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Domingo 23 de Agosto de 2015

“Soy dibujante, no puedo ser otra cosa”

En diálogo con Más el historietista Horacio Altuna repasó sus inicios, sus creaciones con Carlos Trillo y habló de la actualidad del género.

Se lo ve tranquilo, habla pausado, es amable. En el lobby del hotel donde se hará la entrevista alguien se acerca y se presenta. Le dice que luego asistirá a una charla que dará en el Centro Cultural Parque de España y ahí larga una frase que se le escuchará varias veces: “Haceme preguntas incordiosas”. Horacio Altuna no quiere estar tranquilo aunque lo esté. Tiene 73 años y proyectos hasta los 102 años, asegura. “A mi del tablero me van a sacar con la fuerza pública”, promete. Ama dibujar, se define como un dibujante, “no podría ser otra cosa”, reitera. Detesta a los héroes, ni hablar de los superhéroes y en igual medida rechaza la corrección política. “Es aburridísima”, comenta. Altuna festejó sus 50 años con el dibujo en el marco de la convención de historietas Crack, Bang, Boom como invitado especial.
  En el Centro Cultural Roberto Fontanarrosa (San Martín 1080) Altuna dejó inaugurada una muestra que puede considerarse antológica. Allí, y hasta el jueves, están sus historietas, sus personajes, los que dibujó junto a su amigo Carlos Trillo: Las puertitas del Sr. López (publicada en El Péndulo y Humor, 1979-1982), El Loco Chavez (Clarín 1975-1987), Merdichiesky (SuperHumor, 1981), Charlie Moon (SuperHumor, 1986), Hot L.A. (Co&Co, Barcelona, 1992). Y también están las historietas que realizó como autor integral, las propias, como Ficcionario (Fierro, 1984), El Nene Montanaro (Clarín, 1994-2002) y Time out (Orsai, 2012). Pero entre ellas hay una, de trazos livianos, que es particular. Es la primera que dibujó como tal y la única vez que hizo una historieta sobre un superhéroe: Super Volador. Descubrirla entre todas las expuestas es un bonus track.
  Altuna nació en la ciudad de Córdoba, pero eso no lo hace un cordobés típico. Su lugar de nacimiento es un punto más en su itinerancia. Vivió en 14 lugares y los repite de corrido, uno por uno, y sin chistar. Su padre trabajaba en el Banco Nación y eso hizo que se desplazara con su familia. Por eso luego, estudiaría abogacía en La Plata.
  Altuna ama el cine, le gusta mucho. Su mirada ha sido entrenada en la narración cinematográfica, desde niño, como cuando iba con su madre los martes y jueves a ver películas de aventuras. Por eso cuando dibuja busca los encuadres, plantea escenas, hace las veces de director de cine, imagina narraciones. En diálogo con Más, repasa sus inicios, sus creaciones pasadas y actuales y reflexiona sobre el presente del género y la realidad laboral de los dibujantes.
  —Seguramente empezó a dibujar cuando era niño.
  —Sí, como todos, dibujaba lo que me salía, en el colegio era el más espabilado para hacer dibujitos. Entonces, me mandaban a hacer la bandera y todo ese tipo de cosas, pero siempre tuve una afición con el dibujo. En el secundario, también. Entre mis compañeros era conocido porque dibujaba mucho, pero me hacían dibujar escenas eróticas (risas). A los dibujantes, en general, a la mayoría, nos ha gustado dibujar de pequeños y yo creo que mi flash con respecto a la historieta fue con un tipo que se llamaba Alex Raymond que era un gran maestro americano que dibujaba a Flash Gordon y Rip Kirby, Ahí descubrí que eso era lo que me gustaba.
