Policiales
Sábado 20 de Agosto de 2016

Sorprenden a un comerciante dentro de su casa en barrio Bella Vista y lo matan de dos balazos

Dos jóvenes aprovecharon que la puerta estaba abierta para ingresar a la vivienda. La víctima trató de defenderse con una escopeta.

"¿Qué voy a hacer ahora sin mi papá?¿Qué voy a hacer?" El llanto y los gritos de Luciana estremecían la mañana de ayer a los vecinos de Avellaneda al 1900 y a todos aquellos que estaban en el lugar. En el ingreso a la casa de su familia el cuerpo de su padre, Héctor Enrique Villarruel, de 74 años, yacía en el suelo con dos balazos en el pecho. Poco antes, a las 7.50, dos hombres vestidos con ropas de trabajo habían aprovechado que la puerta del domicilio estaba mal cerrada y ganaron el interior con supuestos fines de robo. Al darse cuenta de lo que sucedía, el dueño de casa se aferró a su escopeta perdicera y enfrentó a los maleantes. Pero no le dieron tiempo a nada. Uno de ellos forcejeó con el hombre y lo mató de dos disparos en el costado izquierdo del pecho. "Los disparos fueron desde muy cerca. La víctima tiene quemaduras en la piel" producto de la deflagración del arma, explicó el fiscal Rafael Coria, quien llegó hasta la escena criminal.

Mientras Villarruel exhalaba sus últimos suspiros, los dos maleantes salieron a la carrera sin robar nada. En tanto la esposa de la víctima, Laura, trató instintivamente de retenerlos cuando regresaba del quiosco al que había ido a buscar el diario y se topó con su marido forcejeando con los delincuentes. En la fuga los malhechores cruzaron a la carrera el bulevar Avellaneda y corrieron hacia la cortada Juan Vélez, donde se subieron a un auto negro que los esperaba con un cómplice a bordo "y huyeron por la cortada", según explicó el fiscal Coria. En el lugar no quedaron vainas servidas, por lo que se estima que los maleantes usaron un revólver. Y en la mampostería de la casa quedó la perforación de un escopetazo ejecutado por Villarruel, aficionado a la caza menor, en medio del forcejeo. "El lugar es un desastre. Hay sangre por todos lados", indicó un allegado a la familia mientras el nieto de 14 años de la víctima trataba de limpiar con un trapo de piso.

Hombre de barrio. Héctor Enrique Villarruel tenía dos hijos. Luciana, de 38 años y fruto de su primer matrimonio. Y un muchacho de 35 años, nacido de su segunda pareja, quien hasta ayer estaba de vacaciones en Holanda. El hombre tenía una agencia de autos usados en la esquina de Avellaneda y Riobamba, a un par de cuadras de su casa, desde hacía 33 años. En su juventud había sido boxeador amateur y hace un mes, jaqueado por el reuma, estuvo internado varios días. "Villa era un hombre excepcional, un hombre emprendedor que tenía una presencia muy fuerte con sus nietos. Y uno de esos chicos, hijo de Luciana, está por debutar en el boxeo amateur. El lo acompañaba y lo aconsejaba", contó Isabel, su ex esposa y madre de la mujer que no paraba de llorar en la puerta de la casa.

"Nosotros nos separamos hace 35 años. Nos dimos la mano y convenimos vivir en el mismo barrio para que nuestra hija no perdiera contacto con ninguno. Yo vivo a ocho cuadras de acá y la relación con él era muy buena. Y también lo es con su esposa. Sus hijos y sus nietos lo valoraban mucho. Hace 15 días estuvimos en el club Godoy, porque el nieto de 14 años está por debutar en el boxeo amateur. Pero esa vez no pudo hacerlo", contó casi sin parar la mujer. Y siguió: "Hace seis meses tuvimos a nuestra hija (Luciana) muy enferma y toda la familia estuvo tirando junta. «Villa» era un gran hombre y es una enorme tristeza que lo hayan matado así", explicó Isabel, con los ojos agotados de tanto llorar. "Para pelearle al reuma, todos los días caminaba ida y vuelta hasta el parque Independencia, era un luchador", agregó.

