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Sábado 21 de Diciembre de 2013

Subdesarrollo: ¿económico o cultural?

En foco. Cómo explicar las carencias cuando se cuenta con los recursos necesarios para enfrentarlas.

Un automovilista viaja durante la noche por una ruta de la región, en la zona agrícola e industrial más importante del país. Al llegar a un lomo de burro, colocado como única forma de que se respete la velocidad máxima, no alcanza a frenar y el impacto le hace perder estabilidad al vehículo, que casi vuelca. El accidente se produjo por dos factores: no funcionaba el semáforo con luz intermitente amarilla que indica la presencia de una elevación del pavimento y el lomo de burro no estaba pintado de un color fosforescente para ser fácilmente detectado en la oscuridad. A escasos dos mil metros de ese lugar, un puente peligroso, que ya se ha cobrado varias víctimas, parece haber sido bombardeado. Los baches del camino, angosto, sin marcación ni banquinas asfaltadas, tornan el tránsito imposible. Es lo más parecido a una ruta de un pobre país africano. Ambas situaciones puntuales llevan varios meses sin que ninguna autoridad intervenga.

Estos dos peligrosos casos viales son sólo un ejemplo de lo que ocurre en todo el país y en todos los ámbitos de la sociedad argentina. ¿Tienen que ver con la falta de presupuesto para mantenimiento o con una filosofía internalizada de desidia y abandono de la cosa pública? La deficiencia en la señalización del lomo de burro se soluciona con el trabajo de un electricista y algunos pocos litros de pintura amarilla, mientras que el camino averiado del puente con una cuadrilla comunal de obreros y un poco de cemento y asfalto. ¿Por qué entonces no se resuelven?

Estos ejemplos, menores sin dudas ante la inmensidad de situaciones aún más complejas, son el disparador para analizar y reflexionar sobre la capacidad de los gobernantes y las instituciones civiles y privadas para responder con responsabilidad a sus obligaciones.

El actual panorama de cortes de energía en todo el país (sean empresas públicas o privadas) es el síntoma del paradigma nacional: ir detrás de los acontecimientos y tratar de solucionarlos con parches y no de una manera estructural. En esta provincia, por ejemplo, el crecimiento económico e inmobiliario de la última década no fue acompañado por la inversión necesaria para dotar a la distribución de energía de la infraestructura suficiente para impedir el sufrimiento de miles de personas que no tienen luz. Más allá de los números y programas que distintos gobiernos han exhibido a través de los años en materia de inversión energética, la realidad es que el sistema no soporta el alto consumo de jornadas muy calurosas.

Con la provisión de agua sucede lo mismo. La red es ineficiente para abastecer a toda la ciudad durante todo el año y en verano esa carencia se hace más notoria.

En estos dos casos de servicios vitales para la población no se está en presencia de falta de recursos: el país tiene capacidad de generación y transporte de energía, lo que falla es cómo se la hace llegar a la gente. Con el agua sucede exactamente lo mismo: el río Paraná ofrece un caudal impresionante, pero no se acierta en distribuirla con eficiencia a toda la ciudad. ¿Es un problema de recursos económicos, malas conducciones políticas y técnicas o el mal argentino, casi cultural, de la improvisación?

Policías y maestros. Con las policías provinciales sucede algo similar: se ha "descubierto" ahora que no son del todo democráticas ni honestas, que están sospechadas de vínculos con el delito y que no trepidan en utilizar la extorsión para obtener mejoras.

Sin embargo, esta situación ha permanecido incólume por décadas hasta que explotó en todo el país. Con salarios miserables en relación a la función, que obliga a los policías a trabajar más de doce horas por día, es imposible contar con una fuerza ejemplar que sea eficiente y no se incline por la corrupción. Igual que con la luz y el agua, los recursos también existen: se trata de distribuirlos mejor y evitar el abismo de ingresos, por ejemplo en esta provincia, entre un policía y un senador o un director de una empresa pública u organismo de control provincial. También de revisar con criterio profesional y no político la nómina de personal, heredada durante años como si fueran capas geológicas, que trabaja o no trabaja en las áreas centrales del gobierno, sus organismos descentralizados, en los municipios y concejos municipales de cada ciudad santafesina. Con seguridad se hallarían sorpresas interesantes.

Con los docentes, que no tienen armas de fuego para exhibir, ocurre lo mismo. Como todos los años, en 2014 habrá puja por el salario, conflictos y escuelas con problemas edilicios. Los que educan a los niños deberían tener sueldos dignos que hagan que su única preocupación sea perfeccionarse y entregar lo mejor para el potencial más importante del país: la educación pública. Todavía no se entiende cómo un Estado laico subsidia en Santa Fe, y en otras partes del país, los salarios de docentes de colegios privados, que tienen fines de lucro, o religiosos de distintas confesiones. Todos tienen derecho a desarrollarse libremente, pero los recursos del Estado tienen que ser exclusivamente para la escuela pública. Los colegios privados deben resignar parte de su rentabilidad y los confesionales obtener fondos de sus feligreses o congregaciones (aquí o en el extranjero) y no de las arcas del gobierno. Con este simple cambio filosófico en la asignación del presupuesto público el maestro santafesino podría ser mejor remunerado.

Estado bobo. Pero no toda la culpa la tiene el Estado, que históricamente ha sufrido de la voracidad de sectores privados que se han enriquecido, muchas veces, por la ineficiencia o complicidad de los gobernantes. El caso paradigmático fue la nacionalización de la deuda externa privada que hizo la dictadura militar a través de seguros de cambios para favorecer a varias decenas de empresas endeudadas en el extranjero en millones de dólares, suma que pasó a engrosar el pasivo de todos los argentinos.

Esa operación financiera pergeñada hace poco más de tres décadas, a la que muchos economistas llaman simplemente una estafa al erario público, es la filosofía de algunos sectores empresarios que aspiran a obtener del Estado todo el beneficio posible sin contemplar otra situación que la particular. Ocurre en todo el país y a lo largo del tiempo. En Santa Fe, por ejemplo y para nombrar sólo algunos casos, se hizo lobby hace unos años para que el gobierno repavimente un par de miles de metros de camino hacia las terminales portuarias del cordón industrial. El polo sojero más importante del país se encuentra en esa zona y su rentabilidad es millonaria, pero las empresas allí instaladas le reclamaron al Estado santafesino una inversión de menor cuantía que ellas mismas podrían haber solventado con facilidad. Algo semejante ocurrió con una empresa aérea privada que ha recibido subsidios del gobierno. Cómo se explica todo esto sino en la intención de aprovecharse de los recursos de todos los santafesinos para beneficio propio. De esta manera y otras que serían innumerables mencionar, el Estado nunca contará con los recursos (que tampoco administra bien, sobre todo en épocas de campaña electoral) para financiar las áreas prioritarias de gobierno.

Dilema. Sin duda no todo es tan simple como parece en unas pocas líneas de texto. Serán años y varias generaciones de argentinos los necesarios para imprimir un giro copernicano a una realidad compleja y de múltiples factores políticos, económicos y sociales que entran en colisión.

Mientras tanto, se podría ir pensando si el actual déficit en áreas de infraestructura, vivienda y servicios públicos, entre tantos otros, son producto de un subdesarrollo irreversible que debe analizarse a través del materialismo histórico, del liberalismo económico, o por medio también del estudio de los procesos políticos, culturales y sociales que se desarrollaron desde la declaración de la independencia de la Argentina. Una buena tarea para pasar el tórrido verano que hoy comienza.

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