  —¿Y por qué le gusta dibujar?
  —Si ahora lo razono, te digo que es porque es un medio de expresión. Es como escribir, hacer cine, yo lo relaciono con ese tipo de forma narrativa. A mí me gusta sobre todo porque es un medio de expresión.
  —¿Usted se define como dibujante?
  —Sí, absolutamente, no soy otra cosa, no puedo ser otra cosa. No me saldría ser otra cosa. Bueno, sí, quizás escribir. En realidad, escribiría si no pudiera dibujar. Pero si puedo elegir, elijo dibujar. Es mi vida. Yo me di cuenta que era dibujante cuando decidí ser dibujante, la primera vez que publiqué, hace 50 años. Yo dije y sentí: “Esto es lo mío”. Antes había estudiado abogacía y había tenido una granja de pollos y había fracasado en las dos cosas, fue entonces cuando hice mi primer historieta que se expone ahora en la muestra del Fontanarrosa, ahí sentí eso.
  —La primera historieta es Super Volador.
  —Sí, tal cual, es espantosa, vista en el tiempo es vergonzante, pero forma parte de mi vida, de mi pasado, y yo no reniego de nada, estoy bastante conforme con todo. En esa historieta me habían pedido que hiciera un personaje que fuera igual que Superman, yo estaba empezando a hacer historieta en forma organizada. Copié a dibujantes como Joe Shuster, que hacía Superman, y me salió eso. A partir de eso nunca más hice superhéroes (risas). No me gustan los superhéroes.
  —Sasturain dice que usted dibuja no-héroes, o sea, tampoco antihéroes.
  —Claro, exacto, a mí el término antihéroes me parece que está muy manoseado, entonces lo que yo dibujo son gente común que vive situaciones especiales, no porque las busca o porque se levanta todas las mañana y se va a hacer una heroicidad, yo no creo en los héroes. Lo que a mi me gusta es hacer una historia donde a un tipo común le pasan cosas.
  —¿Usted estudió abogacía en Córdoba?
  —No, en La Plata. Yo viví en 14 sitios diferentes, porque mi padre era bancario, del Banco Nación, entonces era nómade. Nací en Córdoba pero viví en Tostado, Sastre, Necochea, Lobería, Lobos, Chacabuco, General Rodríguez, La Plata, Ciudad de Buenos Aires, Ramos Mejía, Haedo y ahora en Sitges (España).
  —¿Fue muy fuerte lo que sintió por la historieta para dejar abogacía o no estaba enganchado?
  —Yo empecé abogacía como suele ocurrir en la posadolescencia que uno tiene marcado una cosa que tiene que ser. Mi padre quería que yo tuviera una profesión liberal, entonces quería que siga abogacía. Y como yo no tenía la cosa demasiada clara, pensé que sí. Pero el tiempo que yo seguí abogacía milité más en luchas estudiantiles que en lo académico, con lo cual fui un fracaso, eso fue entre 1960 y 1961. Mi primer voto fue en La Plata y voté a Framini, en la elección a gobernador de la provincia, y anularon las elecciones. Y yo dije ¿esto es la democracia, todo lo que me enseñaron que es? Así arrancó mi experiencia democrática. Una desilusión.
  —¿Usted ni se incluye en la legión de humoristas cordobeces?
  —No, los respeto mucho, los quiero mucho y son indispensables en la historia de la cultura popular del país, más allá de la amistad que tenía con (Alberto “Gordo”) Cognigni, y que tengo con Crist.
  —Usted suele decir que es autodidacta pero con una aclaración...
  —Sí, suelo decir que soy autodidacta porque ningún maestro me enseñó, me dio clases, pero yo tuve maestros: (Alberto) Breccia, (José Luis) Salinas, (Hugo) Pratt son mis maestros, lo que no quiere decir que me acepten como alumnos ni sé qué opinarían sobre mis trabajos. Ellos han sido mis maestros pero no lo saben.
