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Lunes 13 de Febrero de 2017

Suturar las heridas de la ciudad

Rosario siempre ha sido una ciudad de trabajo, no de turismo, necesita que quienes la representan y gobiernan la cuiden mejor que nunca.

Dicen —y dicen bien— que las ciudades se conocen caminando. Sin embargo, muchos de quienes ponen en práctica tan certera frase en París, Londres, Nueva York o Barcelona no lo hacen justamente en la ciudad donde viven, y que para colmo les da de comer. Rosario, por ejemplo.

Semejante contradicción, sin dudas antipática, podría pasarse por alto si se tratara de evaluar a quienes se desempeñan laboralmente en el sector privado. Pero aquellos cuya actividad se despliega en la esfera pública rosarina, carecen de excusas: su deber consiste en recorrer el paisaje que los cobija —y al cual se deben dado el salario que perciben— metro a metro. Y no precisamente a bordo de un automóvil lujoso, ni de un remís pagado por el Estado, sino a pie y hablando cara a cara con la gente, que es la que mejor conoce los problemas que sufre y las carencias que padece. ¿En qué quedó, por ejemplo, aquel pedido realizado por la intendenta en 2013 de que los viernes el gabinete en pleno se trasladara a su trabajo en colectivo?

Acaso correspondería, periodísticamente, buscar precisiones. Y averiguar, entonces, qué número de funcionarios o concejales de la ciudad se moviliza en ómnibus o cuántos de ellos se desplazan en bicicleta por itinerarios que no sean la calle recreativa un domingo al mediodía, cuando las cámaras de la prensa están apuntando. Pero no se intenta apelar aquí a la ironía fácil ni a la demagogia liviana, sino preguntar cuál es la verdadera relación entre el poder y la sociedad.

Aquellos que conocen Rosario a fondo y no se dejan engañar por fórmulas retóricas ni argucias publicitarias saben que la ciudad es mucho más que una. Tienen bien claro que caminar por la costanera, digamos, desde el Planetario hasta el parque Scalabrini Ortiz es muy distinto que recorrer los pliegues más profundos de las zonas oeste o sur. No ignoran, además, que en dichos puntos cardinales de la urbe es donde mejor se percibe la destructora acción del neoliberalismo, que llegó de la mano de la sangrienta dictadura y también, tristemente, respaldado por el voto popular.

Allí, en aquellos barrios que una vez fueron obreros o de clase media baja, hoy se perciben con crudeza los síntomas del agobio económico y social. En dichos sectores la ciudad, literalmente, sangra.

Tarea impostergable del Estado es suturar esas heridas.

Suturar significa invertir. Si las políticas nacionales desampararan a las mayorías, si la educación pública —avasallada sistemáticamente por quienes envían a formarse a sus hijos a instituciones que los visten de aristocrático uniforme— se viera cada vez más afectada por el "modelo" económico actual, tarea del municipio y la provincia (en caso de que no se encolumnaran detrás del mismo proyecto de país) será ayudar a quienes menos tienen, y hacerlo lo mejor que se pueda.

Mejorar el transporte público, que adolece de notorias falencias; llevar cultura gratuita a los lugares más postergados; implementar talleres que enseñen oficios a quienes carecen de cultura del trabajo; brindar la mejor infraestructura posible —y eso significa cloacas, pavimento, alumbrado, barrido y limpieza, construcción y mantenimiento de espacios recreativos al aire libre, defensa a ultranza de los clubes de barrio y de las olvidadas bibliotecas populares—. He allí una breve lista de objetivos a cumplir para capear la tormenta.

Herida por el neoliberalismo instalado en la primera magistratura de la Nación, Rosario —ciudad de trabajo, no de turismo— necesita que quienes la representan y gobiernan la cuiden mejor que nunca. Ojalá sean capaces de hacerlo.

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