Mal cerrada. Según la reconstrucción del fatal episodio, poco antes de las 7.50 de ayer la esposa de Villarruel salió de su casa para buscar el diario en un quiosco ubicado a 100 metros de allí. A esa hora el bulevar Avellaneda es muy transitado por quienes emprenden su jornada laboral o padres que llevan a sus hijos a las escuela de la zona. También suele haber mucha gente en las esquinas esperando las tres líneas de colectivos que pasan por allí.

Pero nada de eso intimidó a los delincuentes. En el ínterin en que la mujer de Villarruel fue al quiosco de diarios, los dos hombres vestidos con ropa de trabajo y un balde de albañil en sus manos manotearon el picaporte de la puerta de la casa y como no estaba cerrada con llave pudieron entrar. Villarruel se dio cuenta de que quien había ingresado no era Laura y buscó su escopeta. Arma en mano salió al living y enfrentó a los malhechores. A un metro de la puerta de ingreso, que quedó entreabierta, el hombre forcejeó con uno de los intrusos, quien le trabó la escopeta y realizó dos disparos que impactaron sobre el lado izquierdo del pecho de Villa. Fue entonces que Laura regresó.

El escape. Una testigo que esperaba el ómnibus en la esquina de Avellaneda e Ituzaingó vio el epílogo del hecho. "Estábamos esperando el colectivo y escuché las detonaciones. Creo que fueron cuatro. Giré la cabeza y vi que dos hombres jóvenes salían corriendo de la vivienda y que la mujer los salía a correr como podía. Los tipos cruzaron Avellaneda y fueron hasta un auto negro que los esperaba en la esquina", explicó la mujer ante los periodistas. Los gritos de Laura alertaron a los vecinos y uno de ellos dio aviso al 911.

"La persona fallecida llegó a disparar su escopeta, pero no sabemos si el disparo lo efectuó él o fue producto del forcejeo. Hay dos impactos de proyectiles de escopeta en la mampostería de la casa", explicó el fiscal. "La escena del crimen no fue filmada, pero estamos buscando cámaras privadas y públicas para ubicar e identificar el auto en el que huyeron los delincuentes", agregó.

Desazón y hechos. "¿Vio lo que le pasó al Pelado? Ya no se puede vivir más acá", le comentó un comerciante a una vecina en la puerta de la agencia de autos de Villarruel. "Al Pelado no sólo lo conocíamos como vecino, tenemos nuestros comercios ubicados a unos pocos metros y el contacto era diario. Muy buena persona", explicó un comerciante amigo de la víctima.

Todos los que dialogaron con este diario definieron a Villa como "un tipazo". "Yo soy su amiga. Villa era como un hermano. No puedo creer lo que pasó. Héctor hace muchos años que vivía en el barrio. El y su mujer son personas buenísimas. El siempre trabajó duro, era un luchador. La mujer me mandó a llamar, pero la policía no me deja entrar. El barrio está terrible, no podemos salir a la calle. Nosotros estamos adentro y los ladrones afuera", agregó una mujer en la escena del crimen.

Cada uno de los entrevistados contó un par de hechos de inseguridad de los que fueron víctimas o testigos. Dicen estar desilusionados, desesperanzados. Sienten que todos pudieron ser Héctor Villarruel y recordaron a Sandro Procopio, el arquitecto de 49 años asesinado el 24 de agosto del año pasado en Cerrito al 3600, a tan sólo seis cuadras de la casa de Villarruel. Y también a Rubén Figueroa, empleado técnico de Cablehogar, de 56 años, que el 25 de noviembre pasado intentó enfrentar a un ladrón armado que había robado a su esposa en Castellanos y Montevideo y lo mataron de un balazo en el pecho. El crimen también fue a seis cuadras del lugar donde asesinaron a Villa.

En la escena del crimen trabajó, además del fiscal Coria, su par Marisol Fabbro y efectivos de la Policía de Investigaciones (PDI).

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