  —Alguna biografía sobre usted marca a Gianni Dalfiume, uno de los dibujantes de Jackaroe, como alguien que lo guió.
  —Con Dalfiume vivíamos en el mismo pueblo, cuando yo dejé abogacía. El, que era dibujante de Columba, me veía dibujar, pero además fue con él que hicimos una granja de pollos, era mi socio, y nos fundimos totalmente. Entonces él me impulsó a trabajar en el mundo de la historieta, con otro amigo, el Zurdo Díaz, que hacía los guiones. Entonces ahí empecé a hacer Super Volador. A los dos años, más o menos, entré a trabajar en Columba.
  —Eso fue un salto importante para usted.
  —Yo leía las historieta de Columba pero no me gustaban mucho. Sí, fue un cambio llegar ahí. Pero yo siempre digo  que cuando uno empieza en editoriales de bajo nivel y después pasás a Columba es como creer que llegás a Hollywood. Después, cuando me fui de Columba y entré en Clarín me parecía que era Hollywood; luego me fui a Europa y me parecía que estaba en Hollywood. En realidad, con el tiempo te das cuenta que Hollywood no existe. Eso es itinerancia, sólo eso.
  —¿Y qué hizo cuando estuvo en Columba?
  —Trabajé con Robin Wood, con (Sergio) Almendro y en la última etapa con (Héctor) Oesterheld, pero eran trabajos por encargo y yo cuestionaba mucho la forma de trabajo. No había diálogo, discusión. Me pasaban los guiones y yo dibujaba. Estuve ocho años en Columba pero yo cuestioné que se quedaban con los originales y que no reconocían los derechos de autor. En aquel entonces militaba en la Asociación de Dibujantes de Argentina (ADA), era dirigente, y yo proponía un plante ante la editorial y me pareció que tenía que ser coherente, exigí lo que para mí debía ser, y me fui, porque no me aceptaron. Yo quería la devolución de los originales y que me reconocieran los derechos de autor y no me dieron nada. Me fui.
  —¿Y qué hizo entonces?
  —Hice algo de publicidad y trabajé esporádicamente para algunas editoriales de Europa, que tampoco me reconocían los derechos.
  —Y continúa así, no entrega los originales.
  —Tal cual, no se los entrego a nadie, son míos, ni los derechos de autor, yo soy muy celoso de ese tipo de cosas. Si hacés una encuesta sobre todos los dibujantes del mundo para ver cuántos tienen los derechos de autor sobre su obra, no sé si habrá muchos. Pero yo sí los tengo sobre toda mi obra (ver aparte).
  —¿Le gusta el cine? Porque dibujar y escribir historietas, imaginarlas, tiene bastante que ver con la narración en el cine.
  —Sí, me gusta mucho el cine. Hay autores del mundo del dibujo o de la ilustración que tienen referencia en el arte, la pintura. Yo no, para mi es el cine y la fotografía. Cuando era chico, cuando vivía en Lobería o Necochea, iba mucho al cine con mi madre. Los martes y jueves iba a ver dos o tres películas por función, era todo el cine americano de los años 40 o 50, me formé con ese cine. Eso me quedó como forma narrativa y después siempre seguí vinculado a ese mundo. Ahora detesto todo lo que es zombie, terror, superhéroes, a lo mejor me pierdo cosas, pero yo no los veo. Me gustan mucho las películas de Robert Altman, Bertrand Tavernier. Lo último que vi fue Nebraska (de Alexandre Payne) que me gustó mucho, también La grande belleza (de Paolo Sorrentino), me gustan los hermanos Cohen, Woody Allen.

