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01-03-09 |
| Por Lisy Smiles / La Capital
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Una temporada en el infierno
Laura Meradi vivió una temporada en el infierno. Se hizo invisible ante miles de clientes. En bares, supermercados, financieras, call centers y locales de comida rápida. Laura tenía una ventaja sobre el resto de sus compañeros, sabía que era provisorio, más allá de la precariedad laboral. Ella formaba parte de la escena, pero a la vez era como una cámara testigo que registraba todo. Estaba escribiendo un libro: Alta rotación. Durante un año aceptó empleos para poder dar cuenta de una realidad que todos prefieren ignorar, los que la viven porque sino no podrían soportarla, los que la provocan porque es su negocio y los que creen que algunos detalles del capitalismo son tan sólo eso, detalles. Laura Meradi estudia Letras y siente pasión al escribir. Un día el editor de la colección Andanzas de Tusquets, Sergio Olguín, la convocó para que se sumara. La colección está compuesta por libros de crónicas. Ella pensó que sería sobre viajes. Olguín la sorprendió. La propuesta tenía que ver con el mercado laboral diseñado para los jóvenes: trabajo precario. Ella aceptó el desafío y comenzó a armar un curriculum para conseguirlos. Compró un traje invisible y se sumó a los cientos de miles de jóvenes que trabaja de lo que hay y que soportan también lo que hay. "Los trabajos pasaban por nuestra espina dorsal —describe Meradi—, haciéndonos una cosquilla profunda que dolía y desorientaba. Por esa raya sensible que nos sostenía desde siempre pasaban nuestros sueños y fantasías viejas, el presente inmediato en nuestro trabajo de turno y el futuro incierto que imaginábamos, ahora que el miedo al vacío nos había tocado hábilmente la nuca". Meradi acepta el diálogo con Señales, justo el día anterior a que se encuentre con un grupo de ex compañeros a quienes en la cita promete develarles su verdadera identidad laboral. Mientras trabajó con ellos, y con el resto, nunca dijo que lo hacía para escribir un libro. Esa situación atraviesa el libro constantemente, una mentira para decir la verdad. Un dispositivo literario para acercarse a la crónica periodística. En Alta rotación lo describe y lo padece, pero también en la última página lo fundamenta: "Si eres veraz, desaparece la sangre y retrocede la angustia". —¿Habías tomado antes este tipo de trabajos? ¿Qué sentiste en el primero? —Nunca había estado en este tipo de trabajo. Yo estaba en la Audiovideoteca de Escritores. Cuando fui al primero, Italcred, me fascinó por las posibilidades de escritura. Todo lo que hacía era para ser narrado. —¿Sentiste que la historia aparecía narrada ante vos? —Sí, era extraño porque por un lado aparecía como narrada, yo podía mirar todo como por encima mío, como si todo fuera una gran narración y yo tuviera como una cámara por detrás de mí mirando todo eso, y por otro lado yo sabía que cualquier cosa que hiciera podía cambiar esa narración. Era extraño y atractivo a la vez. —¿Con el editor acordaste desde el inicio no develar tu verdadera intención? —No, pero me salió así. Mientras transitaba los distintos trabajos, por un lado me encontraba con gente que me encariñaba mucho y me daba ganas de contarle, y por otro lado sabía que no me convenía para la observación. Es una discusión que aún permanece en mí. De hecho pasó un año, y recién ahora me voy a encontrar con algunos de ellos y se los voy a contar. No fue premeditado. Las historias que aparecían me llevaban a callarlo. —Contar mentiras para encontrar la verdad. ¿Para vos lo tuyo fue un trabajo honesto? —Sí, creo que sí, por eso la frase final del libro. Me siento absolutamente tranquila, igual todavía tengo que hablarlo con mis ex compañeros. —Cuando hiciste la experiencia tenías entre 25 y 26 años y ya eras vieja para algunos trabajos. ¿Eso qué te produjo? —Uffff, mirá, hoy te puedo decir que me siento más cerca de la gente de 40 que de 20, y creo que en esa sensación tuvo mucho que ver