "Hacemos un trabajo que no es fácil enmarcar en lo educativo (ver página 3) ,

Por otra parte, sobre la experiencias educativas de los usuarios, Miriam Boggino, psicoanalista y psiquiatra, que coordina las concurrencia de estudiantes y también fue responsable del áreas cultural, afirma que " el objetivo es que quienes puedan desarrollar el proceso de aprendizaje lo hagan en la comunidad, afuera de la colonia. Así surge la idea sobre el funcionamiento en la ciudad de talleres que compartan los vecinos, chicos y los usuarios de nuestra institución. Intentamos que participen de una actividad que les gusta, junto a otros y como una persona más".

Y, Patricia Llamedo, psicóloga miembro del Consejo de Dirección de la Colonia, señala que muchos tienen dificultades con la escolarización. En la institución se trabaja desde lo informal mediante los talleres, mientras que quienes pueden van al pueblo para cursar en una escuela primaria 239, de Oliveros".

Suspender esquemas. "Es sorprendente la capacidad de improvisar y entrar en ficción. Pasan a jugar y salen de la monotonía de ese lugar donde viven, tan agobiante y de encierro", dice Sandra al describir como se trabaja en el taller de imagen y teatro.

"Son muy naturales, saben que los están filmando y son desinhibidos. Pero pensar en cómo se comportan ellos y cómo lo hacemos nosotros, no está bueno", advierte.

"Partimos de pensar en la cultura como herramienta de transformación, y el juego con la ficción nos permite entrar en otro registro y suspender el esquema manicomial. Veíamos que un paciente parecía que sólo pensaba en su adicción, pero comenzó la actividad, la sostenía y que encontraba algo distinto, hasta una pasión".

A las actividades, indica, "vienen desde jóvenes a adultos, pero también vamos con películas para ver con los pacientes más ancianos que no pueden caminar. También vamos rotando por las salas, ellos eligen la película y como si fuera un cine, llevamos pororó".

Con respecto al tratamiento a los internos, dice que "cambió mucho, pero aún se los medica, y algunos son pacientes crónicos que llevan 30 años, eso provoca respuestas físicas distintas", explica la artista, clown de teatro callejero, feminista y obras infantiles.

Sobre la realización "Oliveros, la película", explica que surge de un proyecto colectivo del área cultural de la colonia, en 2013".

Al remarcar que el objetivo es "establecer lazos con el afuera y desde el arte y el trabajo en común", advierten que "ese vínculo no pasa sólo por la interacción de trabajadores e internos del hospital con personas ajenas a la institución, sino que además son eje temático de la película".

Con los vecinos. "Me crié en un campo al lado del psiquiátrico, soy de Oliveros. Yo tenía buena onda con los internos, pero era común que a los pibes nos intentaran asustar con amenazas como portate bien que sino vienen los locos. Además, decían que los perros no les ladraban porque no los veían porque andaban desnudos", recuerda David Delena.

"A veces íbamos a jugar bien cerca de hospital y salíamos corriendo cuando nos veían los internos. Luego, en el secundario, un cura piola nos llevaba a jugar al fútbol con los pacientes, nos quedábamos y comíamos empanadas con ellos".

"Siempre supe que iba a trabajar aquí, y tras entrar en el profesorado de educación física, trabajé en un club del pueblo y también en un centro de día y pasé a la Colonia. Armamos el taller de circo y llegaron a ser más de 30 pibes, de 7 y 14 años que trabajaban junto a los pacientes. La relación era muy buena, hacíamos pirámides humanas y los más chicos iban arriba y los pacientes más grandes los sostenían formando la base, también pintábamos murales y cocinábamos entre todos".

Ahora "en el taller que hacemos con Ayelén, vienen muchos a participar cuando en colectivo vamos al pueblo para hacerlo allá. Hace tres años que vamos, ya que también lo demanda esa comunidad".

Sobre la práctica, indica: "Se hace una entrada en calor y luego trabajamos la motricidad fina, con aros, pelotitas y hacíamos acrobacia, tela y clown".

"Una vez un compañero trajo un títere y tras jugar con el y hasta usarlos en asambleas, como yo vengo de la construcción de objetos, también armamos y manipulamos títeres. Me formé en el profesorado de títeres y de teatro que funciona en Viamonte y Moreno, también tengo experiencia en trabajos de circo, intervenciones urbanas, talleres de payasos, en el grupo de payasos autoconvocados y de arte callejero".

Sobre sus compañeros de trabajo, indica que "los más antiguos figuramos como en servicios sociales, somos operadores de salud. Por eso es difícil concursar con temas de cultura en un área que es de Salud. En lo referido a la actividad, dice que "antes el laburo cultural era para trabajar como laborterapia, luego llegaron los talleres y empezamos a articularlos con actividades con vecinos de la ciudad".

Turnos para dormir. "Mi papá se jubiló trabajando aquí, cuanta que hace más de 40 años había unos 1,200 personas, estaban hacinados y a veces hacían cola para poder dormir ,o compartían los colchones", dice Laura Cisneros que trabaja desde 1991. "Antes había tres maestras y se daban clases en un salón dividido en tres niveles, luego se fueron a otras escuelas. Con Fabián Gutiérrez llegamos en 1991 y somos ahora capacitadores laborales, yo doy el taller de cocina", dice Laura. "Hacemos pan tortas fritas y comidas y postre para el grupo del taller, antes también se cocinaba para todos, ahora eso se terciarizó", agrega .

 Revalorizar derechos

El bibliotecario Martín Rodríguez remarca que “la colonia vive su proceso de sustitución de lógicas manicomiales, lo que implicó abrir el área cultural. Los equipos terapéuticos se ampliaron, además de psiquiatras hay psicólogos, trabajadores sociales, abogados y se revalorizan los derechos de las personas. Hay salas de tránsito que abordan las crisis, pero con intervenciones breves. Lo que implica otra modalidad en la atención”.
  Admite que “se abrieron casas de medio camino, pero hace falta procesos de internación alternativo pensados desde lo territorial”.
  Sobre la medicación. desde el taller de circo, David Delena señala que “eso es todo lo contrario a lo que  impulsamos en los proyectos, ya que si una persona está dopados se le impide expresarse y participar con otros en las actividades”.

Usuarios. Entre otros de los cambios en los tratamientos y concepciones ideológicas sobre la atención de los internos, también se ha dejado de lado el clásico e histórico termino  de “paciente”. La palabra denota un comportamiento pasivo. Se tiende a utilizar la palabra “usuario”, por el derecho de toda persona de acceder a los servicios de salud mental.

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