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Domingo 19 de Abril de 2015

Superando las montañas de la vida

A 42 años de la tragedia. Pedro Algorta es uno de los 16 sobrevivientes del accidente aéreo de los Andes, acontecido en 1972. Le costó 35 años contar qué pasó en esos días

Pedro Algorta es uruguayo y economista. Está casado, tiene tres hijos y dos nietos. Recorre distintos países dando charlas sobre liderazgo, además de ejercer su profesión. Un hombre común. Así se lo ve, eso es lo que transmite. Pero Pedro Algorta tiene en su pasado una experiencia extraordinaria que aún conmueve a quien la recuerda: es uno de los 16 sobrevivientes del desastre aéreo de los Andes y soportó 71 días en la montaña donde sufrió hambre, miedo, frío, dolor. Mucho dolor.
Sin embargo, no se siente diferente ni especial. Cree que en la vida a todos nos toca subir montañas, que la de él fue enorme y difícil, pero que a su regreso encontró otros desafíos igualmente complejos. Incluso, en el presente tiene que seguir luchando con los avatares de la vida, algunos tanto o más duros que aquella tremenda vivencia.
La lucha por sobrevivir en la mirada de un hombre que se animó a hablar de la tragedia de los Andes 35 años después, que intentó durante décadas pasar desapercibido con el sólo fin de volver a la normalidad.
Una charla a corazón abierto con Más sobre el amor, el compañerismo, el trabajo en equipo, la familia y los caminos de la fe.
—¿Qué pasó durante los 35 años que no hablaste de la tragedia?
—Después de que nos rescataron de las montañas no pude contar qué me había pasado. Tuvieron que transcurrir 35 años para volver a esa experiencia límite. Durante todo ese tiempo sólo compartí este tema con mis hermanos de la montaña, que son los 15 sobrevivientes, y con mi familia. Intenté retomar mi vida y volver a la normalidad. Estudié en la universidad, pero ningún profesor supo que yo era uno de los sobrevivientes. Luego trabajé como uno más en distintas empresas argentinas. Muy pocos se animaron a preguntarme algo, y en homenaje a ellos, que supieron respetar mi silencio, escribí el libro Las montañas siguen ahí.
No me considero especial por lo que viví. Cada uno tiene su montaña que enfrentar e intentar subir. Cuando volví de los Andes me encontré con otras montañas que sortear, y nuevas pruebas. Esto nos pasa a todos en la vida.
—No pertenecías al equipo de rugby. ¿Por qué subiste a ese avión?
—Porque quería acompañar a los chicos y también porque iba a visitar a una novia que tenía en Chile. Nunca se me cruzó por la cabeza que algo podía pasar. Tengo imágenes confusas del momento del accidente, pero de lo que no me olvido es de la cara de mi amigo Felipe que estaba muerto a mi lado. Después vino la lucha por sobrevivir.
No sabíamos qué había pasado, ni cómo íbamos a salir de allí. En esos momentos sólo teníamos la certeza de que queríamos vivir como fuera. Se despertó en nosotros el instinto de supervivencia que nos llevó a organizarnos como equipo.
—¿Cuál fue tu motivación para luchar en la montaña?
—Tenía 21 años y quería vivir, volver a mis proyectos, a la universidad, a conocer chicas, a practicar deportes. Creo que nos salvó la incertidumbre, porque si nos hubieran dicho que íbamos a estar allí 70 días no hubiésemos resistido, nos hubiésemos muerto todos.
Nos salvó tener que enfocarnos en vivir ese instante, ese día. Creo que esa lección es importante porque te pone en contacto con las manifestaciones vitales más básicas y valorás la vida que tenés hoy, no mañana, ni ayer. En este sentido lo nuestro fue una experiencia existencial muy fuerte.
Muchas fuerzas las saqué de adentro mío, de esa comunicación profunda con uno mismo que uno logra y creo que es importante. Soy una persona con una vida interior y espiritual y creo que Dios opera en nosotros y eso me sigue dando fuerzas.
—¿Qué sensaciones, qué emociones aparecían cuando veías morir a tus amigos?
—No podía pensar en eso. Lo único en que me podía enfocar era en sobrevivir. Lo mismo sucede en la guerra o en los campos de concentración, las personas nos volvemos “básicas”. Cada día me buscaba el pulso para ver cómo estaba y me miraba las costillas para ver si se movían y yo respiraba.
