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Lunes 03 de Octubre de 2011

Sobredosis de frivolidad

La invitación a Joaquín Levinton, el líder de Turf, para hablar de las adicciones de Celeste Cid en "Un mundo perfecto" y la polémica por el llamado "matrimonio renovable" en "Sábado Bus" tienen el estilo periodístico de Chiche Gelblung, que siempre buscó el impacto antes que la profundización de la información. 

Un doctor diplomado en televisión diagnosticaría sobredosis.

Y sí, la cantidad fue excesiva. No simbólica, real. Atrás quedó la humorada, la ironía de Beto Casella en “Bendita”, que lo tenía como un prócer, en bronce, a sus espaldas. Como la figura rectora, que marca el camino, el ejemplo a seguir. El busto desapareció, después de una pelea de divas, digna del verano en La Feliz, pero su influencia, su palabra, su luz, se esparció como un virus, que infectó hasta el último rincón de la pantalla chica.

El “efecto Chiche”, él es la referencia, fue devastador para la televisión. Empezó como un chiste, pero terminó siendo una broma macabra. Su estilo, que es su marca de fábrica desde los tiempos oscuros en que dirigía Gente, hoy es ley. La regla no escrita que, desde los noticieros hasta los programas de chismes, se sigue al pie de la letra. Como si fuera una verdad revelada, como si no se pudiera hacer más que lo que él hace para sumar rating.

Y no es así, años de televisión, hecha con honestidad, lo demuestran. Aunque hoy, si se da un paseo por la pantalla control en mano, parezca imposible. Sin escándalo, sin chicas ardientes, sin impacto, no hay nada. Un puñado de programas que sueñan con acariciar el punto de rating mientras se debaten allá lejos, bien lejos, del horario central. A veces es la cuota de pantalla, con que la ley conforma al interior, y otras el capricho de la novia del dueño.

Lo cierto es que los temas, todos los temas, hasta los serios de verdad, los programas, todos los programas, hasta los que odian el escándalo, sufren tarde o temprano el “efecto Chiche”. Se banalizan. Pierden espesor, profundidad, carnadura humana y se convierten en el carrousel de las vanidades que, con una musiquita hipnótica de fondo, da vueltas y vueltas en el aire, como lo hacían allá lejos y hace tiempo las ferias ambulantes que llegaban al pueblo.

Con sus mujeres barbudas, sus gigantes, sus hombres elefantes. Para que la gente, la que de lunes a viernes ayuda generosamente al hogar del huérfano, los fines de semana sacie el morbo inconfesable que alimenta sus pesadillas. Hoy los freaks están en la pantalla, enjaulados, para que el dueño del circo, al que todos reverencian y temen y que tiene muchos nombres y sólo apellido, Sr. Dinero, se llene los bolsillos, no hablo de monedas sino de gruesos billetes.

Y es así, aunque Ud. no lo crea. En “Un mundo perfecto”, el viernes, Roberto Pettinatto, que salió a la luz con la revista hippie El Expreso Imaginario, entrevistó a Joaquín Levinton, el cantante del grupo Turf, que fue fotografiado por Paparazzi, fuera de sí, en compañía de Celeste Cid, justo antes de que la estrella de “Resistiré” fuera internada en una clínica de rehabilitación. El tema: la recaída de la actriz, que alimenta desde hace semanas a la prensa del corazón.

El testimonio, obviamente, es valioso. Pero no así. Lo que hizo Pettinatto, y Leinton también, aunque quizás no se haya dado cuenta, fue tomar en broma, como un par de adolescentes que se ríen de sus compañeros en el patio del colegio, el problema que aqueja a la joven. Con la cara de la actriz multiplicada en los monitores gigantes a sus espaldas, la trataron como si fuera una chica que hizo una travesura, que tiró tizas en el recreo. 

El tema de fondo: las adicciones. Más, el éxito, esa dulce condena. La juventud, ¿divino tesoro?. Pero no, la cuestión, delicada, preocupante, apenas fue abordada tangencialmente, quedó reducida a un puñado de anécdotas de las noches salvajes de un chico que sueña con ser una estrella de rock. Del problema que padece la actriz, nada, nada de nada, como si no fuera importante, como si fuera una pavada. Y no lo es.

Lo mismo pasó en "Sábado Bus", donde la discusión del proyecto de matrimonio renovable propuesto en México terminó en una pelea de conventillo. En una muestra más de que en la televisión, como bien dice el viejo Charly, hay "demasiado ego". ¿Y el debate sobre el contrato matrimonial, sobre que sea "para toda la vida", a dónde fue a parar? Al demonio, claro. No se discutió, se dejó de lado, se disolvió en el peor solvente: el "efecto Chiche".

Sobredosis de frivolidad, eso padece la televisión. ¿Tendrá cura?

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