haber estado con gente que a lo mejor tenía tan sólo tres años menos que yo y estaba eso de que "ya sos viejo". Me encontraba con chicos de 22 años que decían "y no, qué voy a dejar esto, qué voy a hacer después". Este tipo de trabajo te lleva a eso. —¿No te pareció increíble que en algunos ámbitos, como el call center, chicos que tenían su vida más o menos asegurada igual aceptaban trabajar en esas condiciones? —Hay como una mentalidad de sacrificio, una mentalidad militar. Yo lo vi mucho en McDonald's, donde chicos de clase media soportaban cualquier cosa. Yo le contaba a gente de afuera y me decían: "Sí, mi hermano estuvo ahí, pero estaba bien porque él era un bardo". Como si estuviera bien que fueran explotados. —¿Por qué crees que los jóvenes precarizados son invisibles? —Porque me parece que están muy naturalizados. Vas a un supermercado y lo único que pensás es que querés que te cobren rápido y pasar. Yo hasta que no estuve ahí nunca había pensado la cantidad de veces que una cajera tiene que doblar su cintura, o tiene que levantar un pack de agua. O lo mal que te tratan en los locales de comida rápida. Es normal que existan promotoras muriéndose de frío, es normal que un pibe te llame a tu casa para venderte algo y lo putees, todo es como parte del mundo individual. —Estar afuera del sistema es un problema y estar adentro en estas condiciones laborales es destructivo. ¿Es inevitable pasar una temporada en el infierno? —Me parece que temporadas por el infierno pasamos siempre, pero el punto es hasta dónde lo elegís. Pero que el sistema laboral te lleve a eso, porque el sistema capitalista es así, me parece terrible. Puede ser que sea inevitable, pero no quisiera decirlo. Debería ser evitable. Cada uno debería entender lo que está pasando, mirar mejor. Los jóvenes precarizados deben dejar de ser invisibles. —Vos hablás de la imposibilidad de verse tal cual uno es, decís que uno sólo puede verse como reflejo, nunca en la realidad. —Sí, en estos trabajos se da esto de no poder verse uno mismo. Estás todo el tiempo comparándote con el otro, se busca ver lo que uno busca y necesita. No lo que es realmente. —Cuando vos agradecés a tus compañeros los nombrás como "los portadores de la historia". No son protagonistas. —Ellos traían esa historia y la siguen llevando, yo no los convierto en protagonistas. No hay un protagonista en este libro. Hay algo del presente en eso, un protagonista se queda en el libro y nada más. Es como una carga, no sé si les pertenece, esa historia está por sobre ellos. —¿Qué ventajas y desventajas te acercó que el libro fuera pensado como una crónica? —Lo que me encanta del género es la sensación de que vivís para escribir, que todo lo que ves puede ser escrito. Lo real que se transforma en narración me encanta. Además hay algo de las palabras que me fascina. No son las cosas, pero cuando ponés en palabras lo que ocurrió, las cosas están ahí. En ficción ese juego no lo ves tanto, me interesa mucho que las palabras logren documentar. Y lo más engorroso fue obligarme a tener un método para escribir y lo burocrático, describir los procedimientos a los que te obligan en cada sitio. Es más que tedioso pasar por eso y también escribirlo. Es lo que no se ve, los recorridos, los procedimientos para cada cosa, lo escenográfico de los trabajos, todo lo que se diseña para alienarte. Instantánea A pesar de que ocultó a sus ex compañeros que su objetivo era escribir un libro, Laura Meradi les decía que tenía una novela guardada. Cuando estaba trabajando en McDonald’s recibió un llamado de una supervisora pidiéndole un cambio de horario. Se negó. Al instante sonó el teléfono otra vez. Al atender temió que se repitiera el pedido. Error, la llamaban de una editorial para anunciarle que publicarían su novela guardada. Se trata de Mano izquierda. Merardi nació en Adrogué, Buenos Aires, en 1981. Escribió, además, el cortometraje Sorpresa, publicó el cuento "Papá y Mariela" y colaboró en la revista Lamujerdemivida. |
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