En la montaña sólo pensaba en salvarme yo, en poner la energía en sobrevivir, pero en ese estado me di cuenta de que para vivir necesitaba de los demás. Por eso trabajamos en equipo. Nos unimos y formamos un grupo compacto que luchaba por sobrevivir. Esto pasa por el instinto de supervivencia y por esa llama interior que nos hace batallar hasta las últimas consecuencias. Así fuimos construyendo el espíritu de grupo. Ninguno se quiso escapar solo. Sabíamos que nos íbamos a salvar si nos manteníamos unidos.
—¿Cuál fue el momento más extremo que recordás?
—El primero fue cuando escuchamos por la radio que habían cancelado la búsqueda. Estábamos pendientes de las noticias a través una pequeña radio. Un día vimos pasar un día un avión cerca y creímos que nos habían visto. Esa noche festejamos ¡y nos comimos todas las provisiones que teníamos!, pero ese avión nunca volvió. Fue tremendo. Ahí caímos en la cuenta de que si no salíamos por nuestros propios medios moriríamos en la montaña.
El segundo fue el alud. Nos cayeron toneladas de nieve que entraron por la parte de atrás del avión. Quedé bajo la nieve, que al principio es porosa y por eso pude respirar un rato, pero después se congela y ya no puede pasar el oxígeno. Me empecé a quedar dormido, a morir... Y entonces un compañero me sacó la nieve de la cara y volví a respirar. Volvieron la fuerza y las ganas de seguir viviendo.
Ese alud mató a ocho personas, entre ellas el capitán del equipo, que era tan importante para todos, por lo que además nos vimos obligados a reconstituir el grupo. Ya sabíamos que no nos vendrían a buscar y que nosotros teníamos que salir de la montaña solos.
—Uno de los recuerdos más dramáticos para la gente es el momento en que ustedes deciden alimentarse con el cuerpo de otros. ¿Fue una decisión participar de la antropofagia?
—Fue producto de la debilidad, del hambre que teníamos, y es parte del instinto. Llamativamente lo empezamos a pensar varios al mismo tiempo. Hubo alguna conversación y se dieron argumentos: todos buenos desde el punto de vista racional pero también sabíamos que si no nos alimentábamos nos moríamos ahí. Una vez que lo hicimos sentimos que cruzamos una línea entre la vida y la muerte y nos empezamos a sentir mejor, eso nos permitía sobrevivir unos días más. Ellos fueron nuestros contacto con la vida, lo que nos dio la energía para seguir viviendo. Entendíamos que ellos nos estaban ayudando de esta manera y dijimos que si alguno moría entregaba su cuerpo a los demás.
—¿Cómo te sentiste mientras Nando Parrado y Roberto Canessa salieron en esa caminata que finalmente los llevó a Chile?
—Elegimos a nuestros caminantes, ellos eran los más fuertes, los más decididos. Fue todo un trabajo en equipo porque entre todos fuimos preparando esa partida. El 10 de diciembre finalmente emprendieron la caminata. Sabíamos que aquello era definitivo. Ellos caminarían aunque murieran en la montaña. Era la única salvación que teníamos. Si llegaban nos salvábamos. Ellos fueron nuestras piernas y lo lograron.
—¿Es verdad que rezaban juntos?
—Todas las noches dentro del avión intentábamos rezar un rosario. La oración nos armonizaba, nos hacía dormir y nos tranquilizaba. Era nuestro momento de paz. Todos participábamos de la oración, incluso los menos creyentes. Todos oraban a su manera. Yo agradecía a Dios estar vivo y que todavía tenía fuerzas para luchar. Pedía por mi familia y por Roberto y Nando que estarían caminando, y por los que estaban mal, pero sobre todo imploraba fuerzas para vivir un día más.
—¿Cómo fue regresar de la tragedia?
—Cuando caímos en la montaña éramos chicos comunes y corrientes. Cuando salimos de allí éramos personas que habían sufrido mucho y aprendido algunas cosas. Estábamos flacos, a punto de morir, pero contentos de salir de la montaña. También con algo de enojo porque todo el mundo pensaba que habíamos muerto, pero estábamos vivos. No fue fácil porque la gente no entendía cómo volvíamos de la muerte, pero nosotros no morimos nunca.
Volver fue producto de la resiliencia, esa capacidad de pasarla mal, de soportar lo indescriptible y de no romperse.
