Edición Impresa
Sábado 11 de Junio de 2011

Sobreoferta y voto vacante

La oposición cerró su oferta electoral de cara a los comicios presidenciales con plano inclinado hacia vertientes enroladas en el autodenominado “progresismo” y con una oferta vacante hacia el voto de centroderecha.

Llamativamente, la mayoría del arco opositor volcó sus cantos de sirena hacia el mismo espacio del que hace gala el oficialismo nacional, en un sorpresivo cambio de planes respecto a lo que desde hace mucho tiempo se recortaba en los manuales del análisis político, que hacía prever la teoría de los tres tercios: un candidato del justicialismo no kirchnerista, otro de una vertiente socialdemócrata (encarnada por radicales, socialistas, Coalición Cívica y otros espacios satélite) y el restante anclado en la configuración PRO que encabeza Mauricio Macri.

Patéticos y ausentes. La cadena de desprolijidades y la renuncia originaria de Carlos Reutemann al Peronismo Federal terminó por hacer desaparecer en la nada a un espacio peronista disidente que desde la muerte de Néstor Kirchner convivió en los arrabales del patetismo. Hoy, el justicialismo disidente es una entelequia que Eduardo Duhalde pretende convertir en acequia, aunque por ese canal las aguas no bajan demasiado claras ante la necesidad de amontonar respaldos, muchos de ellos liados con una propuesta renovada que abone a la centroderecha democrática y moderna.

Amarras rotas. El vector progresista (o centroizquierdista moderado) lejos estuvo de atalonarse en una única estación. Elisa Carrió rompió amarras con radicales y socialistas y se plantó sola a la hora del desafío presidencial. La propuesta de intransigencia moral que plantea Carrió puede llegar a morder pequeñas configuraciones vinculadas al centrismo no identificado con la progresía, pero sin transformarse en un imán lo suficientemente mayoritario como para constituirse per se en opción de poder.

Ricardo Alfonsín se dio cuenta tarde y mal que Hermes Binner le dedicó varias canciones de cuna que terminaron por dormirlo. Cuando nadie hablaba del gobernador socialista como alternativa nacional, Alfonsín levantó su nombre hasta la exasperación ubicándolo como prenda innegociable a la hora de componer una fórmula presidencial. Binner lo mantuvo lejos de la provincia a la hora de las internas, ganó protagonismo con el triunfo de su delfín Antonio Bonfatti y terminó por darle una cruda lección de política real al lanzar su propia postulación presidencial.

Misteriosa Buenos Aires. Sin embargo, el hijo del ex presidente actuó con pragmatismo a la hora de decidir que Francisco De Narváez sea el portón de ingreso competitivo a la provincia de Buenos Aires. Sin una encarnadura en el principal distrito del país, toda postulación se torna testimonial. Al fin, fue el diputado peronista quien barrió a Kirchner y a Daniel Scioli en los comicios legislativos de 2009.

Atento a que la gran flaqueza histórica del radicalismo se codea con la economía y la relación con el mundillo de los negocios, Alfonsín completó su fórmula con Javier González Fraga, buen entendedor del dialecto que vincula política y números reales. La entente es una forzada tentativa por disfrazar la ausencia real de una alternativa centroderechista a la hora de equilibrar aquel plano inclinado del que se habla al inicio de esta columna.

Una vez que Binner conoció el nombre del candidato a vicepresidente decidió hacer su apuesta de máxima al embarcarse en un objetivo presidencial que termine por depositarlo en las grandes ligas de la política desde el 0,14 por ciento de los votos (21.177 sufragios) que cosechó la fórmula nacional Guillermo Estévez Boero-Edgardo Rossi en 1983.

Mostrarse en la cancha. Con un armado flamante que poco tiene que ver con la construcción con el radicalismo, que sí tuvo su período de adaptación en Santa Fe, el líder socialista deberá conocerse en la cancha y no en los vestuarios con sus nuevos compañeros de ruta.

Fernando Pino Solanas, Víctor De Gennaro, Humberto Tumini y Luis Juez (sólo por nombrar a algunos) pertenecen a reservorios muy diferentes a los del socialismo y, en muchos casos, sus propuestas se bifurcan.

Cierre relámpago. La inminencia del cierre de listas provocó una avalancha de adhesiones y movimientos de cintura en todas las referencias a las que Binner no fue ajeno. Si bien desde siempre el socialismo priorizó “un programa” antes de la conformación de un frente, esta vez el cierre (con la periodista Norma Morandini y no Margarita Stolbizer como compañera de fórmula) fue más relámpago que nunca.

Sólo en un país tan políticamente inestable como la Argentina, las candidaturas presidenciales se resuelven sobre el filo de la hora señalada. Claramente, la preeminencia de caudillismos y referencias personales sobre el imperio de las ideas constituye el mapa del aquí y ahora políticos. ¿Cómo se entiende si no es a través de esa lectura que Mauricio Macri, la niña bonita de la centroderecha argentina y gobernante de la principal ciudad del país no tenga una referencia nacional que pueda llevar adelante una propuesta afín?

En primera persona. Si el análisis se detiene por un instante en la radiografía opositora y fija su atención en el oficialismo, la pregunta puede tener el mismo talante: ¿Cómo se entiende que la continuidad en el tiempo del tan mentado “proyecto” nacional dependa exclusivamente de que Cristina Fernández acepte ir por la reelección?

Las dos preguntas sirven como telón de fondo para explicar la ausencia de previsibilidad en el armado final de la estrategia electoral, con una marcada sobreoferta hacia un lado de la pantalla y con un voto claramente vacante en el nicho ajeno al progresismo de moda. A pocas semanas del debut nacional de las internas abiertas en las que, como si fuera un oxímoron, ningún partido o frente tendrá competencia, las candidaturas de la oposición parecen pugnar definitivamente por el mismo target electoral.

Esto sí que es Argentina.

Comentarios