   —¿Y en qué rutinas de su trabajo aparece el cine, elige los encuadres?
  —Sí, tal cual, hago muchos bocetos, busco mucho la forma narrativa en lo que tengo que contar, busco el encuadre para lograr la mejor forma de narrar la historia que quiero contar. Más allá de los resultados, eso es lo que intento. O sea, ser leal a mi mismo.
  —¿Cómo es dibujar con un guionista?
  —Antes de Carlos Trillo yo trabajaba con guionistas que, a pesar de que los conocía, no discutíamos. A mi me pasaban el guión, yo lo dibujaba, lo entregaba y adiós.
  —Y los guionistas no piden modificar dibujos.
  —No, jamás me pasó. Nunca me pidieron modificar un dibujo. Esa manera de trabajar es una forma de producción con la que yo no estoy de acuerdo. No hay diálogo. En cambio con Carlos (Trillo) que teníamos afinidad, es decir, éramos amigos, hacíamos las cosas juntos. Nos reuníamos. Todo lo que hicimos juntos con Trillo no lo hizo Trillo entregándome el guión, nos íbamos a un bar, discutíamos, y así salía. Así fue siempre.
  —¿Lo pudo volver a hacer?
  —Con Hernán Casciari, en parte, y no, nunca volví a hacerlo con alguien.
  —Ahora está haciendo guión y dibujos.
  —Sí, tal cual. En la tira que sale en Clarín. No estoy haciendo otra tira. Sí estoy trabajando para Francia con un proyecto que es distinto, que es casi un documental, una historieta sobre una pelea que hicieron Alí y Foreman en Kinshasa (República Democrática del Congo) en el 74, con un guionista. Está el fotógrafo de esa pelea y la agencia Magnum. Y después algo que estoy haciendo para Italia. Voy a dibujar Tex, una historieta italiana de culto, tira 200 mil ejemplares, el personaje tiene más de 60 años. El esquema es simple: llega a un pueblo, resuelve un lío y se va por un camino polvoriento.
  —¿Qué opina del auge de la novela gráfica?
  —La novela gráfica es historieta, lo bueno que tiene la novela gráfica es que aborda temáticas que la historieta no abordaba, hay más vida cotidiana, más introspección, más intimidad, menos acción, aventura. Es una mirada diferente, llega tarde, porque se tendría que haber empezado mucho antes con la novela gráfica o con esas temáticas. Trillo decía que la historieta atrasa, siempre hemos estado muy a la zaga del cine. A través del cine en el último siglo uno puede seguir todos los movimientos culturales, políticos, sociales del mundo. A través de la historieta, no. A través de la historieta es un recorrido corto, muy poco es lo que se puede saber a través de la historieta de lo que ha pasado en el mundo.
  —Igual, si uno mira hoy Las puertitas del Sr. López, por ejemplo, algo expresaba de lo que se sentía en el ambiente, a traves del juego entre la represión y la sublimación.
  —Sí, claro, por eso decía que para mí dibujar es una forma de expresión. Lo he hecho y lo sigo haciendo, siempre hay un contenido social, reivindicativo, ideológico. El Nene Montanaro que hice durante diez años, durante el menemismo, a mi me gustó mucho hacerla y pasó sin pena ni gloria, y fue la historieta más política que he hecho en mi vida. Cualquiera que lo relea o que lo lea, va a ver cuatro meses dedicados a desaparecidos, al gatillo fácil, al racismo, a la corrupción. Pero pasó desapercibida.
  —¿Usted se fue del país cuando terminaba la dictadura?
  —En el 82, todavía estaba. Yo decidí irme en el 81, sacamos los pasajes y nos los dieron para abril del 82 y justo cayó la guerra por Malvinas. Nos fuimos en plena guerra, pero no me fui por esa guerra. Tomé la decisión un poco harto de la dictadura, a lo que se sumó la crisis de los 40. En Europa no me conocía nadie, absolutamente nadie. Yo acá en Argentina sentí que estaba en un techo profesional porque estaba en Clarín y en Humor, todo el mundo me conocía, era un tipo con un éxito razonable y me fui allá a empezar de cero, y me gustó el desafío. Estaba en la crisis de los 40, tenía un estado de ánimo revulsivo.
  —Cuándo usted y Trillo sacan El Loco Chávez, Clarín justo renovaba su contratapa, fue un momento clave para la historieta.
  —Sí, claro, estaba Crist, Fontanarrosa, Caloi, fue maravilloso. Fue algo histórico, una especie de conjunción astral. Era como ir a remolque porque estar en la misma página con tipos como Caloi o Fontanarrosa, Crist, que arrastraban su público, es como estar en un programa de televisión después de otro programa que de te deja un raiting alto. Yo decía “este es el sitio”. Fue fantástico.
  — Usted se ha mostrado molesto con algunas críticas, a las que ha calificado como un exceso de corrección política.
  —Yo detesto lo que es políticamente correcto, lo detesto profundamente. Vengo de un país, España, que ha hecho un culto de eso y es aburridísimo, y detestable porque esa es una forma de censura. Cuando esa corrección política toma carnadura en la gente que lee, la censura no la hace el director del diario o la publicación sino la gente, que te exige cómo hacés tal cosa con el personaje. Yo he recibido crítica en la tira que acá sale como Es lo que hay y que en España se llamaba Familia tipo a través de cartas donde me decían “por qué la mamá no trabaja. Eso es machismo”, como si ser ama de casa fuera no sé qué. O también señalándome por qué yo hago siempre chicas lindas. No hago siempre chicas lindas, hago de todo. Lo que sucede es que hay concesiones al género, entonces si tengo que hacer una novia trato de hacer una chica linda, pero porque me sale a mi. Pero si yo tengo una frustración es no poder hacer una mujer atractiva, como las que conozco y que son millones, que son más atractivas que las mujeres muy atractivas. Donde lo atractivo viene de adentro para afuera, a mi las mujeres que más me han gustado en mi vida no han sido bellezas esculturales. Y yo no sigo un esteriotipo de la historieta donde los malos son feos y los buenos son lindos. Es un tema para discutir, por qué no hay héroes negros, por ejemplo, o por qué durante un siglo no fue una lectura dedicada a la mujer, a las chicas. Eran lecturas infantiles o juveniles para varones. Ahora con la novela gráfica o con el manga se ve el cambio, hay lecturas para todos.