—¿Qué pasó con tu familia, cómo vivieron ellos ese tiempo sin noticias?
—Mi madre nunca me dio por muerto. Ella fue la que siempre tuvo esperanzas de que viviera. En cambio mi papá no. Todos (tengo cinco hermanos) intentaron hacer vida normal después de que se canceló la búsqueda. Al primero que vi en el hospital de Chile fue a mi papá. Cuando se enteró de que habían aparecido Canessa y Nando se tomó el primer avión a Chile. Cuando me vio, en un mar de lágrimas me dijo: “Perdoname, Pedro, te habíamos dado por muerto”. Lo traté muy mal por mucho tiempo. No fue fácil, pero más difícil fue para las familias cuyos hijos no volvieron...
—¿Y tu novia?
—Cuando volví ella ya tenía otro novio. Obvio, me había dado por muerto. Y esa fue una nueva montaña que tuve que subir. Eso es lo que fui comprendiendo, que después de subir una montaña aparece una más y después otra y esa es la vida: vivir subiendo montañas, superando obstáculos, sabiendo que se crece en cada uno de esos “escalones”. Pero todas las montañas son distintas y difíciles y te das cuenta de que tenés  que empezar a caminar otra vez. Yo hoy me angustio como cualquier otro, me gustaría tener un plus por haber estado en los Andes, pero no creo ...
¿Qué te dejaron las montañas?
Que para salir adelante hay que trabajar, y trabajar duro. En los Andes nos dimos cuenta de que teníamos que hacer todo para seguir con vida, había que estar enfocados y no podíamos aflojar. Aprendimos lo fundamental: tuvimos un equipo de gente que se dio cariño, contención y amor, tres ingredientes fundamentales para cualquier grupo humano. También aprendí a vivir con normalidad, que no es poco, porque es el resultado de la resiliencia.
—¿Cómo fue tu vida después de los Andes?
—Me puse a trabajar y volví a la Universidad. Me radiqué  en Argentina donde vivían mis padres porque necesitaba la contención familiar. Eso fue importante. Luego comencé a trabajar, me puse de novio y me casé con quien sigue siendo mi esposa, con quien tenemos tres hijos. Durante todos estos años ningún profesor supo que yo era un superviviente y tampoco muchos compañeros de trabajo. Lo importante para mí fue volver a la normalidad.
Creo que no hicimos nada extraño sino desarrollar el instinto de supervivencia. Eramos gente común y corriente, pero que alcanzamos resultados extraordinarios.
En todas mis actividades mezclo mi experiencia de los Andes. Todo esto me ha permitido comprender cómo sin haber sido jefe en la montaña yo siempre sentí que había hecho contribuciones importantes al grupo para que haga las cosas que tenía que hacer para adaptarse y sobrevivir. 
No era de los más fuertes, estaba en un estado físico bastante bueno pero no era de los mejores. Era consciente de que me tenía que alimentar y hacer ejercicio. Me daba cuenta de las cosas que pasaban porque soy una persona que sabe leer lo que sucede alrededor. Eso me sirvió para generar una estrategia de integración en el grupo, tratar de ser parte del equipo, de estar cerca de los que tomaban decisiones y de trabajar mucho, de aportar con el ejemplo. Era de los que si eventualmente había una nueva caminata se animaba a salir, pero menos mal que no hizo falta porque me hubiese muerto a los pocos metros.
—¿Qué querés transmitir en tus charlas?
—Que salimos adelante porque nos pusimos a trabajar y esa es la forma: trabajando se sale de la montaña, se sigue adelante. Cuando pensaste que habías superado una montaña aparece otra y que no queda otra que seguir luchando, que intentar avanzar el metro que me toca hoy.
Esta es una historia de superación y de haberla pasado mal, pero también una pequeña muestra de que con esfuerzo, con compañerismo se puede salir adelante.
—¿Cómo es tu vida ahora?
Tengo tres hijos que nacieron al poco tiempo de salir de los Andes. Aunque vivimos hace mucho tiempo en la Argentina mi esposa es uruguaya y eso nos acerca a Uruguay. Tenemos dos nietos. Mi montaña de hoy es que mis hijos estén en España... Nos quedamos nosotros dos solos con el perro. Me angustia mucho más que se hayan ido que haberme caído en el medio de la montaña. Este es el desafío que me toca superar ahora. •

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