Fontanarrosa

Mientras algunos pedían  que firme sus libros, otros buscaban sacarse una foto con él, Horacio Altuna se mostró complacido con su participación en Crack, Bang, Boom. Le gusta estar en Rosario.
  “No he tenido una conexión en particular con la ciudad, salvo la amistad con el Negro Fontanarrosa, éramos muy amigos. Pero era una amistad no cultivada del todo, por la distancia. El  en Rosario y yo en España, pero entre el 75 y el 82 nos veíamos bastante seguido porque hacíamos giras por entonces, con él, Cognigni, y Caloi. Ibamos por el interior, nos invitaban y la pasábamos muy bien, además éramos compañeros en Clarín y Humor, era una relación que siempre se mantuvo hasta que él murió. Nos queríamos mucho, yo siempre lo quise mucho y sé que él también. Era un gran tipo. Entra dentro del grupo de gente que es irreemplazable. No se puede reemplazar, qué o quién lo emparda, nada ni nadie. Caloi es otro, Olmedo, Guinzburg... son irreemplazables. Son maestros, son tipos que lo que han hecho no se puede repetir.

Entre estos tipos y yo...

Horacio Altuna se muestra agradecido por poder hacer lo que le gusta y trabajar de eso. Suele recordar que “ser dibujante argentino en el mundo tiene prestigio; es como técnico alemán. Ser argentino califica”. Ese orgullo que muestra también lo exhibe al momento de defender sus derechos como autor, una tarea que además le interesa que se torne colectiva.
  Durante la charla que brindó en el Teatro Príncipe de Asturias del Centro Cultural Parque de España alguien le preguntó por su relación con los editores, sobre cómo se llevaba. “No me llevo”, contestó, cortito y al pie. Pero rescató a dos: Andrés Cascioli y Hernán Casciari.
  “Cascioli fue el primer tipo que reconoció mis derechos de autor y me devolvió los originales. Antes, cuando los tenía que entregar sentía que me despedía de ellos, era como un desgarro, son algo mío pero no es una cuestión de propiedad, es difícil de explicar”, expresó.
  Con Hernán Casciari la relación es más cercana. Casciari lo tentó a Altuna para que se sume a la revista Orsai. En un primer encuentro Altuna escuchó todo lo que soñó alguna vez oír de la boca de un editor, y para adentro pensaba “este tipo es un chanta”, pero finalmente se enganchó. Aunque la revista no sobrevivió, Casciari editó a Altuna un bello libro que contiene bocetos de dibujos eróticos, muchos de ellos publicados en Playboy.
  Ese libro, Cuadernos secretos, tuvo dos tiradas que se agotaron. “Es clarito el tema, yo editaba con Planeta, con millones de lectores, y me decían que había vendido tres, cuatro libros, y con Orsai se vendieron 2 mil ejemplares en un mes y medio”, detalló.
  Con Casciari, “El Gordo”, como le dicen, se selló una amistad. “El casi no sale de su casa, en Barcelona, es como un hermitaño, pero una vez por semana nos encontramos, lo quiero mucho, nos reímos mucho, somos los dos de Racing y no valen las cargadas, ya demostramos lo que había que demostrar”, afirma en diálogo con Más.
  Altuna llevó su batalla por los derechos de autor a Crack, Bang, Boom. “A mí me fascina este tipo de encuentros —explicó—, porque es un acercamiento y una puerta que se abre a lectores nuevos. Pero yo pienso que tendría que ponerse más el acento en la profesión. No en ésta en particular, sino en todas las ferias que yo voy se habla mucho de lo que hacemos, pero no por qué lo hacemos, cómo lo hacemos y cuál es nuestra situación. Y eso es muy importante. Yo soy un militante reivindicativo de los derechos de autor y de la situación laboral del dibujante. Eso ha sido siempre una motivación por la que he actuado en esto. La relación tendría que ser horizontal entre el editor y el autor, y no de empleador a empleado como la quieren imponer. Hoy por hoy es una lucha individual que es lo que les gusta a los editores, que es lo que favorece a la patronal, pero por suerte se está reflotando la Asociación de Dibujantes de Argentina (www.a-d-a.com.ar) que integra el recientemente formado Instituto Nacional de Artes Gráficas (Inag)”, celebró el dibujante.


 

 

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